Reseña: “El último milagro”, de Horacio Convertini

Ricardo Bosque

Sin llegar a extremos enfermizos, soy aficionado al fútbol. Seguidor, por si fuera poco, de un equipo capaz de lo mejor y lo peor (y ya llevamos unos cuantos años instalados en lo peor, viviendo de las hazañas del pasado).

Como Racing.

Capaz de golear en cuartos al Barça (4-2), al Real Madrid en semis (6-1), con 6 goles entre los dos partidos de Diego Milito (llegado precisamente de Racing, vía Génova, para jugar junto a su hermano Gabi) y caer en la final por 4-1 frente al Español.

Casi llegando a extremos enfermizos, soy aficionado a la novela negra. Heterodoxa, a poder ser. Que me sorprenda con tramas imaginativas, si no es mucho pedir. Así que, cuando te ofrecen un libro como El último milagro, de Horacio Convertini, con Racing de Avellaneda como protagonista y Jorge Valdano (nacido para el fútbol en el Newell’s Old Boys, pero hecho jugador en el Real Zaragoza) como presentador, hay que aceptar. Si viene avalado, además, por Alexis Ravelo y Paco Camarasa…

Publicada en Argentina en 2013 y nominada al Premio Hammett de 2014, llega ahora a España de la mano de la editorial sevillana Barrett esta estupenda novela con un original punto de partida: a punto de bajar a Segunda, el presidente de Racing se plantea como única salida posible la venta de Franzoni, la estrella del equipo que, por un lado ayudaría a superar la difícil situación económica pero, por otro, abocaría al equipo a un descenso sin remedio.

¿La loca alternativa al traspaso? Implantarle un chip prodigioso en el cerebro y que el campeón del mundo de PlayStation maneje sus piernas desde la grada con su inseparable joystick, convirtiéndole en un jugador que dejaría a la altura del betún a mitos como Maradona o Messi.

Toda la trama se estructura desde el principio en torno a cuatro personajes que van alternando el protagonismo de unos capítulos muy cortos -lo que aporta una asombrosa agilidad a la novela- en pie de igualdad y nos hacen partícipes de sus anhelos, sus ambiciones, sus virtudes (pocas) y sus miserias (muchas): Carmelo Zagaglia, el entrenador ya de una cierta edad, bebedor, putero y jamás descendido de categoría; Jesús Ribonatti, el cándido propietario de una tienda de electrodomésticos que, inopinadamente, se hizo con las riendas del club casi al tiempo que es abandonado por mujer e hija; Johnny Franzoni, la estrella del equipo que se debate entre hacer caso a su vieja y emigrar al fútbol belga u obedecer los sutiles consejos de un hincha para el que el Racing está por encima de todas las cosas; y Lis, el máximo responsable de una ultraviolenta barra brava que no duda en ordenar el asesinato (que parezca un atraco) de cualquier árbitro que perjudique los intereses del equipo de su corazón.

Petaca -el vicepresidente del club-, su secretaria Romina y el nerd japonés Nakamura completan un trabajado elenco con el que disfrutar de una tragicomedia criminal de improbable planteamiento e imprevisible desenlace.

Sin llegar a extremos enfermizos, soy aficionado al fútbol y seguidor, por si fuera poco, de un equipo que está atravesando el peor momento de su historia, más cerca de Segunda B que de Primera. Por eso, por qué no, desearía que un Nakamura, armado con el joystick de su Play, echase una mano desde la grada. Aunque, bien pensado, tal vez ya estuviera presente el japonés en París, aquel 10 de mayo de 1995 en el que un jugador llamado Nayim (con calle propia en Zaragoza y Trasmoz) se comportó como un jugador mágico del Winning Eleven para batir a Seaman en el último segundo con una parábola imposible desde casi cincuenta metros.

No, dicen que hay trenes que solo pasan una vez en la vida, y el nuestro partió hace ya más de dos décadas.

 

El último milagro
Horacio Convertini
Editorial Barrett
 

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3 comentarios en “Reseña: “El último milagro”, de Horacio Convertini

  1. No estoy enfermo de fútbol, pero me gusta el Rayo Vallecano (“siempre que juega, derrocha valentía, coraje y noble…”). No se cómo explicarlo, tal vez por ser un equipo de barrio que nació en un campo de tierra y que cuando se fue a la “cuesta del Rayo” (ahora calle Payaso Fofó), seguía con un campo de tierra donde entrenaban y un campo de hierba donde jugaban los domingos, muchas temporadas en tercera y otras en segunda. Cuando subió la primera vez a primera (“El mata gigantes”) ya era el Nuevo estadio municipal del Rayo Vallecano”, se inauguró en 1976 con Di Stéfano como entrenador, creo. Siempre ha estado muy dentro del barrio, por eso los vallecanos, no todos, naturalmente, sienten simpatía por El Rayo, es como algo propio (algo parecido ocurría con los primeros equipos de fútbol ingleses, ahora ya están globalizaos y empresariados, es decir, mal politizados). Además ha habido deportistas muy entrañables. Aquellos Potele, Felices…, estos Agbonavbare, de ejemplar memoria, un personaje solidario y luchador por la igualdad de las gentes…, el papel desarrollado por Paco Jemez, un entrenador honrado donde los haya. Todo eso nos hace querer al Rayo, a pesar de que sus dirigentes sean no tan entrañables, esté en primera, en segunda, en tercera…
    Eso sí, ya no estoy enfermo de “negrura”

  2. Pingback: (KIT DE PRENSA) El último milagro | Editorial Barrett

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