Novela: «Una reseña en busca de autor», por Teresa Suárez

Teresa Suárez

Un escritor me ha propuesto ejercer de eso que se conoce como lectora cero. A cambio yo, encantada de ser un cero, mientras no sea a la izquierda, en agradecimiento por dejarme formar parte de su labor creativa, he escrito esta reseña de su novela nonata (existe, está escrita y terminada, pero aún no ha sido publicada).

Aunque el planteamiento, nudo, y no digamos el desenlace, presentan signos evidentes de violencia, que les pueden dar una pista, hasta que sea bautizada por la editorial avispada que la publique, podría atribuir la autoría de esta obra a Fulano, Mengano o Zutano, variantes españolas más conocidas, pero dado que este escritor está muy viajado, y habla perfectamente inglés, prefiero referirme a él como John Doe, nombre ficticio y genérico usado en Norteamérica para referirse a alguien anónimo del cual no se sabe la identidad.

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Conocedora, pues, de la obra de este John Doe (además de un relato corto, he leído y reseñado alguna de sus novelas), tras una lectura crítica (créanme, muy crítica) del manuscrito en cuestión, puedo confirmar que todo apunta a un mismo resultado: estamos ante una buena novela. Una muy buena novela.

Como dicen los CSI, las pruebas, no mienten.

La apuesta es segura: TODO AL NEGRO.

Con el narcotráfico como estrella central, y los protagonistas, más algún que otro cuerpo menor, girando a su alrededor, esta obra es un sistema solar en perfecto funcionamiento y armonía.

Para abrir boca, un angustioso primer capítulo (Nico), muy hecho («Voy a quemaros vivos. Voy a quemaros vivos. Voy a quemaros vivos»), que transcurre en Nazaret, no en la ciudad israelita donde el arcángel Gabriel anunció a María que iba a tener un hijo, no, sino en el barrio del mismo nombre de una gran urbe española, con «sus huertas abandonadas, los solares yermos y las chabolas olvidadas». Uno de los más pobres de la ciudad.

«La ampliación del puerto (…) por el sur convirtió a Nazaret en un punto estratégico para la entrada de la droga que llega en contenedores. (…) El puerto cegó la salida del barrio al mar, que perdió su playa y quedó aislado, comunicado con la ciudad tan solo por el puente de Astilleros y la salida a la autovía. Poco a poco dejó de ser un lugar idílico entre la playa y la huerta para caer, por cortesía de la desidia política y administrativa, en un olvido que trajo degradación y delincuencia ahondando en la pobreza de sus gentes. Los pocos vecinos que resisten lo hacen con orgullo de barrio, luchando contra viento y marea por salvar la dignidad de un lugar que merece mejor suerte». Degradación urbana selectiva, deterioro del medio ambiente, contaminación, residuos, ruidos, explotación urbanística, concentración de delitos en áreas industriales, patrones de distribución de la población en función de intereses económicos… Cortesía del señor Doe, la geografía humana, económica y de la población, le llega al lector sin necesidad de pesadas descripciones ni aburridas explicaciones de conceptos teóricos.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, este escritor bizarro arremete contra el funcionamiento de las instituciones públicas, con especial dedicatoria para la Administración Local (con la cual, creo recordar, mantiene una especial vinculación), y la corrupción política.

En el capítulo 3 (El gimnasio), nuestro John Doe regala al lector una clase magistral de boxeo, deporte que, entre otros muchos, también práctica este hombre del Renacimiento.

¡Y que personajes tan bien perfilados, oigan! Sus nombres, sus apodos, su esencia, rápidamente calan en la memoria. ¿No me creen? Pues como muestra un botón:

«Canijo (mi favorito) es un caso. Enclenque, delgado como una enfermedad y sonado como unas maracas (…) Ayuda en el gimnasio, seca el cuadrilátero, pasa el mocho y hace recados mientras sueña con ser boxeador. Le faltan un par de dientes que ni recuerda cómo perdió». Un eslabón débil que gana protagonismo con cada revés que recibe de la vida. ¡Y recibe unos cuantos!

El tío Miguel «cala un sombrero oscuro de rejilla. Es difícil calcular su edad. Podría tener lo mismo cincuenta que setenta (…) Sus zapatos están llenos de polvo, pero lleva anillos y un reloj que reluce como solo el oro bueno lo hace (…) Su voz es como el frenazo de un coche sobre la tierra».

A Marta «sus compañeras la siguen llamando La Modelo, pero ahora no queda nada de aquella belleza extraña, sus labios agrietados hace mucho que no susurran promesas y sus ojos oscuros y hundidos son un espejo turbio en el que ya nadie quiere mirarse. O casi nadie».

El Ñapas «es ese tío capaz de estrangular a un cachorrillo con sus propias manos (…) Su historial es un rosario de palizas, peleas, robos y detenciones (…) Alguien que no conoce el miedo (…) Tiene tantos tatuajes como cicatrices, recuerdos de una infancia de malos tratos, abandono y drogadicción. Es lo más parecido a un perro de pelea, entrenado desde niño a morder para no ser mordido, moldeado con el barro hecho del desprecio y el miedo».

¿Suficiente? Pues no están solos, hay más.

Alguno creyéndose más listo que la media, otros soñando con cambiar de vida y todos con la desconfianza en bandolera.

Capítulos cuyos títulos anuncian, informan, avisan, de lo que se le viene encima al lector.

Y el sueño de todo escritor: el ritmo. Un ritmo que nunca decae. Sube y vuelve a bajar, pero siempre se mantiene. Ritmo, ritmo, ritmo. Algo de lo que también sabe mucho el señor Doe, no en vano anduvo metido en el mundo de la música durante bastante tiempo.

Ya sea en forma de programas de entretenimiento (First Dates), series de televisión (The Wire), cine (Kill Bill, Pretty Woman, y, quizás, la Estela de Un tranvía llamado deseo), esta novela cuenta con diferentes guiños a la cultura pop o cultura a secas. Baste recordar las referencias a pintores universales, como Goya, o el homenaje a una maravillosa, y desconocida para mí hasta ahora, poetisa cubana de nombre Georgina Herrera:

Autorretrato

Figura solitaria transitando
un camino inacabable
Sobre los hombros lleva
su mundo:
trinos,
sueños,
cocuyos
y tristezas.

Mañana última

Y así empezó mi asunto con la muerte.
Seguro que hubo amor,
pero escaseaba el tiempo de mostrarlo
y hacer que lo entendiera.
Y, a partir de ese día
todo fue ya inútil. Se hizo tarde
para sentarnos a hablar y conocernos
cuando yo fuese mayor y ella más vieja.

La pobreza ancestral

Soy
la sobreviviente,
la que está aquí,
la fuerte.
Solitaria.

Esta novela demuestra que, por jodida que sea tu vida, para la ternura siempre hay tiempo (Canijo y Marta, escena del café y el tabaco; Marcela y el rumano, en su miserable vivienda, con su ropa prestada y su vida robada).

También para renegar del amor («Por eso odia enamorarse, siempre lo ha odiado, desde que era tan solo una adolescente. No le gusta ceder el control, bajar las defensas y perder la objetividad»).

Pullas de humor aquí y allá sin presionar al lector para que sonría («mientras atiende al desmoronamiento de la civilización occidental por cortesía del noticiario matutino de Antena Tres»).

Capítulos muy emotivos, como el 98 (Un regalo sin abrir), y otros, como el 94 (Una brizna de hierba), tremendamente impactantes.

Escrita como un guion, la novela se lee rápido, se visualiza perfectamente, te atrapa. Te traslada a cada uno de los lugares en los que transcurre sin aparente esfuerzo por parte del escritor. En suma, te llega.

Y de fondo una ciudad («avenidas de gigantes, calles desnudas, sin luz») en la que todo puede pasar…

Espero haber sido capaz de despertar su interés por leer esta novela nonata. Como ya he dicho, una buena novela, una muy buena novela.

Para finalizar la pregunta del millón: ¿saben ya quién es mi John Doe?

Si lo han adivinado, y les apetece jugar, envíen un mensaje privado al tuiter de Calibre 38 con la repuesta. Las dos primeras personas que lo acierten recibirán, cuando se publique, un ejemplar de la novela firmado por el autor.

¿Qué, se animan?

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