Teresa Suárez
«Pasar de una novela corta, del estilo de Jim Thompson, a un folletín noir, tipo Bernard Minier o los Carmen Mola, en el que la sombra de un psicópata asesino sobrevuela novelas de más de 400 páginas, es un salto al vacío que, indudablemente, entraña riesgos», escribí en la presentación de Las horas crueles, la nueva novela de Marto Pariente, para Calibre 38.
Marto no mostró vértigo, y sus lectores, sin pensárnoslo dos veces, saltamos con él, «desde lo alto del cortado a las aguas del Bornova», y nos hundimos en sus oscuras aguas sin dejar de bracear, como locos, para ascender a la superficie y llegar a descubrir quién estaba persiguiendo a Tomás Moreda.
Y en esas andamos, sorteando, a cada página, los riesgos a los que me refería en el primer párrafo, pero con la firme intención de llegar al final sana y salva.
Los malos…
Los Lázaro, Víctor, el normal, y su primo Ulises, el raro; dos hombres de negocios / mafiosos de mierda, con una curiosa fijación con Islandia, y sus dos matones a sueldo (el bajo y el alto).
Los hermanos Valverde, Jesús, el Chuso, y José María, Chema, un labrador exilado, a la fuerza, en la enorme ciudad.
Tomás Moreda, El monstruo de la Tejera Negra, y Samael, «el instrumento la carne débil y putrefacta al otro lado del cuchillo».
Los buenos…
Inspector Méndez, de la vieja escuela, y Santana, el joven policía del equipo, con su peinado a cepillo y su cuerpo de corredor de maratones.
Los entreverados…
Frank, hombre, expolicía y asesor de campo sin licencia, y Eliana Santoro, mujer, exladrona e investigadora con licencia.
En la cultura popular son muchos los “non” que se equilibran cuando encuentran esa mitad que los convierte en “par”.
Así, lo primero que llama la atención En las horas crueles, es cómo el autor, para construir la identidad de los diferentes personajes, recurre al trabajo en pareja que favorece el dialogo, promueve la fijación de la información y permite, en suma, que ambos integrantes colaboren entre sí para ayudar a que el otro se convierta, a los ojos del lector, en alguien interesante, fuerte, débil o vulnerable.
Lo siguiente que choca, es la persistente presencia de …
El cielo y las nubes («un cielo purpureo y sin interés, tachonado de nubes grises»), más cielo y nubes («sobre su cabeza, cirros mezquinos que cuarteaban el cielo de un azul gastado y desvaído»), mucho cielo y nubes («el cielo se fue despejando hasta cambiar de tonalidad por completo. Las nubes amoratadas y compungidas se fueron disolviendo hasta convertirse en meros arañazos grises que rielaban en el horizonte»).
El sol («tenía el sol como única referencia y este, una llaga purulenta en un cielo carmesí, se dejaba caer consumido tras las montañas»), más sol («El sol, como el dibujo impreciso de un niño, asomaba sin fuerza por encima de los tejados»), mucho sol («el sol de la mañana apenas templaba los huesos»).
El devenir atmosférico («El tiempo se fue torciendo a medida que avanzaba el día. A eso de las cuatro de la tarde, las nubes, henchidas de humedad, comenzaron a descargar agua sobre la ciudad de Guadalajara») que, como todo el mundo sabe, es un tema recurrente cuando de rellenar silencios incomodos, en espacios reducidos, se trata.
Tanto de La cordura del idiota, su anterior novela, como de Las horas crueles, se deduce que el suicidio («Durante un tiempo albergo ideas perturbadoras. Ideas que iban y venían como moscas cojoneras alrededor de su cabeza. Todas aquellas ideas estaban relacionadas con saltar a las vías al paso de un tren en concreto») es un tema que preocupa-obsesiona al autor («¿Quién sabe que pasa por la cabeza de alguien que decide quitarse la vida?»).
Frank incapaz de ubicar nada en el tiempo desde la muerte, en accidente de coche, de Gabriela, su mujer, y la de Butch su amigo más fiel. Abraham Constanza, el de la sonrisa triste, culpable de haber sobrevivido al asesinato de su hija y a la muerte, de pena, de su mujer. Eliana Santoro, a quien su tío Oscar, el hombre que la crio en su infancia, cuando sus padres la abandonaron siendo ella una niña, convirtió en víctima y alcohólica… En Las horas crueles, los personajes principales, unos marcados por el abuso y otros acapachados (expresión manchega) por la pérdida de sus seres queridos, deambulan por la vida envueltos en un halo de fatalismo y tristeza.
El hecho de que, a la pregunta -¿Sabes algo de Constanza?- (página 239), mi respuesta sea -Si-, fue el primer aviso.
La referencia a los Mitos y leyendas de Guadalajara que, para los lectores de Dolores Redondo, es inevitable que te traiga a la memoria su Trilogía del Baztán, constituyó el segundo.
El último y definitivo, ese que ordena la devolución del toro a los corrales, vino cuando, en la 389 (es decir, unas 50 páginas antes que Frank lo descubra), el rostro de Samael, el coco, el hombre del saco, se dibujó claramente en mi cabeza.
Sí tenemos en cuenta que, según dicen los entendidos, entre los elementos más importantes que define al buen thriller destacan el ritmo ágil, la trama compleja y, sobre todo, mantener el secreto hasta el desenlace final, en mi opinión, y solo en mi opinión, Las horas crueles, de Marto Pariente, no cumple esos requisitos.
Por tanto, no, no me ha gustado.
Ahora les toca a ustedes: lean Las horas crueles y después me cuentan.
Las horas crueles
Marto Pariente Espasa







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