“El viejo muere, la niña vive”, de Julián Ibáñez, por Sergio Torrijos Martínez

Julian IbáñezSergio Torrijos Martínez

Lo ha vuelto a hacer.

Julián Ibáñez ha tomado tres elementos, los ha tanteado, a modo de cubo de Rubik, los ha movido, los ha colocado en un escenario familiar y a partir de ahí ha creado una ficción de las buenas. Negra, eso sí, muy negra, pero de buena factura y de una calidad sin discusión.

Es un hecho curioso lo que le ocurre al autor. Conforme pasa el tiempo, mejor nos muestra el mundo que quiere recrear -porque escribir siempre lo ha hecho muy bien- y más negro es lo que nos cuenta. Y no se es negro por contar cuatrocientos doce crímenes o por salpicar de sangre a doce testigos pasmados de miedo, para nada, lo negro proviene de múltiples focos partiendo de nuestra vida cotidiana, por poner un ejemplo:

“El fulano de la barra era un tipo de aspecto normal, no hubiera llamado la atención repartiendo papelinas a la puerta de una guardería, y parecía muy aburrido, miraba hacia la puerta esperando la llega de unos mariachis para unirse a ellos.”

Y de la misma vida cotidiana emerge el protagonista, Bellón, un tipo que lo mismo ejerce de guardaespaldas que atraca a un paseante, levanta un coche o cuida del negocio de un burdel. Chico para todo, con la salvedad que tiene algo muy cercano, para él, diez euros es algo a tener en cuenta, cuando ya hablamos de billetes “grandes”, cincuenta euros son palabras mayores. Bellón cobra deudas, ¡cómo no!, a medio camino entre matón y ayudante, chico para todo y para nada. Una de esas deudas le lleva a una casa donde presenciará algo que no debía ver. Un crimen bastante salvaje redondea el argumento y nos muestra otra cara del mismo personaje, la que ejerce de confidente de la policía.

Todo lo descrito y mucho más en poco más de doscientas páginas que se hacen muy cortas.

No es momento de descubrir a Ibáñez como escritor, sin duda en el pelotón de cabeza de los mejores escritores de novela negra del país, aunque la prensa y el éxito editorial siempre le ha sido esquivo, lo cual no es óbice para considerarle en la medida que debe estar. Con una prosa brutal, poderosa y precisa que tiene el brío de los grandes novelistas y que tiende a acosar al lector, no se dejen, es un consejo gratuito, Ibáñez busca lectores aguerridos, tipos que no se dejen amedrentar ni por él ni por el mundo bizarro que expone y que nos acerca a algo muy hispano, los bares. Sirva como ejemplo:

“Aquella era la relación que tenía con todo el mundo, superficial, de barra de bar. Era lo que dábamos de sí, no teníamos otra cosa, sólo el vaso en la mano como lo único tangible a lo que nos aferrábamos en medio de un océano en la oscuridad.”

Leer a Julián Ibáñez siempre es una buena medida, reconozco que tiene su punto y que hay que cogérselo, pero es incuestionable la calidad que atesora como novelista. El mundo que acostumbra a exponernos es poderoso, de polígono industrial y de club de alterne de tercera, de pasiones al socaire de pisos baratos y de partidas de cartas tan peligrosas como practicar sexo sin condón en el puticlub de tu barrio. El mundo que a diario nos rodea Ibáñez lo ficciona, nos introduce en él de manera aparatosa, a patadas casi y va empujando la trama a golpes de riñón. Es tan cercano y al mismo tiempo tan irreal que seguramente está asentado en la realidad más rotunda. Con Ibáñez caben pocas sorpresas, cada libro suyo en una narración de lectura obligada y disfrute asegurado, no se lo pierdan. Tras su lectura comprenderán porque es un maestro en esto de la novela negra.

 

El viejo muere, la niña vive
Julián Ibáñez
Cuadernos del laberinto

Un comentario en ““El viejo muere, la niña vive”, de Julián Ibáñez, por Sergio Torrijos Martínez

  1. Muchas gracias Julián, mañana nos vemos.

    Un abrazo

    Joaquín García Garijo Correo e. jgarciagarijo@ayceinformatica.es

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