“La última fosa. Revolución del 34: caso abierto”, de Alejandro M. Gallo, por Sergio Torrijos Martínez

Sergio Torrijos Martínez

Técnica, sapiencia y trabajo. Esos tres axiomas marcan esta novela. El primero de ellos sale a relucir muy pronto y se mantiene durante toda la novela; el segundo es una cualidad que había que sumar también al autor; y el último es la fase fundamental para construir una novela como esta, que no solo nos ofrece divertimento sino que además nos da todo tipo de datos precisos.

La técnica se dibuja al engranar una trama compleja en la que aparecen dos episodios cruentos con una diferencia enorme de años, uno en la actualidad de la novela y otro en 1934. Las líneas de investigación de ambos casos se van entrelazando, moviéndose por el paisaje asturiano y para mayor complicación, el autor las va adornando con datos de la revolución de esa fecha. Por ello, cuando llevas la mitad de la novela y te preguntas, “¿Pero esto no había comenzado en Vallecas? ¿Qué narices hacemos en la cuenca minera de Asturias en plena postguerra? ¿Qué tiene que ver mi barrio vallecano con Mieres y unos mineros lanzando dinamita por doquier?”, la respuesta sería sencilla: nada tiene relación y todo se relaciona, es una cuestión de técnica, de capacidad narrativa y de saber guiar una trama por donde se precise, sin que sufra el argumento o se desvirtúe el resultado final.

La sapiencia se puede proyectar en muchas facetas de la novela, pero para mí descansa en el conocimiento de los engranajes de la novela. Es una trama enrevesada, en la que aparecen una buena cantidad de personajes, que los hechos difieren mucho de un contexto a otro e incluso las mentalidades son tan distintas que parecen opuestas, pero con ese maremagno el autor se maneja y lo hace con soltura, no sobran personajes, incluso falta alguno, las acciones y su exposición son apropiadas y el dibujo de la psicología de personajes de otra época es mas que impresionante. Sumémosle un buen conocimiento del género negro y de sus entresijos y nos ofrecerá una novela bien hilvanada, bien trenzada y bien resuelta.

El trabajo es intenso, no solo en la estructura del lenguaje, que tiene lo suyo, sino en la recreación tan acertada de realidades tan diferentes una de otra. No es posible acercarse a la mentalidad de 1934 con la nuestra de ahora, no lo comprendemos, es así de sencillo. Pero el autor tiene tablas y poco a poco nos va dando pinceladas que enriquecen el cuadro, un matiz ligero nos ofrece otro punto de vista, otra pincelada nos habla de otra realidad y terminamos comprendiendo aquel levantamiento y comprendiéndolo en todas sus consecuencias. La labor del escritor se percibe en los personajes principales, ambos de calado, un policía medio loco y un compañero loco perdido. Ambos opuestos y ambos afines y cercanos, una dualidad que ya se ha trabajado mucho, en todo tipo de novela, pero que cuando se elabora bien funciona y más aún lo hace cuando existe un humor fino y por momentos delirante que nos hace disfrutar y mucho.

También me gustaría hacer notar las reflexiones sobre la novela negra que hace el autor, cargadas de mordacidad y en algunos casos de mala leche.

Fui incapaz de dejar de leerla hasta no terminarla, su ritmo narrativo es altísimo y cuando quieres reaccionar son las tantas de la madrugada y llevas la mitad del texto entre pecho y espalda.

En resumen, una obra muy interesante. Novela policíaca de verdad, con sus momentos de crudeza y sus ternuras, su humor y su negrura, su crimen, sus criminales y su castigo.

Con novelas así es sencillo editar y hacerlo bien y también es apuesta segura porque no defraudan, siempre gustan y siempre nos quedaran en el recuerdo.

Una lectura muy adecuada para estos meses estivales. Nos hará disfrutar y nos aportará conocimientos que no poseíamos, con recuerdo de aquella vieja máxima “enseñar deleitando”.

La última fosa. Revolución del 34: caso abierto
Alejandro M. Gallo
Laria

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