“Muerto el perro”, de Carlos Salem, por Ricardo Bosque

muerto-el-perroRicardo Bosque (@ricardo_bosque)

Hace algunas semanas, tal vez algo más de un mes, Pere Sureda, editor de Navona, me pedía a través de Twitter una frase -a poder ser laudatoria- sobre Carlos Salem. No sabía el motivo pero por Carlos sería capaz de escribir hasta un apasionado bolero aun a riesgo de que alguien malinterpretara mi relación con el argentino afincado en España, que no va más allá de una buena amistad y una profunda admiración. En todo caso, lo que me salió así, de sopetón, fue lo siguiente:

Si Donald E. Westlake hubiera escrito parte de su obra en argeñol, tal vez se hubiera inventado otro seudónimo: Carlos Salem.

El sábado 8 de febrero recojo en Correos un paquete remitido por Navona. En su interior, Muerto el perro. En la contraportada, mi frase junto a otras de Cristina Fallarás o Fernando Sánchez Dragó. Acabáramos.

Por supuesto, Salem tiene alta prioridad en mi casa -DEFCON 1, directamente-, así que aparto todas las demás lecturas pendientes y me pongo a ello, devorando sus 324 páginas en el fin de semana y disfrutando de principio a fin con una historia que mantiene o incluso eleva el alto nivel de sus novelas anteriores.

Todo arranca con la muerte -enseguida se verá que se trata de un asesinato- de un conocido empresario, hecho que coincide con la resurrección de su viuda, Piedad de la Viuda, una fogosa mujer encerrada durante 49 años en el cuerpo de una beata de misa diaria y que descubre, al conocer lo que su marido le ha ocultado durante tanto tiempo, que junto a la Piedad de Siempre ha intentando respirar -y en contadas ocasiones lo ha conseguido- la Piedad de Nunca o casi Nunca, la mujer de rompe y rasga, la desinhibida, la capaz de conseguir que los hombres besen el suelo que pisa o se deshagan en locuras de amor.

Piedad de Siempre y Piedad de Nunca. Jekyll y Hyde.

Y con el humor que le caracteriza, con la ternura o la ingenuidad que es capaz de hacer aflorar incluso en los malos de sus novelas -malos casi siempre perdedores, malos de carne y hueso muy alejados de cualquier tópico-, con las situaciones más alocadas que mente humana pueda imaginar combinadas con un lirismo que parece impropio del género pero que con Salem es algo absolutamente natural, Piedad -animada por el recién descubierto Southern Comfort que trasiega como si de agua bendita se tratara- deberá enfrentarse a un monumental lío financiero y criminal -¿acaso no son términos casi equivalentes en los últimos tiempos?- acompañada, perseguida, protegida por un antiguo novio, por un policía angelical, por otro que es remedo de un tal Torrente, por un portero de urbanización cuyo nombre me suena mucho, por un mafioso ruso que combina la trata de blancas con el liderazgo de una Hermandad religiosa en la que se interpreta gospel a ritmo de balalaikas, por un argentino de nombre Soldati -qué alegría verle de nuevo- que abandonó su país en busca de hacer la revolución o hacerse rico, lo primero que surgiera…

Humor, ternura, ingenuidad en los personajes, surrealismo en las situaciones que me ratifican al colocar al autor junto al Westlake que tanto admiro, al creador de ese desastroso ladrón que responde al nombre de Dortmunder o del inútil pichón recalcitrante heredero de una fortuna y desconfiado por naturaleza con quien tanto disfruté hace ya muchos años.

Carlos Salem, el poeta y el gamberro. Otra vez Jekyll y Hyde.

Otra vez el poeta gamberro que me atrapó sin remedio en Camino de ida y del que no he podido desintoxicarme tras leer Matar y guardar la ropa, Pero sigo siendo el rey, Cracovia sin ti, Un jamón del calibre 45… Es más, ni he podido ni pretendo desintoxicarme, así que quiero más vino D. O. Salem. O de ese Gancia que bebe Soldati y que le sirve de inspiración para componer esas sentencias suyas: “si hay miseria, que no se note”, “soldado que huye sirve para otra guerra”… O, por qué no, unos cuantos chupitos de ese Southern Comfort que tan bien parecen sentarle a Piedad.

Prometo, eso sí, tratar de contener en la medida de lo posible a ese Otro que, seguro, guardo en mi interior.

O no.

Muerto el perro
Carlos Salem
Navona Editorial
 

 
 
 
 

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