El escritor de misterio que utilizaba tinta de chocolate. Roald Dahl (1916-1990)

Juan Mari Barasorda

Todos los años se cumplen aniversarios de escritores que guiaron al lector policial en su adolescencia. Algunos años incluso varios aniversarios de escritores que iluminaron con sus relatos de crimen y de misterio las oscuras calles del Londres victoriano, o las simpáticas y llenas de cadáveres a los postres mansiones campestres de la Golden Age, o callejones construidos de olor a alcohol y cigarrillos de los locos y no menos criminales años 20. Cada homenaje leído es un viaje al fondo de la memoria. Un rito que se debe consumar con una nueva lectura de aquella novela, de aquel cuento que tanta huella dejó en mi mente juvenil que comenzaba a guardar en nubes virtuales las historias de Stevenson, Verne o Enid Blyton. Sus huecos los empezaron a ocupar extraordinarias narraciones de un loco fallecido en Baltimore, los mitos de un visionario de las profundidades que me llevaba a imaginar un pueblo habitado por sombras llamado Innsmouth y los cadáveres sembrados en cottages de la campiña inglesa, trenes orientales o expediciones al Nilo perpetrados por una venerable anciana a la que el joven imaginaba en su nocturna duermevela sirviéndole un té humeante con olor a jengibre y atropina.

Nunca me aficioné al té. Por el contrario, la seducción de la literatura policial creció y creció en lecturas y en volúmenes apilados en una con los años inestable biblioteca. Y es cuando el aniversario se cumple cuando algunas noches de insomnio el lector comienza a hurgar entre libros buscando no ya al escritor famoso sino a aquel cuya incursión en el criminal mundo de la literatura policial, siendo ocasional, creó una huella imborrable en aquella memoria que los años, espero más tarde que pronto, acabarán olvidando. Muchas veces, en su búsqueda, el lector encuentra antologías de relatos cortos en los que encontró cuentos e historias tan deliciosos como el pudding que se servía a los postres justo antes de aparecer el cadáver en las novelas de la dama de Devonshire. Y es el momento de la consumación. De la nueva lectura. Y, si la noche es joven y el ánimo lo permite, de servirse un gin-tonic o un buen whisky y disfrutar.

Roald Dahl

Roald Dahl

Roald Dahl (Cardiff, 1916-Oxford, 1990) escribió para las mentes más lúcidas, inventivas, apasionadas, investigadoras y exigentes posibles. No me refiero al lector criminal, lo siento, sino al niño, al joven adolescente capaz de disfrutar de mundos soñados, aventuras y misterios de un escritor del siglo XX en el que parecían habitar aquellos escritores de la era victoriana que alimentaban la imaginación de sus lectores en todas las disciplinas de la literatura. Dickens, Collins, Mary Elizabeth Braddon, Liz Gaskell, Stevenson, Wells, Doyle, Stoker y tantos otros que supieron navegar en mares árticos con la misma facilidad que escribían historias sobrenaturales, macabras o novelas de detectives. Roald Dahl ha sido, sin duda, uno de los más grandes escritores de la literatura infantil y juvenil. James y el melocotón gigante o Charlie y la fábrica de chocolate son dos ejemplos de su genio, y como escritor de guiones cinematográficos nos legó la inolvidable Chity Chity Bang Bang o el de Willy Wonka y su fábrica de chocolate. Historias dulces como el chocolate del que Dahl fue catador para la conocida Cadbury.

En 1942 publicó su primera historia en el Saturday Evening Post, Derribado sobre Libia, un relato basado en el accidente con el Gloster Gladiador que casi le cuesta la vida. Su amigo C. S. Forester, que trabajó para el Servicio de Información británico antes de embarcar a Bogart y Hepburn en La reina de África, le presentó al jefe de espías canadienses William Stephenson –cuyo nombre en clave fue “Intrepid”– y a Ian Fleming. Fleming y Dahl se convirtieron en espías al servicio de su majestad con el “sherlockiano” nombre de “Los Irregulares”. El tercero de los irregulares fue otro espía: Ivar Bryce, el modelo para el James Bond de Fleming.

Ivar Bryce y Ian Fleming

Ivar Bryce y Ian Fleming

De aquella relación entre tres amigos surgió un reto para Dahl. ¿Fue idea del apuesto Bryce o fruto de la imaginación de Fleming? Lo cierto es que alguien sugirió una historia para cometer un crimen delante de los ojos de la policía sin ser descubierto. Roald Dahl se internó en una ensoñación criminal y macabra a la vez. Un remedo bajo el prisma noir de La carta robada de Poe. El crimen invisible o, mejor dicho, el arma invisible como argumento para aquella máxima de las películas de detectives: sin arma no hay caso. Lamb to the Slaughter (Cordero asado) se publicó en 1953 en Harper’s Magazine tras infructuosos intentos de Dahl para publicarlo. Un relato delicioso, delicioso como la pata de cordero que los detectives de la policía que deben investigar el asesinato de un compañero degustaran antes de abandonar la búsqueda del arma con el que se ha cometido un crimen. “Probablemente el arma estará delante de nuestras propias narices”, reconoce uno de los policías mientras él o la criminal ríe entre los reglones del último párrafo del relato. Hitchcock también se enamoró de la simplicidad y malevolencia de este relato y lo grabo en su “Alfred Hitchcock presenta…” y el lector aún recuerda aquella noche en la que, tras la bienvenida –“Buenas noches señoras y señores”– del maestro vio aparecer en la pantalla en blanco y negro la misma historia que tanto le encanto en papel.

Solo por esa historia el lector policial ya debe dedicar un recuerdo al aniversario del nacimiento de Roald Dahl, un escritor que, además, tiene en su currículo tres premios Edgar. Si esta noche tienen ustedes tiempo y no conocen al Dahl maestro del misterio y de lo macabro perdonen el atrevimiento de haber suministrado demasiadas referencias de un cuento excepcional, pero tienen otros para disfrutar: el macabro El hombre del Sur, que alguno recordará en los televisivos Relatos de lo inesperado con un joven Steve McQueen y un impagable Peter Lorre y otros en la reciente Four Rooms de Tarantino, o la celestial La subida al cielo, uno de los relatos policiales mas subyugantes de Dahl, donde una persona aparentemente normal puede convertirse en criminal si las circunstancias y el “tiempo” lo permiten.

Y, por supuesto, y si es de su agrado, una agradable taza de chocolate caliente.

 

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2 comentarios en “El escritor de misterio que utilizaba tinta de chocolate. Roald Dahl (1916-1990)

  1. Es muy de agradecer su contribución al género como bien explicas que conocí antes por las adaptaciones que por las lecturas; pero yo siempre lo recordaré por los efectos del escarabajo vesicante en Mi tío Oswald 😉

    • Hola Jordi!!! Que bueno que me recuerdes al mayor fornicador de la historia!!! Creo que el polvodel escarabajo vesicante seria una estupenda arma criminal !!!! Lo mejor ,la explicacion que nos da Dahl de la diferencia de los efectos segun lo tomen intelectuales o artistas:

      “¿Cuál es la diferencia?

      —Los cerebrales se detienen y piensan. Tratan de averiguar qué diablos está ocurriéndoles y por qué les ocurre. En cambio los artistas no se preocupan de eso y, simplemente, se zambullen directamente en la lujuria.”

      Como siempre gracias por zambullirte en el muro de Calibre38.

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