El rincón oscuro. Coctelería noir

Jesús Lens

El pasado fin de semana, la contraportada de Ideal publicaba una entrevista con Javier de las Muelas, uno de los padres de la coctelería en España. Entre otras muchas cosas, el barman sostenía que, a nivel filosófico, beber es una experiencia religiosa. Que no debemos olvidar que los Abades han sido los creadores de la cultura de los licores, para meditar y para sanar, aunque tanto en el beber como en el vivir, hay que ser moderados: “es necesario ser muy inteligente para saber beber”, concluía de las Muelas.

Este fin de semana mudamos nuestro campo de operaciones a Cuenca, para participar en Las Casas Ahorcadas, uno de los festivales negros con más personalidad de España y parte del extranjero, gracias al buen hacer de Sergio Vera, uno de los tipos más comprometidos con la difusión de la literatura que conozco.

A mí me toca hablar de música y de copas. De la música que conforma la banda sonora de algunas de las grandes películas de la historia del cine negro, clásico y contemporáneo. Y del bebercio. De los tragos que nuestros (anti)héroes se meten entre pecho y espalda, un tema en el que me estoy convirtiendo en todo un especialista, que es la segunda vez que lo trato en un festival noir.

Vuelvo a bucear, por tanto, entre los cócteles y las bebidas más habituales en el género negro, especialmente, en el norteamericano. Y es que no sé qué les parece a ustedes, pero la palabra “cóctel”, en nuestro país, no termina de cuajar. Quizá tenga que ver con su origen etimológico, que hace referencia a la cola del gallo. Cock’s tail.

Todo comenzó en el puerto de San Francisco de Campeche, en México, donde se vendían unas bebidas que mezclaban dos o tres tipos de aguardientes con jugos de frutas y a las que los nativos denominaban Cola de Gallo, por su colorido. Los yanquis de vacaciones no tardaron en aficionarse a ellos, traduciendo el término al inglés y haciéndolo suyo. Como tantas otras cosas buenas de la vida…

El caso es que, en España, somos más de combinados que de cócteles. Sobre todo, desde que se ha puesto de moda el refinado gintonic vegetariano, capaz de incorporar toda una ensalada a la mezcla de ginebra, tónica y limón.

Hasta no hace mucho, el Dyc-Cola o el cubata de ron, ya nos valían. Por no hablar de las mágicas propiedades del Carajillo, antes de la salida del sol o como remate de un buen plato de papas a lo pobre y morcilla, después de comer. O el mítico Sol y Sombra, tan taurino y racial él. Y, por supuesto, la gran aportación española a la coctelería internacional: esa Sangría de nombre tan negro y criminal.

Pero a nuestros cócteles, a nuestros combinados, les falta literatura. Adolecen de Relato, en denominación modernuqui. Suenan a indigesta sobremesa de verano y bragueta de abuelo llena de moscas o a sudoroso macho de pelo en pecho. Decididamente, les falta glamour.

Aquí seguimos siendo más de vino o cerveza. Y ahora, un poco de vermú. Así que, para disfrutar del trago largo, debemos recurrir al cine y a la literatura.

Como en otras ocasiones ya hemos hablado del cóctel favorito de James Bond -ya saben, Martini con vodka seco, agitado, no mezclado- del Gimlet de Philip Marlowe, del Cóctel de champán de Casablanca o del Daiquiri de El Padrino, centrémonos en dos combinados concretos: el Old Fashioned y el Ruso Blanco.

En la primera escena del primer capítulo de Mad Men, una serie en la que se bebe por castigo, Don Draper pide un Old Fashioned. Ahora que la serie ha terminado y mirando hacia atrás, la imagen resulta simbólica y predictiva, dado el nombre de un combinado que hace referencia al estilo tradicional, a lo pasado de moda. Y es que Don pide una copa sofisticada -toda una declaración de principios- mientras que, a su alrededor, la juventud se lanza a beber cerveza y fumar marihuana.

¿Y cómo no recordar el mítico Ruso Blanco que El Nota bebe, con auténtica fruición, en una película igualmente mítica, El gran Lebowski? ¡Hasta nueve de ellos, tumba el personaje interpretado por Jeff Bridges!  Y no crean que es baladí, la cuestión: Craig Owens, un prestigioso profesor universitario, ha estudiado el papel del cóctel en la película, concluyendo que la forma en que lo prepara El Nota demuestra ¡que es un tipo de izquierdas y con una masculinidad tirando a castrada!

Y es que el mundo se divide entre dos tipos de bebedores de Ruso Blanco: los “floaters”, que dejan que la crema de leche se quede por encima del licor; y los “homogenizers”, que lo mezclan con dedicación. El crítico señala que El Nota se queda a mitad de camino, lo que demuestra esa forma de ser tan pasota y particular, que lo mismo mezcla las bebidas que se las toma tal y como caen en el vaso.

Y es que, volviendo a Javier de las Muelas, “dime cómo bebes y te diré quién eres”.

@jesus_lens

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