“Ciudad de Bohane”, de Kevin Barry, por Noemí Pastor

 Portada_Ciudad-de-Bohane_bajaNoemí Pastor

‹‹El pistolero ha llegado ya a la ciudad.

Se ha apodado “el Tuerto”, su profesión es matar.

El pueblo entero ha volado, nadie quiere salir.

En el saloon el barman dejó ya de servir.

Y yo sé que esta vez sin duda viene a por mí.››

“El pistolero”, Pistones

 

Gangs of Bohane

He querido empezar con ese clásico del pop español porque exactamente es eso lo que sucede en esta novela, que el antiguo amo y señor del Cotarro de Bohane, Gant Broderick, decide regresar a enfrentarse al capo actual, Logan Harnett, quien, además, está casado con la enigmática Immaculata, anterior novia de Gant.

¿Es, pues, Ciudad de Bohane un western? No exactamente, aunque tiene tiene toques de. ¿Es novela negra? Podría. ¿Es ciencia ficción? Pues también podría. ¿Es un relato épico? Tiene bastante de eso, sí. A ratos es Gangs of New York, a ratos La edad de la inocencia. A ratos es Mad Max, Blade Runner y Acción Mutante y a menudo es Ellroy y Tarantino.

Es, en resumidas cuentas, una acertada mezcla de géneros que en 2012 consiguió convencer al jurado del Premio de Literatura de la Unión Europea, premio que incluye tres hermosos millones de euros para traducción. Bien.

Minha terra irlandesa

Se supone que la Ciudad de Bohane es una distopía, una ciudad ucrónica que, sin embargo, de acuerdo con las pistas facilitadas, queda más o menos por Irlanda, pero Kevin Barry se las ha arreglado para que, de la cornisa cantábrica hacia arriba, a toda lectora o lector le parezca que está hablando de su ciudad.

Así, a una chica de Bilbao, como servidora de ustedes, le resulta inevitablemente familiar el río Bohane que fluye lento y oscuro, da carácter a toda la urbe e intercambia con ella el nombre: en Bohane la ciudad se llama como el río; en Bilbao la ría se llama como la ciudad.

Y no es solo eso: también se me hacen familiares los riscos de Bohane, las cuestas, el río encajonado, los conflictos de soberanía con el misterioso País de Fuera y esa especie de cosmopolitismo portuario, también en la vestimenta, en el vino, en el urbanismo.

Porque el título no engaña: aquí todo sucede en la ciudad, territorio con topónimos míticos, poblada de hombres con epítetos épicos que se dedican a eso, a la épica, a luchar, a darse de hostias entre ellos, ¿por qué?, porque sí, porque eso es lo que hacen los hombres tras la tercera guerra mundial que predijo Einstein, porque así se lo imponen los genes o el destino, porque así lo quiere dios o su Divino Niño Jota.

Interposita persona

De esa forma tan pedante, tan latinizante y tan jurídica llamábamos al narrador en las clases de crítica literaria de la universidad.

El narrador de Ciudad de Bohane es al principio totalmente convencional: omnisciente, solo se sirve de las terceras personas. Pero, poco a poco, enseña la patita y va asomando el cuerpo entero. Primero, ale hop!, saca a pasear la primera persona y se refiere a Bohane como “nuestra ciudad”. Luego, unos capítulos después, se pasa a la segunda persona para interpelar al lector y, ya rebasada la mitad del relato, nos sorprende al hablarnos de “mi establecimiento”, que es la Asociación de Películas Antiguas e Históricas de Bohane.

Poco más nos hace saber de sí mismo el narrador: que es hombre y que su punto de vista es del todo varonil, pues, cuando hace frío, nos dice que lleva “las pelotas congeladas” y no se molesta en explicar los efectos del frío sobre los genitales femeninos o, por imitar su estilo, los efectos del frío sobre “los culos de las putas, zorras, guarras, pelanduscas”.

Este señor ficticio construye un relato ligero como una cancioncilla pop, plagado de descripciones coloridas y sonoras, de las que no cansan y se leen a gusto. Compone un texto lírico con verdaderos hallazgos expresivos, toques de humor, diálogos frescos y capítulos que transcurren raudos, se van aligerando y precipitando hacia el final y se presentan con títulos tan atractivos que no puedes parar de leer.

Un par de decisiones cuando menos curiosas

Parece que me ha dado por recordar mis tiempos universitarios. Ahora me ha venido a la mente un insigne traductólogo que afirmaba que traducir consiste en tomar decisiones, como si en otros oficios no hubiera que tomarlas. Son, por supuesto, decisiones siempre cuestionables y siempre fundamentadas.

Por eso me gustaría poder charlar con Javier Calvo y Ferran Ràfols Gesa, traductores de Ciudad de Bohane, para saber por qué decidieron hacer dos cosas curiosas. Una, que ciertos personajes hablen relajada y vulgarmente y transcribir de forma más o menos fiel esa habla descuidada, a la manera de los negros en los relatos de Flannery O’Connor o en Lo que el viento se llevó. Es una opción de traducción discutible y arriesgada, pues tiene varias desventajas: sustituir un argot en un idioma por otro en otro idioma es un cuádruple salto mortal; al final, lo que creas es un habla ficticia, no siempre efectiva y, lo peor de todo, que puede llegar a cansar al lector.

Otra intrigante decisión: no traducir las letras de las cancioncillas que canturrean las gentes de Bohane; dejarlas en su inglés original. ¿Por qué? ¿Por qué el argot marginal sí y las canciones no? Repito que me gustaría charlar con los traductores para saber qué los llevó a esas decisiones, que seguro que son argumentos de peso que se me escapan. A ver si la magia de la tecnología me concede ese deseo.

 

Ciudad de Bohane
Kevin Barry
Trad.: Javier Calvo y Ferrán Ràfols Gesa
Rayo Verde Editorial
 

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