El rincón oscuro. Muerte en el hammam

Jesús Lens

Hace unos días, visitando la exposición que El Legado Andalusí ha dedicado a los baños en al-Ándalus, las comisarias de la muestra me contaban que el hammam era mucho más que un mero espacio higiénico donde bañarse. Que formaba parte activa de la vida de la gente y era lugar de encuentro, charla y conversación donde, por ejemplo, se cerraban importantes negocios y se ultimaban pactos y alianzas.

Inmaculada Cortés y Carmen Pozuelo, buenas conocedoras de mi vena negra y criminal, además de contarme mil y una apasionantes cosas sobre el exotismo y la mixtificación romántica del hammam, me desvelaron la historia criminal del rey taifa al-Mutadid. Porque, efectivamente, “muchos baños fueron escenario de conjuras y asesinatos en diferentes momentos de la historia”, tal y como señala Inmaculada.

Sevilla. Año 1053. Al-Mutadid cita a los reyes de las taifas de Ronda, Morón y Arcos para tratar de negociar una paz que diera tranquilidad al territorio. Cuando los tres reyes llegan a la ciudad, a pesar de ir acompañados de algunos de sus mejores caballeros, son arrestados. Un tiempo después, al-Mutadid libera al rey de Ronda y le deja marchar en paz. Entonces les llega el turno a los monarcas de Morón y Arcos. El soberano de Sevilla les dice que también quedarán libres, por lo que organiza un banquete en su honor y les invita a disfrutar de un buen baño perfumado que les quite el olor del cautiverio.

Los esclavos conducen a los dos reyezuelos al conocido como Baño de los Pergamineros y, una vez dentro, tapian la puerta con cal y ladrillo. Entonces, al-Mutadit ordena al calderero que avive el fuego. El baño se puso tan ardiente que los presos no tardaron en morir, entre asfixiados y escaldados.

Mientras me iba enterando de estos pormenores, impresionado por las historias criminales que se pueden esconder en escenarios tan insospechados como los hammam, recordé la película ‘Promesas del Este’, de David Cronenberg. En 2007, el perturbador cineasta se marcó un noir de muchos quilates, protagonizado por un inquietante Viggo Mortensen. Una de sus secuencias más impactantes transcurría, precisamente, en un baño. Turco, en este caso.

Que los mafiosos, gángsteres y delincuentes se reúnan en saunas y baños de vapor para hablar de sus cosillas tiene todo el sentido del mundo, a nada que lo pensemos. En esos espacios se entra a cuerpo gentil, por lo que nadie puede llevar un micro camuflado entre la ropa. De ahí que, sin necesidad de esos incómodos cacheos que siempre despiertan suspicacias, los baños se conviertan en lugares que permiten conversar abierta y libremente.

La desnudez de Kirill, el personaje interpretado por Mortensen, le confiere a la secuencia del baño de ‘Promesas del Este’ una dureza especial. El cuerpo está completamente expuesto al dolor. Los tajos que le infligen los sicarios enviados para matarle penetran en la carne con una fisicidad extraordinaria. Pocas veces, una lucha cuerpo a cuerpo ha sido mejor descrita en la pantalla, hasta el punto de que, por momentos, el espectador tiene la tentación de apartar la mirada de la pantalla.

Así las cosas, le sigo preguntando a Inmaculada y a Carmen por la historia negra de los hammam, recordando vagamente el asesinato de Yusuf II en la Alhambra, envenenado a través de una prenda que vestiría al salir del baño.

Y me hablan de lo acaecido Córdoba al califa Ibn Hammud, muerto el 22 de marzo de 1018. En plena pugna contra el omeya de Jaén y mientras contrataba a un ejército de mercenarios beréberes para guerrear, fue asesinado por sus esclavos en los Baños del Alcázar califal. Y también se trató de una muerte extremadamente violenta: le arrojaron un cubo de cobre a la cabeza y, a continuación, fue pasado a cuchillo y rematado a puñaladas.

Pocos años después e igualmente en Córdoba, en el año 1024, Abderramán V, conocido como el Breve, murió a los dos meses y medio de mandato, asesinado por su primo, que había alentado una revuelta popular en su contra. La plebe enfurecida asaltó el palacio califal y el monarca trató de escapar a su furia escondiéndose en el depósito de leña de los baños reales, de donde ya salió con los pies por delante.

Excitado y nervioso por todo este aluvión de información, recuerdo que aún tengo pendiente de leer ‘El perfume de bergamota’, de Gastón Morata, sobre la enigmática muerte el citado Yusuf II. Imperdonable.

Y no me quiero olvidar de cierto proyecto, igualmente pendiente, sobre la historia noir de la Alhambra, a cuatro manos con mi querida Blanca Espigares Rooney, que dejará reducido a un juego de niños la famosa Boda Roja de ‘Juego de tronos’. Me relajo, eso sí, pensando en lo mucho que da de sí una visita a una buena exposición, cuando tienes la suerte de contar con las mejores guías posibles. ¡Gracias!

@jesus_lens

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