Televisión: “The Night Of”

Sergio Torrijos Martínez

Lo primero, y vaya por delante, esta no es una serie al uso. En absoluto, es una historia única, a modo de película pero con un desarrollo mucho mayor. En lugar de las dos horas acostumbradas se va a las seis y no es porque se cuente algo muy complejo, sino porque se desea diseccionar una realidad en profundidad.

La serie narra un hecho en concreto: un muchacho de origen pakistaní se va de juerga, a una fiesta, y los problemas se inician nada más salir de casa, el amigo con el que iba a ir se lo piensa mejor y el protagonista, Nasir Khan (interpretado por Riz Ahmed), decide irse sólo pese a que tenga que tomar “prestado” el taxi de su padre.

Luego se pierde por Nueva York y termina subiendo a su coche una muchacha con la que congenia y se convierte en una noche de fiesta, con alcohol, sexo, drogas y concluye con el descubrimiento del asesinato de la muchacha. En ese punto empieza la historia de verdad, en las coincidencias, en la labor policial, en el descubrimiento de él como posible autor del asesinato y como se entra en el engranaje judicial americano.

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Lo que en un primer momento iba a ser una serie sobre un hecho luctuoso en concreto se expande, se universaliza no bien el protagonista entra en el sistema. Ahí es donde los autores, en especial Richard Price, al que todos conocemos, quería llegar. La individualidad queda totalmente suprimida, los lentos engranajes del estado comienzan a moverse, desde la investigación policial hasta la abogacía, mostrándonos así un universo con sus propias reglas y códigos, donde prima el hierro, la desolación y la desgana.

Nasir Khan es encarcelado y el drama se templa, se nos muestra como la perversidad del sistema es más amplia puesto que ya se le considera culpable. La policía investiga pero sólo con el propósito de acusarle. El sistema penitenciario se muestra con toda su crudeza y las imágenes, pasadas con detalle, nos van mostrando cómo la dureza del hormigón y el metal formarán parte de la vida diaria del protagonista. Nasir ejecuta una especie de cambio que le permite sobrevivir en semejante medio, donde las reglas son propias, una especie de micromundo pero cruel y despiadado. Recuerda en ese punto la famosa novela de Edward Bunker No hay bestia tan feroz, donde el paso por semejante institución ejecuta un cambio profundo en todo aquel que la visita porque no es un entorno precisamente humanista, se trata a las personas como bestias y por lo tanto terminarán comportándose como tales.

Junto a él, de modo casi anecdótico, su abogado interpretado por John Turturro, una verdadera delicia, que recrea lo que sería un abodaducho de tres al cuarto, pero que tiene la sabiduría de los juicios perdidos y el conocimiento cabal y central de todo el mecanismo de justicia. Es la otra gran pata donde se asienta el relato. El desprecio hacia el abogado, John Stone, es igual a su propia idiosincracia, un neoyorquino de pro que pese a la extravagancia de todo lo que le rodea, y no es cosa de poco, navega indiferente por aguas procelosas.

La mano de Richard Price sobrevuela por todo el relato, desde las celdas de cualquier comisaría hasta la cárcel de Ricker`s Island. Los policías, sus dramas, los funcionarios y la repetición de trabajos como si fuera una cadena de montaje hace que todo sea mucho más crudo, más inhumano, porque lo que representa la serie es la justicia a los depauperados, los que no se pueden permitir escapar de ese pernicioso sistema.

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A lo largo de los capítulos aparecerán pequeños guiños a los engranajes judiciales como cuando un juez se dirige a un acusado:

“Hombre, señor Hightower, otra vez por aquí” (dicho en tono de contenida alegría de ver a un cliente asiduo).

O las discriminaciones que se hacen sobre un delito u otro dependiendo de su carácter.

Decía que la mano del guionista sobrevuela por todo el relato y más aún en la ambientación general, pues todo se desarrolla en la ciudad de los rascacielos y los personajes que asoman, por cualquier lado del relato, tienen ese poso de verdad que ofrece el autor en sus novelas, pues son extraídos de la realidad e incluso se puede llegar a notar la influencia del más extravagante Charyn, que aporta ese toque pintoresco a la ciudad de los rascacielos, aunque Price le quita el tono canalla y turbio propio del primero.

La serie tiene un visionado preciosista, contando las cosas con su propia cadencia, con esa morosidad que se decanta por el detalle, sin la prisa de un metraje más compacto, se impone un tempo propio, huyendo de lo acostumbrado en la mayoría de las series, que buscan el impacto, la sensación momentánea de algo que cautive al posible espectador.

El reparto está a la altura del guion, es más, por momentos John Turturro parece captar sobre sí todo el protagonismo, como si fuera capaz de sintetizarse con su papel y darle ese toque que va más allá de un trabajo bien realizado.

Al final, después de ocho intensos capítulos, se pueden sacar muchas conclusiones, sobre todo los cambios que se producen en todos los protagonistas, nada hay que no deje huella y el paso por semejante trance no podía ser menos.

No se la pierdan, como serie es de lo mejorcito que se van a encontrar.

 

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