“El expreso de Tokio”, de Seicho Matsumoto, por Ricardo Bosque

tokioRicardo Bosque

Entre septiembre y octubre, llega a orillas de mi casa un auténtico tsunami de literatura criminal japonesa, desde los autores fundacionales -el Okamoto Kido de Hanshichi escrita a principios del siglo XX- a lo más reciente del género negro nipón representado por Fuminori Nakamura, escritor nacido en 1977 y autor de la excelentísima El ladrón. Ambas novelas, por cierto, editadas en España por Quaterni.

¿El motivo? La preparación de la charla que me tocaba moderar dentro de los actos programados en Getafe Negro y que estaba dedicada a la literatura japonesa actual. Por supuesto, criminal. Al menos por ahí fueron los tiros.

Y entre esos extremos representados por Hanshichi y El ladrón, se quedó sin leer -no hubo tiempo, acababa de salir en nuestro país- la novela que muchos japoneses consideran como el mayor best seller policiaco de todos los tiempos: El expreso de Tokio, de Seicho Matsumoto, publicado originalmente por entregas entre 1957 y 1958 en una revista japonesa y que llega ahora a España de la mano de Libros del Asteroide.

Omisión subsanada: sorprendido por la alta calidad literaria de todo lo que había pasado por delante de mis ojos ya rasgados a estas alturas, esta novela había que leerla aunque fuera con posterioridad a la citada charla. Y la disfruto, vaya si la disfruto.

La novela arranca -o casi- con la aparición de dos cadáveres, un hombre y una mujer, tendidos en una playa del sur de Japón, en la isla de Kyushu. El hombre, un funcionario del ministerio X -sí, el autor le llama X, pongan ustedes lo que quieran: Industria, en mi opinión, se acercaría bastante a la realidad-. La mujer, una de las camareras de un restaurante de comida tradicional japonesa. Causa de la muerte: doble suicidio por ingesta de cianuro, sin lugar a dudas. Cosas de enamorados desesperados. Cosas de orientales.

Al menos eso es lo que piensa la policía. ¿Toda? No, que al veterano inspector Jutaro Torigai no le encajan dos hechos en apariencia insignificantes: el hombre permaneció varios días recluido solo en su hotel y en el bolsillo de su chaqueta se encontró el justificante de una sola comida tomada en el tren, no dos. Conclusión: los presuntos amantes ni habían viajado ni se habían alojado juntos.

Realizadas por parte de Torigai las comprobaciones oportunas que refuerzan sus sospechas pero sin poder hacer nada más por su parte en la resolución del caso, el testigo lo retoma, semanas después, el inspector Mihara de la Policía Metropolitana de Tokio, a la sazón encargado de la investigación de un caso de corrupción dentro del tal ministerio X.

A partir de aquí, con la meticulosidad que caracteriza al policial japonés -como dato anecdótico diré que los horarios de los trenes que aparecen a lo largo de la novela, y que son muchos y fundamentales a la hora de desvelar el misterio, son los reales de 1947- El expreso de Tokio presenta todos y cada uno de los elementos connaturales al género negro japonés, constituyendo pues un buen punto de partida para quien pretenda conocer cómo se mata -y por qué- en otras culturas tan diferentes de la occidental: trenes -todo un subgénero propio dentro del denominado honkaku (misterio)-, precisión milimétrica, trama perfecta, perseverancia, asombrosa descripción psicológica de los personajes, ritmo contenido que no va en detrimento del interés por seguir leyendo -la calma en acción, que dicen por aquellos lares-, narración metódica y sin innecesarias florituras, cierto dramatismo innato en la cultura japonesa mezclado con la frialdad o asepsia con que parecen reaccionar ante las circunstancias…

No me resisto a terminar sin copiar un fragmento que demuestra que, a pesar de todo, hay más semejanzas que diferencias entre oriente y occidente, al menos en cuanto a lo de meter la mano en la cosa pública:

“Tampoco teníamos pruebas para imputar al director Ishida. El caso de corrupción lo obligó a dejar el cargo que ostentaba y fue trasladado a otro departamento, donde tiene un puesto mejor que el anterior. Parece un sinsentido, pero son cosas curiosas que ocurren en la administración pública. En un futuro se convertirá en jefe de gabinete, secretario de estado o incluso llegará a diputado, quién sabe”.

Ya ven ustedes: es todas partes cuecen habas. ¿La peculiaridad? En Japón se suicidan por menos que eso; en España, los imputados denuncian a los jueces instructores y, en ocasiones, ganan.

Diferencias culturales, supongo.

 
El expreso de Tokio
Seicho Matsumoto
Trad.: Marina Bornas
Libros del Asteroide

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