El lugar de los hechos. Costa Este: Miami

Un viaje alrededor de la novela negra

Costa Este: DetroitClevelandX-ville – Boston – Nueva York – Nueva Jersey – Baltimore – Washington DC – Richmond – Miami

Etapa anterior: Richmond

En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.

La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (esta vuestra revista Calibre .38), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.

Buen viaje.

Ricardo Bosque

Con aquella ropa nueva Freddy parecía un tipo de Miami. Vestía una guayabera azul claro, pantalones blancos de lino con pequeñas raquetas de tenis bordadas a intervalos regulares en ambas perneras, mocasines blancos de charol, un cinturón con la hebilla en forma de delfines y calcetines azul claro que hacían juego con la guayabera.

Miami Blues. Charles Willeford

Finalizamos la primera de las dos rutas con las que vamos a recorrer los Estados Unidos de norte a sur y de este a oeste -hay dos ciudades que visitaremos en otra ruta que, estamos seguros, hará que Trump, si este trabajo llega a sus manos, pase de ser naranja zanahoria a rojo ira, pero eso ya es otra historia- y lo hacemos en esa especie de colgajo o protuberancia de la Costa Este que constituye la península de Florida, cuya ciudad más poblada es Jacksonville aunque la más conocida sea Miami, prácticamente en la misma punta del sur y poblada mayoritariamente por cubanos, nicaragüenses, haitianos, venezolanos, colombianos y puertorriqueños, concentrados en Little Havana, Little Managua, Pequeña Haití, Doralzuela, Pequeña Colombia y Little San Juan respectivamente. 

Pero antes de adentrarnos en Miami -no confundir con Miami Beach, península de la península de Florida separada de la primera por un palmo de agua y unida a ella por varias carreteras- haremos escala unas doce millas náuticas al norte, en Bahía Mar, Lauderdale. Y especificamos lo de náuticas pues allí es donde nuestro primer anfitrión reside, en el amarre F-18 en el que se encuentra el Busted Flush, una casa flotante de dieciséis metros de eslora que ganó en una partida de póquer que se prolongó durante treinta horas ininterrumpidas -el nombre de la embarcación corresponde a una mano en la que el jugador está a punto de conseguir un color-. Hablamos, por supuesto, de Travis McGee, protagonista de una veintena de novelas de John D. MacDonald publicadas entre 1964 y 1984, algunas de ellas adaptadas al cine o la televisión, como es el caso de Más oscuro que el ámbar, protagonizada por el australiano Rod Taylor.

McGee no es un detective al uso. Tampoco policía. McGee es un “recuperador” que realiza su trabajo llevándose a cambio la mitad del valor del objeto perdido y no volviendo a trabajar hasta que se le acaba el dinero, con el objetivo de jubilarse a los sesenta aunque, como aclara él mismo, lo habitual es que vaya perdiendo fondos por el camino. Y aclaramos nosotros que no siempre lo perdido es un objeto: en ocasiones se puede tratar de una persona o incluso de la propia reputación del cliente.

Evidentemente, McGee no siempre puede desplazarse en barco aunque este sea casi su hábitat natural pero, como buen anfibio que es, de vez en cuando necesita pisar tierra y en esas ocasiones su medio de locomoción favorito es Miss Agnes, un Rolls Royce de color azul eléctrico. Sí, han leído bien, azul eléctrico, pero recuerden que estamos en Miami y aquí todo es posible en materia de colorines y estilismo.

Su amigo y ocasional colaborador es Meyer, simplemente Meyer, un economista de reconocido prestigio y aficionado al ajedrez que alberga una gran biblioteca en su propio barco, el John Maynard Keynes. Pero a pesar de esa sincera amistad con un mago de las finanzas, nuestro anfitrión odia las tarjetas de crédito, las cuentas corrientes y otros avances sociales -su banco es su colchón, podríamos decir-, demostrando ser un visionario ya en 1964 cuando se explaya contra el sistema en Adiós en azul:

En las inmaculadas guarderías del futuro los federales se abrirán paso entre los berreantes niños sonrosaditos y les tatuarán una combinación de número de identificación fiscal y número de tarjeta de crédito en una muñeca, y a continuación aparecerá un equipo de la ITT y les tatuarán en la otra muñeca un número telefónico perpetuo con, por supuesto, lector de tarjetas incorporado. Cuando fallezcas, tu número volverá al banco. Será el primer caso de inmortalidad que haya conocido el mundo.

Como buen norteamericano que es, no podemos extendernos en sus gustos gastronómicos al basarse su manutención en la comida rápida y poco más. Sí muestra más querencia por un buen vino, el Martini con ginebra Boodles y lo que podemos considerar una de sus debilidades: la cerveza negra mexicana Dos Equis.

Y aunque es, en general, una buena persona -educado, cordial, empático y simpático-, su actitud ante muchas de las mujeres que se cruzan en su camino desprenden un tufillo a  condescendencia, con lo que esto supone de actitud paternalista y aires de superioridad que hacen que, en algunos de sus pasajes o comentarios del personaje, hayan podido envejecer no demasiado bien.

 Si queremos avanzar en el tiempo y ser testigos de los cambios experimentados por la ciudad, tendríamos que desplazarnos a los ochenta de la mano de Charles Willeford y su sargento de Homicidios Hoke Moseley para ver esa transición de Miami desde la gerontocracia -cuando era refugio invernal para los jubilados yanquis al modo de un Benidorm atlántico- a la ciudad del neón, el vicio y el plomo en que luego se convirtió, como se muestra en Miami Blues, la primera de la serie de cuatro novelas que llegó a protagonizar, las cuatro con adaptación cinematográfica:

En Florida el juego está prohibido, si exceptuamos el hipódromo, el canódromo y el frontón. Claro que también puedes apostar en las peleas de gallos y de perros, si sabes cómo encontrarlas. Pero según el gobernador todos los demás juegos de azar son inmorales.

Miami Blues está considerada como una de las novelas más influyentes de su época en el género negro. Seca, contundente, sin rodeos innecesarios, directa al grano aunque en diversos momentos de la narración la trama principal quede aparcada por completo para mostrar la cara de la ciudad -y de sus vecinos- que Willeford quiere mostrar.

Una ciudad en la que el veinte por ciento de conductores no dispone de licencia, en la que jóvenes estudiantes se prostituyen para pagar sus estudios universitarios como si eso fuera lo más normal del mundo. Una ciudad en la que la Ley de Vagos recién abolida por Jimmy Carter afecta a más de ocho mil sintecho. Una ciudad en la que malviven veinte mil nicaragüenses, diez mil refugiados haitianos y veinticinco mil marielitos.

Una ciudad a la que llega el simpático psicópata Frederick J. Frenger Jr. tras salir de presidio y que ya comienza a hacer de las suyas nada más llegar al aeropuerto, siendo víctima de su aleatorio comportamiento un pobre hombre que pedía un donativo para el Hare Krishna. 

Pero eso es solo el principio de su carrera delictiva en Miami, a la que ni siquiera pone freno la relación sentimental que establece con Susie, una disparatada e ingenua prostituta que tiene en mente abrir un Burger King en su pueblo como medio para forrarse y abandonar su actual profesión. Tampoco cuando se encuentra con un viejo conocido, el citado sargento Moseley, policía divorciado de aspecto desastroso pero implacable en sus pesquisas, especialmente cuando el simpático psicópata -interpretado en la adaptación cinematográfica de 1990 por un jovenzano Alec Baldwin- se atreve a robarle la placa, el arma y la dentadura postiza.

Humor inteligente y mordaz que incide incluso en la sátira del género al que pertenece la serie de novelas. “Extravagante es la palabra que siempre me viene a la mente”, según el escritor de novela negra Lawrence Block. Humor y violencia que sirvieron de inspiración a Quentin Tarantino para su Pulp Fiction, como el propio director reconoció. Y, en este sentido, no podemos dejar de reproducir aquí una máxima que Willeford repetía a modo de advertencia para los aspirantes a escritores: “Di la verdad y te acusarán de escribir humor negro”.

Y si abundantes son las muestras de humor, no menos lo son -curiosamente para el país que estamos visitando- las recetas culinarias que nos ofrecen a lo largo de la serie. Una gastronomía incomprensible, eso sí, para un estómago medianamente decente. Así, veremos que la alternativa a las cadenas de hamburguesas son los restaurantes de “comida sana”. ¿Pero quieren alguna muestra de lo que se considera comida sana por aquellos lares? Por ejemplo, la ensalada Circe:

Grandes hojas de lechuga, gajos de naranja, judías y brotes de trigo, coco rallado, yogur de vainilla y un relleno de caña de azúcar, empapado todo en ginseng. La ensalada venía en un cuenco de porcelana en forma de concha de almeja gigante.

O esas patatas rellenas que sirven en el One Potato, como la Idaho México que se sirve con mantequilla, chili con carne, queso blanco y chips de tortilla. El chili picaba bastante, y se bebió un Tab con mucho hielo.

Esperamos que tengan ustedes una buena digestión, porque antes de abandonar Miami vamos a salpicarnos de lo lindo en una de las cabeceras más impactantes y novedosas de la televisión de los ochenta: hablamos, evidentemente, de la serie Miami Vice, conocida en España como Corrupción en Miami.

Miami Vice, con su estética de videoclip de la MTV, supuso una renovación radical de las clásicas series setenteras protagonizadas por los Banacek, Colombo, McMillan y esposa, Kojac, Baretta… Flamencos rosas, lujo rayando en lo hortera, música new wave, acción trepidante, vehículos de altísima gama como el Testarossa o un Cadillac descapotable y dos atractivos protagonistas, Sonny Crockett -otro que también vivía en un barco, con el cocodrilo Elvis como animal de compañía- y Ricardo Tubbs, interpretados por los actores Don Johnson y Philip Michael Thomas vinieron a revolucionar un formato televisivo que ya se antojaba ciertamente obsoleto en sus formas y planteamientos.

Empezando por las propias tramas, centradas hasta entonces en el clásico whodunit para saltar a otras en las que la delincuencia común, el crimen organizado, el tráfico de drogas o la prostitución eran protagonistas absolutos de unas historias en los que los dos detectives encubiertos, a las órdenes del incorruptible teniente Castillo -Edward James Olmos- se jugaban la vida casi en cada capítulo mientras Tubbs, en un a modo de trama transversal, buscaba vengar la muerte de su hermano a manos del traficante Calderón. Ay, qué tranquilos vivían los citados Colombo, Banacek…

Pero Miami Vice -con quince nominaciones a los premios Emmy en su primera temporada- no cambió solamente la forma, tramas y ritmo de las series de detectives del momento, sino que también -o incluso principalmente- influyó poderosamente en la moda y el estilismo de millones de personas en todo el mundo. Diseñadores europeos como Vittorio Ricci, Versace o Hugo Boss llenaron la pantalla de tonos pastel, americanas desenfadadas sobre camisetas de algodón, mocasines sin calcetines… Una máquina de afeitar llamada Stubble Device permitía a los usuarios tener una barba de tres días como el personaje de Don Johnson. Cientos de miles de gafas Ray-Ban Wayfarer -las de Crockett- vendidas en el primer año de emisión de la serie.

O la música que formaba parte de su banda sonora, con aportaciones de Brian Eno, Human League, Tina Turner, Dire Straits, Miami Sound Machine, Santana, Chriss Isaak, Cyndi Lauper… Por no hablar de la aparición en diversos capítulos como artistas invitados de nombres como Phil Collins, Ted Nugent, Miles Davis, Frank Zappa o Sheena Easton.

¿A que les hemos dejado -especialmente a los lectores boomers– con las ganas de buscar la serie en alguna plataforma o canal digital y soltar una lagrimita por aquellos tiempos pasados que nunca volverán?

Bien, toca ya abandonar la ciudad con una última recomendación que les permitirá conocer su cara criminal más actual: la estupenda selección de relatos editada por Suburbano que lleva por título Noir Tropical Miami y en la que participan autores de diversas procedencias como José Luis Muñoz, Anjanette Delgado, Valeria Correa, Pedro Medina León, Rodolfo Pérez Valero…

Por nuestra parte, tomamos ahora un vuelo que nos dejará en Chicago para iniciar una nueva ruta en este viaje alrededor de la novela negra: la mítica Ruta 66.

Ricardo Bosque

Puedes seguirnos en nuestros canales de Whatsapp y Telegram o en Bluesky

Un comentario en “El lugar de los hechos. Costa Este: Miami

  1. Pingback: El lugar de los hechos. Costa Este: Richmond | Revista Calibre .38

Deja un comentario