“El país de los ciegos”, de Claudio Cerdán, por Ricardo Bosque

el-pais-de-los-ciegosRicardo Bosque

Leía hace poco unas declaraciones de un afamado escritor -cuyo nombre no citaré entre otras cosas porque no necesita más publicidad gratuita que la que le hace el grupo editorial para el que suele escribir- en las que aseguraba que la novela negra está cavando su propia fosa, que está anclada en los tópicos de conspiraciones y psicopatías varias, adentrándose en un terreno en el que imperan el pensamiento débil y la estructura fácil. Toma ya.

En efecto, el género tendría ante sí un panorama desolador si todos los que se mueven en él escribieran como el sujeto en cuestión, que ya hace unos cuantos años decidió contribuir a la causa haciendo empuñar a su jueza estrella una pala con la que cavar esa profunda fosa de la que habla.

Afortunadamente, hay quienes toman la pala para precisamente lo contrario, para desenterrar el género -si es que hubiera que hacerlo, que me da que no- o hacer una montañita en la que encumbrarlo lo más alto posible, para que se le vea bien y bien de lejos. Entre ellos, Claudio Cerdán, murciano de nacimiento y dudo mucho que algún día le hagan alicantino de adopción a la vista de cómo describe la ciudad mediterránea a la que parece adicto. De entregarle las llaves de la localidad, mejor no hablar: terminaría vendiéndolas al mejor postor.

Porque frente a esa Alicante promocionada por las autoridades políticas como la Ciudad de la Luz o “la millor terreta del món”, la ciudad que muestra Cerdán en su primera novela negra -muy negra, diría yo-, El país de los ciegos, es muy diferente.

Una ciudad a la que acaba de volver el Tuerto tras una estancia de cinco años en la pensión Fontcalent y en la que lo primero que deberá hacer -como el buen delincuente que siempre fue- es recuperar el terreno perdido durante ese largo lustro entre rejas. Y para ello parece indispensable procurarse la protección o al menos la connivencia de algún juez, algún policía, algún empresario… Sin problemas: no hay nada que no solucionen unas buenas fotos compremetedoras en compañía de una puta de confianza. Más difícil sin embargo resulta ponerse de nuevo al frente de negocios que, en su ausencia, han cambiado de manos. Si esas manos pertenecen a clanes rumanos, rusos, chechenos, kosovares o gitanos de los de andar por casa, de los de toda la vida, la misión, además de complicada, puede resultar francamente peligrosa.

Una primera incursión en el género -y me consta que no será la última- en la que el autor demuestra que conoce a la perfección las reglas del juego y combina violencia -incluso de la gratuita-, cinismo y humor negro, y no olvida que, si el género muere como pronostica el afamado autor del primer párrafo, lo hará matando. Y así Cerdán, a través del Tuerto, reparte estopa a diestro y siniestro, como debe ser en un género que se caracteriza por su sentido crítico. Y hay bofetadas para políticos, policías, chuloputas, profesores de universidad, estudiantes universitarios, curas, jueces, busconas, negros y mariconas… Haciendo amigos, vaya. O puntos para lo de las llaves de la ciudad, como les decía un poco más arriba.

En definitiva, un pedazo de novela que no deberían dejar de leer y que deja meridianamente claro que, cuando se tienen ideas, se consigue que el género muestre más vitalidad que nunca. Pese a quien pese. Incluso -o especialmente- a quienes parecen carecer de esa necesaria imaginación.

@ricardo_bosque

El país de los ciegos
Claudio Cerdán
Ilarión

4 comentarios en ““El país de los ciegos”, de Claudio Cerdán, por Ricardo Bosque

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  2. Impresionante relato negro. Impactante y directo al estómago. Elq ue la situación se establezca en Alicante hacee que nos sea todo más cercano y, a la vez, más alucinante.

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