Novela: “El último avión a Lisboa”, de Ricardo Bosque

Manu López Marañón

Parafraseando a Goebbels, veo el nombre de Lisboa en la portada de una novela, o en la cartelera de una película, y saco la pistola. La novela más ridícula de nuestra literatura y la peor película (por acartonada y grotesca) estrenada en España durante 2014, tienen a la bellísima capital lusa en sus títulos (hay más casos –incluyendo discos y canciones–, más no quiero convertir esta reseña en un censo de despropósitos). Pero que literalmente temblaba a la hora de iniciar El último avión a Lisboa, obra de Ricardo Bosque (Zaragoza, 1964), es muy cierto.

Quizás por no aparecer Lisboa por ningún lado (la ciudad no pasa de ser un destino aéreo), consigue Bosque una obra perdurable, tanto por las angustiosas peripecias de su kafkiano protagonista, como por una originalidad temática rara vez frecuentada en la narrativa nacional –centrado en el noir, este mismo autor ya sobresalía con aquella alucinante recreación acuática de Zaragoza en Cuestión de galones (LCL, 2011)–; una originalidad, la suya, que puede volverse enseguida en contra del reseñador, quien debe hilar fino para mostrar los argumentos del escritor maño.

En La rosa púrpura del Cairo (Woody Allen, USA, 1985), la triste camarera Cecilia tiene su única distracción en el cine. Una noche el protagonista de su película favorita se fija en ella y sale de la pantalla para conocerla. Bosque recurre también a la magia del cine como principal paliativo a una realidad sórdida y sin salidas. Si en el caso de la película de Allen la Gran Depresión servía de marco ambiental para tanto sinsabor, en El último avión a Lisboa es la posguerra española, en su más dura y siniestra década (la de los años 40) la que toca «vivir» al pluriempleado Antonio, ordenanza de un ministerio por las mañanas y acomodador de cine por las noches.

La vida de Antonio es aterradora. Su mujer, Marina, sólo le dirige la palabra para menospreciarlo. El vecindario es tan deprimente como su casa y en la escalera reina don Ángel, un estraperlista cuco que siempre sabe demasiado. En el ministerio nadie se fija en Antonio: es el perfecto hombre invisible. En el cine, tras terminar la última sesión, barre y limpia la sala bajo la despreciativa mirada del encargado Campos (un falangista importante con contactos fiables en la DGS). A Germán, único hijo del matrimonio, combatiente de la columna Durruti desaparecido hace ya diez años, ambos lo dan por muerto.

Dos acontecimientos cambian de golpe la existencia de Antonio. Pepe, el único conocido que tiene en el ministerio, le informa de cómo ha sabido que German está vivo, y además en Madrid. Durante la proyección, esa semana, de la mítica Casablanca (Michael Curtiz, USA, 1942) Antonio ha descubierto que algo sucede tras la oscurecida pantalla…, y, en un colosal giro de tuerca a La rosa púrpura del Cairo, Bosque hace que en esta ocasión sea el acomodador quien atraviese la pantalla… para encontrarse, al otro lado…, ¡A los personajes de Casablanca!, personajes que resultan ser, durante los descansos y tiempos muertos del rodaje (que casi enteramente tienen lugar en el mismo Rick’s Bar de la película), los actores que les vienen dando vida. Apegados aún a sus atributos ficcionales, estos actores siguen comportándose «casi» como las criaturas a las que acaban de representar…

Tres veces atravesará Antonio la pantalla. Interactuará con Richard Blaine (Rick), pero también con Louis Renault, Ugarte, Sam y hasta con la mismísima Ilsa Lund (Ilsa). La amistad entre Rick y Antonio se afianzará hasta el punto de aceptar éste ser parte decisiva en el nuevo rumbo que pretende tomar la pareja protagonista de Casablanca, rebelada contra los absurdos imperativos del guion. Este pirandeliano vuelco de los acontecimientos supone otra singularidad más. Conectada la historia de Germán con lo que acontece al otro lado de la pantalla de cine, el final de la novela se hace inolvidable.

El comienzo del curso literario ya está aquí y las mesas de novedades de las librerías muestran en primerísima fila a los mismos alumnos aplicados de siempre, con uniformes impolutos y la raya bien marcada en sus repeinados cabellos. Nada nuevo aportan, vienen de escribir el libro de siempre, igual de bueno o igual de malo, pero eso, a los que entran aún a las librerías, también les da lo mismo: «Si están ahí, por algo será», dirán resignados, con los tochos ya en su poder. Otros alumnos, éstos de pantalones rasgados y rodillas desolladas, con pelo revuelto, no suelen aparecer en ninguna mesa, pero son quienes se arriesgan –y en cada nuevo título– a crear siendo distintos. Ricardo Bosque es uno de ellos. Para saltar con una larga pértiga esta previsible rentrée tenemos El último avión a Lisboa. Búsquenlo por ahí, merece la pena.

 

El último avión a Lisboa
Ricardo Bosque
Lclibros

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