“Los escupitajos de las cucarachas”, de Andreu Martín, por José Luis Muñoz

cucarachas andreuJosé Luis Muñoz

¿Cuándo alguien va a escribir una buena novela, que no puede ser otra cosa que negra, por descontado, sobre ese robo a gran escala que conocemos con el eufemismo de crisis global y por el que los pobres son aún más pobres y los ricos nadan más en la abundancia? Porque, como vasos comunicantes, el dinero que se va de nuestros bolsillos acaba en el de otros, así de simple, en el casino global. Alguien lo ha hecho: Andreu Martín abre el fuego, con recortada y a bocajarro, con esta novela, seguramente el título más largo de la historia de la literatura universal, Los escupitajos de las cucarachas no llegan al séptimo sótano del pedestal donde se levanta mi estatua, que ganó el premio Ciutat de Alzira y que publica ahora en castellano la editorial Ciento cuarenta. ¿Justicia poética? No queda otra.

German Rojo, uno de los protagonistas de esta novela coral, es conocido como el Salvador —Soy Dios—, el financiero poco escrupuloso, corrupto hasta el tuétano, que vende sus recetas neoliberales —Nadie quiere prescindir del estado de bienestar. Pues, primero, se difunde la teoría de que los funcionarios son unos inútiles y de que el estado de bienestar es insostenible— y tiene con las mujeres, a las que considera putas, idéntica relación de poder que con el resto de la humanidad. Un tío que se comporta así con una mujer no tiene derecho ni autoridad moral para representarnos ante las autoridades europeas. Pero si las paga, y lo hace bien, es para hacer con ellas lo que le venga en gana, incluido meterles una botella en el coño, carta de presentación del personaje en cuestión en cuanto el lector se asoma a la novela. Así es como actúa Germán Rojo, propietario de MonDeMon, que tiene su guardia pretoriana, los Conde, matones que agreden y amenazan a quien pone ruedas en los palos de las ruedas de su jefe, y es un psicópata financiero y sexual. ¿Les suena? Claro que les suena. Tipos así corren por Francia, en las más altas esferas, y en la España de las cacerías de Berlanga que reproducen nuestros cutres políticos.

Alrededor de German Rojo, un DSK a la española, pero podría ser también cualquiera de esos tipos de las tarjetas black, Rato, Blesa y compañía, que son del mismo perfil, al que quieren cazar policías honrados, pero siempre se les escurre, se mueven una serie de personajes bien perfilados como Sergi Gómez, el periodista inapetente sexual, enamorado de Melba, la prostituta que destapa las costumbres depredadoras de su cliente, o Guillem Sicart, el cabo informático forense de los mossos, rastreador de informaciones encriptadas en ordenadores a través de los cuales navega a los paraísos fiscales que son el agujero negro adónde va a parar el dinero que sale de nuestros bolsillos, pero es Melba, precisamente, la sencilla Melba, con su inocencia, abnegación, simplicidad y valor, la protagonista femenina, quien concita las simpatías del lector en esta novela premeditadamente maniquea con la que Andreu Martín ajusta las cuentas a los poderosos.

La trama de Los escupitajos de las cucarachas se mueve en un mundo reconocible, el que estamos sufriendo delante de nuestras narices y que nos han vendido como no cuestionable: no se pueden hacer las cosas de otra manera; las cosas son así, porque sí, y actuamos como banda de atracadores porque podemos y nadie nos lo impide. Así es que encontrará el lector en la novela de Andreu Martín blanqueo de dinero, corrupción política con mordidas, conflictos de intereses entre mafiosos (Clan de los cosacos), evasión de impuestos, economía sumergida, puterío de altos vuelos, lo que vemos y escuchamos a diario en los informativos y que, por reiterativo, acaba por anestesiarnos. Hay alcaldes vendidos a la mafia rusa, y alcaldes acusados de acoso sexual, y políticos de todos los partidos que roban, malversan, se dejan sobornar, evaden capital, defraudan, y bancos que estafan a sus clientes, y Gobiernos que subvencionan a los bancos estafadores, y banqueros que se retiran con indemnizaciones millonarias después de haber provocado la quiebra de las entidades donde trabajaban, y jueces que prevarican y dictan sentencias injustas, y jueces perseguidos porque perseguían la corrupción, e incluso la familia del rey parece que ha metido la mano en un bolsillo que no era el suyo.

andreu

El estilo de Andreu Martín es conciso, huye de florituras, de esa literatura de sonajero que tanto detesta Juan Marsé, entre otros. Las descripciones físicas son taquigráficas: Ella, cuidadosamente bronceada en todos los rincones de su cuerpo, sin señal de biquini, sexo depilado, media melena irregular y erizada, de color zanahoria, pechos suficientes sin excesos ni areola, cintura armoniosa, piernas largas, movimientos cuidadosos, manos sabias. Ese es el retrato físico de Melba, la heroína. La violencia es hiperbólica, así es que la sangre salta de las páginas de esos escupitajos a la cara del lector (Le clavo el chuletero en la nuca, donde calculo que está el cerebelo, por debajo del cráneo dolicocéfalo. Un pinchazo seco, hasta el mango, la puntilla, un crujido, un golpe fulminante. Cae de bruces sobre el teclado y se pega un sonoro porrazo con la nariz. Queda inmóvil) y puede resultar muy visual y escalofriante (La punta de la navaja se clava en el centro de la frente del hombre, resbala sobre el hueso y rebana un trozo de piel que queda colgando como una lengua, como un bistec sangrante, un tupé líquido y rojo)

Juega con pericia el autor de la legendaria Prótesis con el punto de vista narrativo, y ese es otro de los aciertos de la novela. Primera persona y presente de indicativo en el relato que protagoniza el psicópata protagonista, con lo que Andreu Martín da voz a un asesino sanguinario y consigue que nos metamos en su retorcida mente para odiarlo un poco más. Tercera persona, pero también presente, para trasladar sensación de inmediatez, en el resto de la novela. Domina con soltura este maestro de la novela negra el difícil arte del diálogo, y buen ejemplo la forma de hablar de Melba, la puta llorona —No deja de llorar. Las lágrimas cubren su rostro, suplen la humedad que falta en su vagina y los sollozos acompañan mi vaivén. El gemido gutural que sale de su garganta es la canción orgásmica más excitante que he oído en mi vida—, una escort de lujo que trabaja en La Mansarda, la que, para mí, es la auténtica heroína de la novela, que planta cara al financiero asesino: Bueno, o sea, ese tío de la tele, en plan alto y guaperas, moreno de piel y negro de pelo, rollo que no entiendes por qué tienen que ir de negocios, que con hacer así tendrían todas las tías que quisieran y gratis, que eso ya mosquea también porque quiere decir que es raro, o sea, y vendrá con manías.

El autor de Cabaret Pompeya riza el rizo en la pormenorizada y sádica paliza que propina Germán Rojo a Melba, mientras él mismo, en una conferencia en diferido, aparece en el plasma de la habitación del apartamento en donde se está produciendo la agresión/violación, el dualismo de este Jekyll del plasma/Hyde violando, pura narrativa cinematográfica. Es una grotesca muñeca hinchable que vuela por la habitación, cae sobre el lecho con chirrido de muelles y grito de dolor, y rebota patas arriba para caer al otro lado.

Los escupitajos de las cucarachas tiene buen ritmo, cómo corresponde a una novela de acción, atrapa al lector desde el primer párrafo y está bien documentada, porque Andreu Martín demuestra un concienzudo conocimiento de las técnicas policiales; y es ferozmente crítica con esos sujetos que nos han vaciado los bolsillos. Novela sobre la crisis, la corrupción y la economía de amiguetes, en la que resuena ese chas chas, el sonido onomatopéyico del cuchillo chuletero de German Rojo, psicópata criminal y financiero, para el que todos los demás, las víctimas de la crisis, son hormigas a las que pisotear, o cucarachas que, con sus escupitajos, no le llegamos a los pies de su pedestal.

Una novela policial y negra, sí, pero también política. Que cada uno haga sus extrapolaciones. Breat Easton Ellis escribió hace un montón de años la odisea salvaje de un brooker neoyorquino sanguinario en American Psycho; Andreu Martín hace que su monstruo financiero, sin escrúpulos, sea un Spanish Psycho. Razón no le falta. Adonde no llega la judicatura, llega la literatura.

Los escupitajos de las cucarachas
Andreu Martín
CientoCuarenta

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