Novela: «Animales heridos», de Noelia Lorenzo Pino

Ricardo Bosque

Reencontrase con Eider Chaissereau y Jon Ander Macua es como hacerlo con un par de viejos amigos: tan bien nos ha permitido conocerlos Noelia Lorenzo Pino a lo largo de los últimos años que ya es como si fueran de la familia. Todavía más que de la familia, como si hubiéramos compartido con ellos nuestros mejores años de la infancia, los escolares, aquellos en los que se forjan las amistades imperecederas.

Cinco novelas ha protagonizado la pareja y, sin duda, la cosa ha ido de menos a más, consiguiendo conforme avanza la serie tramas más sólidas y redondas, escenarios mejor dibujados y, uno de los puntos fuertes de la autora, diálogos cada vez más creíbles (ya he dicho en alguna ocasión que esta mujer tiene mucho peligro si te toca en el asiento contiguo al tuyo en el autobús o el metro, siempre pendiente de lo que puedas estar hablando con quien sea).

En esta ocasión, el arranque de la novela no puede ser más potente y estremecedor, mostrándonos a un chaval, un adolescente, atado de pies y manos en una habitación oscura y esperando la llegada de sus carceleros para administrarle su diaria dosis de sedantes. Un secuestro, evidentemente, que se resuelve en la sexta página de la novela. Aunque decir resolver es decir mucho, pues ahí es donde precisamente comienza el meollo de la cuestión, en el momento en el que el muchacho se identifica como un tal Elías Gazmuri, desaparecido hace siete años aunque, muy pocas páginas después, el lector sepa antes que la pareja de investigadores, que miente, que no es quien dice ser.

A lo largo de la novela nos encontraremos con dos investigaciones: la oficial, de la mano de Eider y Jon Ander, tratando de averiguar la identidad de los secuestradores y cerrar el caso con su detención; y la que se le plantea al lector, el aspecto más psicológico de la historia, ese que nos debe hacer reflexionar sobre los motivos que un chico de dieciséis o diecisiete años puede tener para hacerse pasar por otro y tratar de integrarse en su vieja-nueva familia, la formada por su hermana y la pareja de esta.

Prueba de lo a gusto que se encuentra la autora con sus personajes principales es que en Animales heridos prácticamente toda la investigación se centra en ellos dos, prescindiendo casi por completo de su equipo habitual, que puede llegar a pasar bastante desapercibido a lo largo de las más de trescientas páginas de la novela, que desembocan en un final poderoso demostrando de parte de quién han estado siempre los dos policías y saltándose como ya es marca de la casa los protocolos policiales para alcanzar su objetivo, en esta ocasión excediendo cualquier límite legal o procedimental imaginable.

Solo hay un párrafo en la novela que no me convence en absoluto, pero está ya en el apartado de agradecimientos. Dice la autora: “ Ay, la quinta de Eider y Jon, ¡quién me lo iba a decir! No sé si esta novela significa el fin de la saga. El tiempo lo dirá. Lo único que sé es que ha sido una gozada meterme en la piel de ambos y que los voy a echar mucho de menos”.

¿Cómo? ¿Jubilarlos a los cuarenta y cincuenta años respectivamente? ¿Pero es que esta mujer no ve las noticias, no escucha a los ministros y no se entera de que los baby boomers, como los autónomos (ahora conocidos como emprendedores) no nos retiramos en la vida?

Hombre, por dios…

Animales heridos
Noelia Lorenzo Pino
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