Novela: “El rastro del lobo”, de José Luis Muñoz

Ricardo Bosque

Creo que fue la escritora Carmen Moreno, en su participación en una de las mesas redondas de la última edición de Bruma Negra -encuentros de género negro de Plentzia, Bizkaia- quien hablo de hasta qué punto nos fascina en la novela la figura del criminal y la poca compasión que solemos sentir por los padecimientos sufridos por la víctima o víctimas de turno.

Algo así experimento al leer El rastro del lobo, la última novela de José Luis Muñoz aunque, conociendo la capacidad de producción del autor, tal vez debería decir penúltima en el momento de la publicación de esta reseña. Y en este caso, si de extremismo criminal hablamos, nos encontramos con uno de esos ejemplos de abyección máxima, la encarnada por los asesinos psicópatas del nazismo que buscaron el exterminio sistemático de una raza y, de paso, de todos aquellos que no se acercaban a sus cánones de pureza física o ideológica.

Algunos de esos asesinos vestían bata blanca y se decían inspirados por la ciencia, por la medicina, y qué mejor que disponer de miles de cobayas humanas para llevar a cabo sus espeluznantes experimentos en busca de las claves de la herencia genética, de los límites del hombre ante el dolor, de la resistencia del cuerpo ante todo tipo de bárbaras agresiones que en muchas ocasiones incluía la vivisección.

Y sí, a todos nos viene a la mente un siniestro nombre, el del doctor Mengele, el terror de Auschwitz, pero no es del médico y antropólogo bávaro de quien nos hablará Muñoz sino de su colega austríaco Aribert Ferdinand Heim, el Doctor Muerte, el Carnicero de Mauthausen, el Banderillero, como le apodaban los presos españoles con nuestro característico humor negro por su costumbre de inyectar todo tipo de sustancias directamente en el corazón de sus incontables víctimas.

Aribert Ferdinand Heim y sus múltiples personalidades, o encubridores, o dobles, en una huida sin fin que comenzó a principios de los sesenta al ser descubierto por uno de sus pacientes ejerciendo como ginecólogo en Baden-Baden y que nunca tuvo fin pues, si bien es probable que, por edad, ya haya fallecido, jamás ha llegado a encontrarse su cadáver si bien se ha certificado su supuesta muerte en alguna ocasión y hay quien afirma haberle asesinado ya hace unas cuantas décadas.

Alemania, Uruguay, España, Chile, Argentina, Egipto… Lugares de paso, de ocultación, de vida más o menos cómoda que Muñoz va visitando de la mano del implacable perseguidor del nazi, el policía de Stuttgart Joachim Schoöck de misterioso pasado -muy hábil el autor en sugerir sin decir abiertamente-, rellenando con la imaginación los huecos que la realidad del personaje fue dejando en esa fuga sin retorno en una narración con continuos saltos en el tiempo y el espacio que se disfruta de principio a fin y que, al concluir su lectura, nos deja -me deja a mí al menos- de nuevo en el principio de esta reseña: ¿por qué nos fascina tanto la figura del criminal?

 

El rastro del lobo
José Luis Muñoz
Traspiés
 

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