“Los muertos viajan deprisa”, de Nieves Abarca y Vicente Garrido, por Juan Mari Barasorda

Juan Mari Barasorda

No se aborda igual la lectura de la novela de un escritor (o escritora) conocido que una primera novela. En esta pléyade de lanzamientos permanentes de novedades y de escritores publicitados como “la mejor novela negra del año” el escritor inteligente es prudente y selectivo y, como el criminal, vuelve a acariciar el lomo de la nueva obra de quienes ya le han seducido en entregas anteriores, pero lo hace desde una lectura crítica, buscando la evolución del estilo, para que en el momento en que aprecie o deduzca –¡qué menos en un lector de novela policial!- que el escritor se copie a sí mismo quede en el anaquel de la librería esperando que nuevos y voraces lectores sean seducidos por las promesas de exquisitas fajas promocionales.

deprisaCon Nieves Abarca y Vicente Garrido el lector atesora un idilio producto de tres lecturas precedentes que derivaron en sucesivas noches de insomnio. El thriller es un subgénero dentro de la novela policial de receta simple pero de estricta disciplina en su elaboración. Parece sencillo, como el humeante pudding que hacia mi abuela (evito transcribir la receta), pero puede desinflarse a la mitad, y no hay mas tristeza que ese decaimiento que nos impide llegar al clímax –lector por supuesto– y desear iniciar una nueva aventura literaria.

Las lecturas precedentes de Abarca y Garrido (odio las calificaciones como “saga”,”trilogía” o similares) me convencieron en su planteamiento narrativo y en su calidad literaria. Valentina Negro y Javier Sanjuán, inspectora y criminólogo, son personajes creíbles porque sus padres literarios tienen el oficio, los conocimientos criminológicos y la calidad literaria para hacerlos creíbles, y las tramas avanzan de manera sostenida creciendo en su clímax hasta la resolución final. Por ello acometí con expectación la lectura de Los muertos viajan deprisa.

Ya el titulo me condujo inmediatamente a un deja vu de la reseña que redacte para El hombre de la máscara de espejos. La anterior novela de Abarca y Garrido era una novela opresiva que serpenteaba en un mundo de sombras y oscuridad. Entroncaba para este lector con la novela gótica y el giallo italiano de tan magnifica ejecución en algunas de las películas del director Darío Argento. Evoque con su lectura los mundos vampíricos de LeFanu y Bram Stoker y las sombras y la oscuridad de Thomas de Quincey citando una de sus obras que fue ,publicada por Valdemar con una portada inquietante basada en una pintura de Horace Vernet de 1839: “Die Ballade dier Leonore” (“La balada de Leonor“) o “Die Toten reiten schnel” (“Los muertos cabalgan deprisa”).

Ballad-Of-Leonore,-1839

Leonore es un poema macabro escrito en el siglo XVIII por el poeta alemán Gottfried August Bürger (por cierto, una de las citas literarias de Los muertos viajan deprisa). Cuenta la historia de Leonore, la novia a quien su novio desaparecido viene a buscar una noche montándola en su caballo para cabalgar de forma desenfrenada entre bosques hasta llegar a un cementerio donde se muestra como lo que es en realidad, un espectro (“…al fin hemos llegado al sitio, porque la velocidad del muerto no ha aminorado…”). Bram Stoker quedo seducido por este poema y redacto un capítulo entero de Drácula para imaginar una historia de amor y horror al mismo tiempo sostenida sobre esa frase: “Die Toten reiten schnell”. Pero aquel capitulo, una historia de fantasmas a la que se enfrenta Jonathan Harker antes de llegar al castillo del conde Drácula, nunca vio la luz. A juicio del editor era demasiado extenso. A la muerte de Bram Stoker fue su mujer Florence quien recupero aquella historia y El invitado de Drácula fue publicado en 1914 como un relato corto sin mencionar a Harker, y siendo su protagonista innominado un viajero que en una noche de walpurgis encuentra una tumba abandonada con la inscripción: “Die Toten reiten schnell”.

“…me aproximé a la sepultura para ver de quién era y por qué una construcción así se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y leí, sobre la puerta dórica, en alemán:

CONDESA DOLINGEN DE GRATZ

En ESTIRIA buscó y halló la muerte en 1801

Me dirigí hacia la parte de atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas.

“Los muertos viajan de prisa”

La historia no sería nunca leída por los lectores de Drácula, que sin embargo encontrarán la misma frase en boca de uno de los pasajeros de la diligencia que se dirigen al castillo del conde.

Abarca y Garrido recogen esta referencia que da título a la novela: Los muertos viajan deprisa. Se trata de una de las muchas referencias literarias, de los guiños con los que sus autores quieren hacer cómplices a sus lectores para entender el propósito ultimo con él han redactado este thriller singular. Las citas literarias que en cada capítulo se recogen (además de Bram Stoker aparecen Robert Louis Stevenson, Jim Thompsom, Alejandro Dumas, Shakespeare…) no son pistas para un detective-lector, son aderezos para el lector amante de la literatura o de la poesía (las citas de Carlos Zanon son impagables), aquel que lejos de un consumo apresurado de la novela quiera y ame la complicidad literaria y busque en la mente de los autores las causas y procesos que llevan a incluir las citas al inicio de los capítulos. Lo mismo sucede con la banda musical de la novela donde la cita al Cemetary Gates de The Smiths y la voz de Morrisey resuena acusadora señalando al escritor que sustituye su imaginación por el plagio.

morriseyLa velocidad del tren negro que se dirige a la Semana Negra de Gijón no es sino el marco para situar el primero de los asesinatos de la novela. En este caso es más que un guiño al lector, es un homenaje al primero de los festivales literarios sobre género negro puesto en marcha (allá por 1988) por los lectores amantes del género (buen momento para recordar, si se me permite, que el segundo en nacer fue Bruma Negra en Plentzia en 1992). No es en absoluto el tren el protagonista, como lo pudo ser en el Asesinato en el Orient Express, el tren negro es el primero de los escenarios en los que irán desfilando los protagonistas reales de la novela: escritores de novela negra, editores, críticos, blogueros, lectores, coordinadores de clubs de lectura o de festivales negros… y junto a ellos inspectores de policía, detectives privados, periodistas de sucesos y asesinos, algunos ocultos bajo una operación de cirugía y otros por el velado misterio de su identidad oculta. Esta “colmena” de personajes circula por escenarios reconocibles algunos e imaginados –¿deseados por sus autores?– otros, como la semana negra de La Coruña. Se odian, se aman, follan, asesinan, investigan, sospechan,… Cada situación, cada acto de este teatro de novela negra tiene su ambiente: noir, divertido, literario, romántico, policial… Es un viaje literario frenético por el que no solo son los muertos los que viajan deprisa sino todos y cada uno de los personajes del guiñol macabro y literario a la vez. Y con ellos, el lector.

El lector agradece el “dramatis personae” de las primeras paginas. Recuerda aquellas novelas de Agatha Christie o de Ellery Queen en las que las presentaciones de los personajes creaban el clima perfecto para abordar su lectura. En Los muertos viajan deprisa esta presentación es absolutamente necesaria ante el “tour de forcé” al que se han enfrentado –con éxito– Abarca y Garrido para componer una novela negra coral. Incluso se presenta un detective invidente, personaje de novela, heredero de uno de los primeros detectives de la novela policial, Mr. Peters, el detective ciego nacido en 1860 de la pluma de la escritora victoriana Mary Elizabeth Braddon.

Pero además, Los muertos viajan deprisa tiene elementos de aquellas “novelas de sensaciones” (“sensation novels”) que escribía la Braddon o novelistas góticas como Margaret Oliphant. Es una novela que se hunde en las emociones de los personajes. De todos: escritores, policías y asesinos. Las pasiones y emociones de sus personajes son las que justifican sus acciones, las emociones y las debilidades. No son los personajes de un “Cluedo” que debe concluir en un whodunit, al contrario, la madurez literaria de Abarca y Garrido les lleva a componer personajes complejos. La trama criminal, perfectamente elaborada, cubre un juego de pasiones a veces morboso a veces plagado de sentimientos. Sin ser una novela “de amor” es una novela de amores. De amores entre personajes, de amor que se traduce en sexo desenfrenado muchas veces, de amores frustrados en otras. Da igual que sus protagonistas sean los escritores, los policías o los asesinos. Y este juego fluye enlazándose con la investigación criminal porque son esas pasiones y debilidades las que a su vez guían la misma investigación. El paisaje actual de la novela negra en España facilita además que sea realista no solo el juego sentimental o meramente pasional entre quienes lo componen sino también el otro juego de debilidades humanas: la envidia, los celos, la codicia el plagio.

Abarca-Garrido-P_thumb_700

El plagio es en la novela otro elemento perturbador en este mundo –¿mundillo?– literario de pasiones. La amistad y el compañerismo desaparecen y son sustituidos por otros comportamientos también humanos y no menos realistas. Es de alguna manera el lado “vampírico” de esta novela, un homenaje al Bram Stoker que en su Dracula recordaba que “los muertos viajan deprisa”. Pero es un vampirismo literario: el vampirismo del novelista que “bebe” de la sangre literaria de otros escritores para mantener su éxito o para conseguirlo. Y sin embargo se trata a veces de una transfusión literaria consentida… Consentida por amor.

Quien escribe esta reseña no ha querido iniciarla con una sinopsis porque ya la encontrará el lector en la contraportada del libro. Y por la misma razón no quiere hacer ningún spoiler involuntario, pero no puede evitar compartir la apreciación de otro elemento “vampírico”: el “no muerto” que surge de la oscuridad en la que habita para atraer a su mundo de sombras y horror a los vivos. En cualquier caso éste sí es un guiño para quienes aborden la lectura de la novela que espero que sus autores sabrán perdonar. No se trata de transmutar una novela negra en una novela de amor o de terror en absoluto, sino apreciar todos los condimentos que, con acierto, los autores han sabido agregar al pudding para mantener a la vez los ingredientes de una novela negra con la complicidad de los amantes de la literatura y la tensión y realismo de las novelas anteriores. Es cierto que las descripciones macabras de los asesinatos han bajado en intensidad, pero los autores cuentan con la imaginación del lector. Las referencias al ”tenedor de los herejes” o a una “pistola de encolar” son los suficientemente perturbadoras como para mantener las seña de identidad de “la casa”, esa iconografía que me ha llevado a incorporar a las obras de Abarca y Garrido al elenco –reducido– de giallos con calidad literaria que va más allá de la descripción estomagante de los asesinatos –como le sucede a alguno de los protagonistas– para buscar la creación del clima opresivo del mundo del crimen como contraposición a la realidad que vivimos cada día. (Atento nuevamente Dario Argento, que si ha sido el único director capaz de contar la historia soñada por Bram Stoker de la condesa Dolingen de Gratz espero que sea el director que lleve a la pantalla las novelas de Abarca y Garrido).

Y sin embargo está claro que uno de los objetivos de Abarca y Garrido en Los muertos viajan deprisa es demostrar el corto viaje que debe recorrer muchas veces una persona normal para caer en el abismo del crimen. En todo caso, mayor perturbación y náuseas me causa la mera aparición en escena de un personaje como Mendiluce (léanse todas las novelas, por favor, que no puedo ni describir su historia) al que no puedo sino imaginar en un apasionado y húmedo encuentro con la germánica “doncella de hierro” (“Eiserne Jungfrau”)… y Nieves ya sabe a quién me refiero. El resto de los integrantes de la “colmena literaria” que acompañan a Valentina y Javier Sanjuán, los conocidos como Lua Castro o Velasco o Bodegón, el elenco de escritores como Cifuentes, Cabanas, Serrano o Torrijos, la detective Johnson o el inspector Bernabé, crean una novela coral que podría naufragar en manos no experimentadas, pero que este tándem ya reconocido en el panorama de la novela negra sabe hacer crecer y evolucionar en calidad en cada nueva entrega de su fértil imaginación noir. Abarca y Garrido ya no nos trasladan a las sombras y oscuridad de un viejo castillo templario como hacían en El hombre de la máscara de espejos sino a la oscuridad del corazón humano, el mismo corazón que es capaz de amar con la pasión alocada con la que Leonora y su amante espectro cabalgan deprisa hacia el reino de las sombras.

PD. Me permito un guiño con Nieves y Vicente y brindo por sus futuras creaciones en la ósea copa de profunda mirada y cómplice sonrisa hasta que el rebelde Lord vista sus hábitos de abad una vez más y tenga a bien ordenarnos bajo hábitos monacales en la romántica orden de los amantes de los libros, pues yo soy de los que creo que cuanto de él se dijo verdad es.

“Start not—nor deem my spirit fled:

In me behold the only skull

From which, unlike a living head,

Whatever flows is never dull

vlcsnap-6833254

 

Los muertos viajan deprisa

Nieves Abarca y Vicente Garrido
Ediciones B

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Un comentario en ““Los muertos viajan deprisa”, de Nieves Abarca y Vicente Garrido, por Juan Mari Barasorda

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