Reseña: “Las sombras de Quirke”, de Benjamin Black

Teresa Suárez

Recluido en la mansión de Mal y Rose, entre alucinaciones y desvanecimientos, Quirke ya no es ni sombra de lo que era. Casi vencido por su adicción alcohólica, deambula sin rumbo fijo hasta que la aparición de un cadáver, empeñado en demostrar, a golpe de escalpelo, que las cosas no son lo que parecen, vuelve a captar su atención. La presencia de la psicoanalista austríaca Evelyn Blake, de figura rotunda y unos ojos extraordinarios, “dos grandes remansos de oscuridad”, terminará de engancharlo nuevamente a la vida…

Después de mis viaje por el Norte peninsular (el Baztán y el Montseny) y mi último tour europeo desde Suecia a Londres, con gratificantes escalas en Francia acompañando a Pierre Lemaitre (París siempre es una buena opción, como dice Sabrina), me sentía, lo confieso, algo desencantada con el género y cada vez más convencida de que, como en el resto de la literatura, nada como leer a los clásicos.

Pero es pisar Éire, pese a su climatología (“Por espacio de varios días, la niebla de febrero se había asentado y no daba el menor indicio de que fuese a levantar (…) Los transeúntes, como inválidos, avanzaban a tientas en medio de una oscuridad permanente, pegándose a las fachadas de las casas y a las barandillas y deteniéndose con incertidumbre en las esquinas, para pisar con cautela las aceras en busca del bordillo”), y despejarse todas mis dudas.

Tras nuestro encontronazo inicial por culpa de una Rubia de ojos negros, si algo ha conseguido este jodido irlandés, transmutado en Benjamin cuando toca el festín criminal, es devolverme la confianza en que el segundo apellido de Literatura Negra, si nace de la pluma de John Banville, es Categoría precedida de la otrora aristocrática preposición “de”.

No hace mucho Rodrigo Fresán, escritor y periodista argentino, definió el estilo de la parte oscura de John Banville, la Black, como Proust noir. ¡No podría estar más de acuerdo!

Cuando de la mano de su particular y entrañable Mr. Hyde te trasladas al Dublín de los años cincuenta, la exquisita precisión de las descripciones y su gran capacidad para sacudirte sensorialmente con un lenguaje sencillo, te introduce en un universo proustiano plagado de los sonidos (“Una vez más se hizo el silencio en la habitación. El sonido del tráfico en la calle llegaba hasta ellos. Pasaron un caballo y un carro. Un borracho voceó un fragmento de una canción”), colores (“Los árboles de Ailesbury Road parecían palpitar bajo la luz del sol, grandes copas bulbosas de hojas titilando en la neblina grisácea de la calima”), olores (“Al aproximarse a los muelles les llegó el hedor del río; un poco más adelante sintieron la fragancia densa y empalagosa de la malta que se tostaba en la fábrica de Guinness”) y sabores (“Pinchó lo que quedaba del urogallo. La carne estaba dura y apenas sabía a nada”), de la Irlanda natal de Banville.

A todos los que se acercan a las novelas de Black buscando pasar un buen rato, la sólida presencia de Quirke (tan alejado de los aspavientos y excesos a los que otros policías, investigadores o simples aficionados nos tienen acostumbrados) les asegura entretenimiento, mientras que a los más exigentes les garantiza, por lo maravillosamente bien escritas, esparcimiento de altura.

Quirke, anclado a una infancia infeliz y siempre desconcertado. Quirke, débil pese a su fuerza y empuje. Quirke, perseguido por su pasado, extraviado en su presente, escéptico sobre su futuro. Mal hijo, peor padre, hermano impávido, amante huidizo de los que dejan una huella indeleble, amigo lejano y, por encima de todo y todos, defensor de causas perdidas. Un Don Quijote dublinés en permanente búsqueda de la verdad y la justicia, aun a riesgo de su propia integridad y cordura.

La pericia como forense y una ávida curiosidad como investigador, mucho más que aficionado, logran que con cada autopsia que realiza en el sótano del Hospital de la Sagrada Familia, donde Quirke trabaja, se genere un efecto mariposa que hace temblar (desde los cimientos hasta las capas más altas controladas con mano de hierro por la todopoderosa Iglesia Católica y las élites a las cuales pertenece su propia familia) la rígida sociedad irlandesa.

Aunque les ocurra como a mí y adivinen el final antes de llegar a la última página, Las sombras de Quirke es una novela altamente recomendable porque destila, nunca mejor dicho, ese aroma a clásico (casi tanto como el del whisky y demás licores que permanentemente tientan a mi patólogo favorito) que tanto gusta a los aficionados al género.

Déjense envolver por la niebla dublinesa y disfruten de la lectura…

 

Las sombras de Quirke

Benjamin Black
Trad.: Nuria Barrios
Alfaguara

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