El lugar de los hechos. Costa Este: Richmond

Un viaje alrededor de la novela negra

Costa Este: DetroitClevelandX-ville – Boston – Nueva York – Nueva Jersey – Baltimore – Washington DC – Richmond – Miami

Etapa anterior: Washington D.C.

En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.

La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (esta vuestra revista Calibre .38), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.

Buen viaje.

Ricardo Bosque

Ike vio un edificio pardo de cinco pisos delante y a la derecha, en mitad de una arboleda de robles. Los urbanistas de Richmond estaban atrapados entre el afecto que sentían por los paisajes naturales del centro de Virginia y la lujuria por la expansión urbana. El edificio R. C. Johnson se erguía en el nexo de aquellas dos sensibilidades rivales.

Lágrimas como navajas. S. A. Cosby

Si hasta ahora habíamos contemplado abundantes muestras de racismo en las diferentes etapas de esta ruta que venimos haciendo por la Costa Este de los Estados Unidos, prepárense para lo que viene porque nos adentramos ahora en Virginia, la primera colonia inglesa, tierra del imaginativo -por no decir mentiroso- John Smith y Pocahontas, corazón de la Confederación y, como dice Ike Randolph, “estamos en el territorio de las gorras rojas de Trump”.

¿Y quién es Ike Randolph, se preguntarán ustedes? Pues Randolph es, junto a Buddy Lee Jenkins, uno de los protagonistas de Lágrimas como navajas, excelente novela del escritor Shawn Andre Cosby, más conocido como S. A. Cosby, con la que nos sumergimos en un mundo lleno de prejuicios raciales y homofobia. Imagínense cuando se dan las dos condiciones a la vez, pues el hijo de Ike -Isiah- es negro como él y está casado con el hijo de Jenkins -Derek-, blanco, siendo padres ambos de una niña de tres años de nombre Arianna.

Ike cumplió condena quince años atrás y, desde entonces, no ha vuelto a delinquir e incluso es el propietario de un negocio de jardinería que le permite mantener una buena casa en la que vive con su mujer, Mya. Pero un hombre negro siempre teme a la policía. Por lo que sea.

Por su parte, Buddy Lee es blanco, también exconvicto pero en su caso divorciado de la madre de su hijo Derek. Alcohólico, en paro y malviviendo en uno de esos campamentos de destartaladas caravanas tan habituales en los Estados Unidos.

Dos hombres que nunca aceptaron a sus hijos como lo que eran -Buddy Lee estaba tan avergonzado de Derek por ser gay como Derek lo estaba de que su padre fuera un criminal- y que unirán sus esfuerzos para conseguir venganza ya que la justicia, ni está ni se la espera. Porque no lo hemos dicho, pero ambos padres se conocen en el funeral conjunto de sus hijos, acribillados a balazos en lo que parece un caso de violencia homófoba.

Y es que parece que la policía no está muy implicada en la investigación del asesinato de dos gais, uno de ellos negro por si fuera poco, así que lo que les queda a dos expresidiarios que siguen manteniendo útiles contactos en los bajos fondos del estado es tomar las cosas como vienen y recurrir a lo que ya conocen aunque habían tratado de dejar atrás -sobre todo Ike-, iniciando una carrera de violencia por momentos tarantiniana.

Despedazar tu primer cadáver es asqueroso. El segundo es cansado. Cuando vas por el decimoquinto, todo es cuestión de memoria muscular.

En su camino, banderas confederadas y moteros supremacistas pertenecientes a Raza Única, banda de delincuentes con sedes por toda la Costa Este que se dedican, entre otras cosas, al tráfico de armas y metanfetamina.

Machismo y racismo en grandes dosis -como pasa por aquí con la interpretación errónea de la memoria histórica, es habitual encontrarse en Virginia y otros estados estatuas o edificios levantados en recuerdo de soldados confederados y personajes abiertamente esclavistas- están continuamente presentes en una novela que se desarrolla en una ciudad en la que, de vez en cuando, podemos encontrar algún refugio disonante como el Garland’s, un bar de ambiente gay dedicado a Judy Garland situado en el cruce de las calles Grace y Foushee, cerca del centro de Richmond, en el que Ike tiene que poner los puntos sobre las íes cuando Buddy defiende que ser negro tampoco es un handicap tan grande en la actualidad:

Ah, ¿te crees que es más fácil ser negro que gay? Mira, si vas por ahí, nadie tiene que enterarse de que eres gay, a menos que se lo cuentes. Yo soy negro en todas partes. No puedo ocultar esta mierda.

Por no hablar de las manifiestas e incomprensibles contradicciones que nos recuerdan eso de “ser más tonto que un pobre de derechas” y que responde a la necesidad humana de encontrar siempre a un desgraciado que lo esté pasando todavía peor que uno para culparle de los propios males:

Un amigo mío pasa por aquí de vez en cuando. Es abogado. Tendrá tu edad. Es gay, negro y se la pela todo. ¿Sabes qué me contó una vez? Me contó que hay negros que odian más a los gais que a los racistas.

Con todos estos ingredientes, Ike y Buddy Lee protagonizan una huida hacia adelante en un western crepuscular que incluso el mismo inspector LaPlata -uno de los policías encargados inicialmente de aclarar el asesinato de los dos jóvenes- sabe reconocer en uno de los momentos finales de la novela, exponiendo los hechos como son aunque jamás podrán ser demostrados:

Los dos sabemos que Buddy Lee y usted recorrieron todo el estado en pie de guerra, hasta culminar en una escena sacada del puñetero Grupo salvaje en un recinto paramilitar que era propiedad de una empresa fantasma conectada con los Hijos de la Libertad, quienes resulta que tenían vínculos con el hermano del difunto señor Jenkins.

Finalizamos nuestra estancia en la capital de Virginia, pero antes de partir hacia nuestro próximo destino -y ya les adelantamos que se van ustedes a hartar de ver flamencos, jubilados y cubanos-, les recomendamos completar esa ruta paralela que estamos haciendo por los lugares en los que vivió Poe y que nos ha llevado hasta ahora por Boston, Nueva York y Baltimore.

Y es que Richmond fue la ciudad en la que más tiempo residió el autor de Los crímenes de la calle Morgue: concretamente llegó, junto a su familia adoptiva, cuando tenía un año de edad y aquí pasó sus primeros años de vida, escribió sus primeros poemas y se casó con su prima de trece años. Por eso, les recomendamos hacer una visita a The Poe Museum, ubicado en la casa más antigua de la localidad. La encontrarán en el 1914 de East Main St, lo que no sabemos es si también encontrarán al gato negro, de nombre Edgar, que se aloja allí.

Suerte con ello.

Ricardo Bosque

Próxima etapa: Miami

Puedes seguirnos en nuestros canales de Whatsapp y Telegram o en Bluesky

Un comentario en “El lugar de los hechos. Costa Este: Richmond

  1. Pingback: El lugar de los hechos. Costa Este: Washington D.C. | Revista Calibre .38

Deja un comentario