Televisión: “Narcos (3ª temporada)”

Teresa Suárez

¡Marica, huevón, “culicagao”!

Insultar en colombiano es una de las primeras cosas que se aprende viendo la serie de Netflix y una de las pocas que te arranca una sonrisa. Sonrisa que, todo hay que decirlo, desaparece rápidamente, porque, cuando de ver Narcos se trata, queda poco lugar para lo que no sea la violencia extrema que esta temporada, al igual que las dos anteriores, no escatima.

Pablo Escobar ha muerto y su lugar (a rey muerto, rey puesto) ha sido ocupado por los autodenominados Caballeros de Cali: Gilberto Rodríguez Orejuela, alias “El Ajedrecista”, el líder; su hermano Miguel, alias “El Señor”, de trato amable y campechano; José Santacruz Londoño, alias “Chepe”, responsable de la gestión internacional de redes de transporte de cocaína; Helmer Herrera Buitrago, alias “Pacho”, gerente del cartel. Tan sanguinarios como su predecesor pero, a diferencia de éste, no se mezclan con el pueblo, se mueven en ambientes de lujo, cultivan las relaciones con las élites (sean políticas, sociales o económicas) y rehúyen el circo mediático.

Aunque estos narcos, recién ascendidos, defienden la clandestinidad como la mejor arma para permanecer, eso no impide que si alguno de sus colegas se atreve a sacar los pies del tiesto, den un sangriento y ejemplar golpe de efecto que después les obligará a emplear toda la “magia” de Houdini para demostrar que nunca estuvieron allí.

Tras unas cortas vacaciones, Javier Peña, agente de la DEA, héroe nacional por ser uno de los policías que dieron caza a Escobar, regresa a Colombia para acabar con el Cartel de Cali… o eso cree él. Si te alías con el diablo para ganar una batalla, acabarás perdiendo la guerra.

Cuando te desenvuelves en medio de una intrincada red de drogas, sobornos, mentiras y crímenes, la frontera entre el bien y el mal se desdibuja, los malos pintan como buenos y los buenos acaban despreciándose a sí mismos por malos. Instalarte en un mundo en el que la vida no vale nada, en contacto permanente con traficantes y asesinos, lo quieras o no, te cambia.

¡No se asiste al espectáculo de la violencia sin pagar un alto precio!

Tras un capitulo inicial marcado por una salvaje escena, esta tercera temporada parece transcurrir por derroteros más tranquilos que las dos anteriores. El espectador se sosiega y, cuando más confiado está, vuelven la persecución, tortura y muerte (señas de identidad de Narcos) a explotar en pantalla.

El reciente asesinato a tiros de un miembro del equipo de la serie (Carlos Muñoz Portal murió, en un paraje rural del Estado de México, mientras buscaba locaciones para el rodaje de la cuarta temporada), tal vez sea una señal de que Narcos (con sus fantásticas interpretaciones, sus muchos premios y tan jodidamente actual) nunca debiera haber sido rodada.

Cuando realidad y ficción se enfrentan, y la primera gana por goleada, es el momento de plantearse si merece la pena seguir.

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