El rincón oscuro. El hogar perturbado

Jesús Lens

Es, posiblemente, la novela más desasosegante, perturbadora e inquietante de las que he leído en los últimos meses. Canción dulce, de Leila Slimani, publicada por la editorial Cabaret Voltaire y ganadora del Premio Goncourt del año 2016, el más reputado y reconocido de las letras francesas. Una autora, por cierto, que estará en Granada el próximo año, en la Feria del Libro, en el marco del “Tres Festival, voces del Mediterráneo”, de la Fundación Tres Culturas.

“El bebé ha muerto. Bastaron unos pocos segundos. El médico aseguró que no había sufrido. Lo tendieron en una funda gris y cerraron la cremallera sobre el cuerpo desarticulado que flotaba entre los juguetes. La niña, en cambio, seguía viva cuando llegaron los del servicio de emergencias. Se debatió como una fiera. Había huellas de forcejeo, fragmentos de piel en sus uñas blandas.”

Así arranca una novela que, a la vista está, muestra sus cartas desde el inicio de la narración, sin engañar al lector en ningún momento. Una novela valiente, por tanto, que no busca sorprendernos con giros imposibles en la historia ni con sorprendentes escorzos en la trama. Una novela que, partiendo de la peor y más aterradora premisa, ofrece una explicación, que no justificación, a unos hechos aterradores y espeluznantes, narrados con la frialdad de un informe forense, para tratar de condicionar lo mínimo posible al sobrecogido lector. Si tal es posible, claro.

Sostiene Leila Slimani, hablando sobre Canción dulce, que busca incomodar al lector, tratar temas que son molestos y ambiguos. ¡Y vaya si lo consigue! Porque ha sido capaz de narrar el horror desde el punto de vista más aterrador de todos: lo cotidiano. El hogar. La familia. El espacio en que todo niño debería estar seguro. Máxime, dadas las amenazas que hay fuera.

Todo comienza cuando Myriam, madre de una niña pequeña y de un bebé, se encuentra con un antiguo compañero de estudios y decide retomar su carrera como abogada, aparcada tras casarse y convertirse en madre. Lo habla con Paul, su marido, y deciden contratar a una niñera que les eche una mano con los críos. Tras el proceso de selección preceptivo, contratan a Josephine, francesa de toda la vida, con experiencia como madre y unas excelentes referencias.

Y Josephine resulta ser una bendición para la familia, bien recibida por los niños y mejor aún por unos padres que, de repente, tienen tiempo y espacio no solo para desarrollar sus carreras profesionales, sino también para reactivar su vida social. Josephine no tiene problemas en llegar a primerísima hora de la mañana a la casa de sus patronos y en irse tarde; prolongando su jornada laboral todo lo que sea necesario.

A veces, Josephine también hace de canguro y se queda a dormir, sin regresar a su apartamento, para atender lo mejor posible las necesidades de Myriam y Paul. Así, no es extraño que se una a las vacaciones familiares en Grecia, para que los padres puedan descansar, de verdad, y disfrutar del ocio estival.

A veces, eso sí, Josephine tiene comportamientos extraños. Algún acceso de genio por aquí, una mala contestación por allá… lo normal, por otra parte. Que la convivencia es compleja y los niños, ya se sabe lo traviesos y trastos que pueden llegar a ser.

Canción dulce se lee con ansia y avaricia, lo que demuestra la capacidad de sugestión de Leila Slimani, situando al lector frente a sus propias contradicciones al narrar de forma trenzada la historia de Josephine, Myriam, Paul y los niños. Relaciones de poder y dominio, explotación económica y cultural, prejuicios de clase… de todo ello hay en una novela que, a través de una historia aparentemente sencilla, envuelve al lector para conducirle hasta los rincones más oscuros y contradictorios de la sociedad contemporánea.

Con esta novela, Leila Slimani vuelve a poner el foco en un personaje, el de la criada, la asistenta o el ama de llaves, que tan inquietante papel ha desempeñado en el género negro y criminal, bien como cómplice o cooperadora necesaria en la comisión de crímenes y delitos de sus patrones, bien como amenaza para la pacífica convivencia de las familias para las que trabajan.

¿Cómo no recordar, al leer Canción dulce, la mítica La mano que mece la cuna, aunque el planteamiento y el desarrollo de los personajes sean tan diferentes? Porque a Rebecca de Mornay se le iba completamente de las manos su intento de encajar en la familia perfecta… para eliminar a la madre de la ecuación y convertirse en amante y abnegada esposa. Un thriller muy perturbador, también, el de Curtis Hanson, pero mucho más previsible y convencional que el de Slimani, sobre todo en su resolución final.

Y luego está, por supuesto, el personaje del ama de llaves por antonomasia. Miss Danvers, la pérfida y malvada criada de Rebeca, interpretada por una inquietante Judith Anderson.

Alfred Hitchcock, maestro de los personajes moral y sexualmente ambiguos, además de maestro del suspense, situará a Miss Danvers al frente de Manderline, la gran mansión en la que vive un millonario viudo que acaba de encontrar el amor y se ha vuelto a casar, lo que resulta intolerable para la ama de llaves que adoraba a la antigua señora de la casa y que hará la vida imposible a la joven y bella advenediza.

Llegados a este punto, podríamos hacer referencia al equivalente masculino del ama de llaves: el mayordomo. Pero, por lo general, carece de su complejidad y de su profundidad dramática, hasta el punto de que no puede haber un final más triste y decepcionante para una historia policíaca que descubrir, al final, que el asesino era el mayordomo.

@jesus_lens

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Un comentario en “El rincón oscuro. El hogar perturbado

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