Reseña: “Los fresones rojos”, de Esteban Navarro

fresonesManu López Marañón

En mi anterior reseña para Calibre. 38 Esteban Navarro era referido como ilustre literato agente de la ley. La lectura de la novela que ahora toca reseñar justifica, con creces, que nombrara así a este multipremiado autor nacido en Murcia pero residente en Huesca, quien, además de sus múltiples cometidos, ha organizado las dos primeras ediciones del «Concurso Literario de Relato Corto Policía y Cultura» (¡Ojo! Esta liza va exclusivamente destinada a miembros del Cuerpo Nacional de Policía: quienes se disponían a revolver cajones que busquen, por tanto, mejor ocasión).

A diferencia de otras tramas pergeñadas por agentes de la ley, que optan por pasajes narrativos bien alejados de los de las rutinas que indagan crímenes, en Los fresones rojos se da precisamente esto: un doble crimen sin resolver y su correspondiente investigador, en este caso el policía nacional en excedencia que atiende al nombre de Moisés Guzmán. Es Moisés un funcionario oscense de mediana edad que atiende la Oficina de Atención al Ciudadano (en ella se ocupa, básicamente, de recoger denuncias de todo tipo), pero en un espacio de apenas doce metros cuadrados donde –para colmo– encima ya ni fumar se puede. Por todo ello, no opondrá demasiada resistencia el bueno de Guzmán a la sustanciosa oferta económica que le hace un médico de Zaragoza –Eusebio Mezquita–, oncólogo de especialidad: buscar a la hija de un matrimonio –Albert Bonamusa, él también oncólogo y amigo de Eusebio, y Felisa Paricio– asesinado hace 13 años en la calle Verdi de Barcelona; de seguir con vida, Alexia Bonamusa tendría 16.

Mérito de esta novela, y desde luego no el menor –al estar escrita en tercera persona–, es haber sabido trasladar en todo momento el escéptico desaliento de su principal protagonista a escenarios de la gran ciudad. Observar con sus propios ojos de policía exhausto los lugares y ambientes variopintos por los cuales se desenvuelve en la capital barcelonesa es un logro del autor, también estilístico (hay una querencia suya, que sin embargo no resulta rebuscada, por reflejar ese «medio pelo» que se halla a pocos centímetros de la sordidez). Alejada Los fresones rojos totalmente de una guía turística (algo muy de agradecer y en lo que tantos caen), Esteban Navarro, ofrece una ciudad gris y sin encanto, de desvaídos tonos: es esa Barcelona de pensiones lúgubres como «La Tordera», esa misma Barcelona de restaurantes desangelados que dan menús del día y cuya temible Jefatura Superior de Policía en Vía Layetana, todo un símbolo de la represión franquista (su sola fachada causaba escalofríos a los transeúntes), ha quedado reducida en su actividad de hogaño a algún grupo de investigación, siendo encima resguardada en la puerta por un único agente al que el uniforme queda pequeño; una Barcelona, en suma, poco alentadora, de prostitución miserable y pederastas de biblioteca… Y todo esto para que, un día que a Moisés se le pone el cuerpo de jota y quiere disfrutar del paisaje portuario, aparezca por una esquina un matón que casi lo manda al otro barrio gracias a una puñalada que le propina en la espalda.

El asesinato del matrimonio Bonamusa en 1996 coincidió con el traspaso de competencias entre Policía Nacional y Mossos d’Esquadra y este complicado asunto fue algo que ayudó, por pillarle en medio, a que al doble crimen no se le prestara la atención debida. Además, las ansias de protagonismo de la Guardia Urbana y los últimos coletazos de la Guardia Civil, que se afanaba en no quedar arrinconada, acabaron por completar el desbarajuste. Es esta lamentable –y casi surrealista– descoordinación entre las policías algo que el autor denuncia en sus páginas repetidas veces (y aún más teniendo en cuenta que estamos ante un doble crimen y la desaparición, posiblemente por secuestro, de una menor). A cambio de este sindiós Moisés Guzmán, recuperado del navajazo trapero, entra en contacto –no olvidemos que Los fresones rojos se desarrolla ya en 2009– con dos mossos: José Gimeno (joven e impulsivo) y Juan García (más mayor y antiguo guardia civil), modelos ambos de profesionalidad y empuje, quienes, apoyándose –ahora sí eficazmente– en el policía nacional en excedencia desentrañarán el peligroso caso que concluye con la detención de su culpable.

Una, quizá algo inverosímil, «vacuna de la inmortalidad» que sana todo tipo de cánceres; que los tres detectives contratados anteriormente a Moisés (un militar retirado, un vigilante de seguridad, y un guardia civil en excedencia) fallecieran de forma trágica –y a los 50 días exactos de haberse iniciado sus investigaciones–, así como el carácter mefistofélico y subrepticio del doctor Mezquita dan al curso de la investigación un cariz enigmático, casi esotérico, muy celebrado por los seguidores de Navarro, entre los que –a partir de la lectura de esta gran novela– no dudo en encontrarme.

 

Los fresones rojos
Esteban Navarro
Ediciones B
 

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