H. H. Holmes y el Castillo de los Horrores. “El diablo en la ciudad blanca”, de Erik Larson

Juan Mari Barasorda

El 12 de abril de 1896, H. H. Holmes confesó más de doscientos asesinatos en el Philadelphia Inquirier, el mismo periódico que acababa de publicar El caso Holmes-Pitezel, una historia de detectives real, escrito por el detective Frank Geyer. El 8 de mayo fue ahorcado. Tardó más de quince minutos en morir.

H. H. Holmes se llamó en realidad Hermann Webster Mudgett y fue también conocido como Dr. Holmes. Graduado en medicina, llegó a Chicago en 1887, seis años antes de la Exposición Universal de 1893. Empezó a trabajar en la farmacia de la viuda Holden y fue entonces cuando inició su carrera para convertirse en el primer asesino en serie de la historia de los EEUU. La viuda desapareció y Mudgett/Holmes heredó el negocio y trazó un plan.

Pensando en esa Exposición Universal y en la gente que atraería a Chicago (hubo casi treinta millones de visitantes), empezó a construir un hotel en un solar enfrente de aquella farmacia. Era 1890. Contrataba y despedía a los obreros cada poco tiempo para que nadie supiera lo que estaba construyendo. Tenía la forma de un castillo, pero era una auténtica casa de los horrores. Tres plantas y un sótano. Más de 60 habitaciones. Pasadizos secretos. Escaleras ocultas. Trampillas. Mirillas ocultas tras las paredes. Cañerías conectadas al sótano que podían transportar gases. Sopletes que incineraban habitaciones recubiertas de metal. Rampas ocultas por las que arrojar cuerpos que bajaban hasta un sótano convertido en quirófano y decorado con piscinas metálicas llenas de cal viva y ácido sulfúrico y una mesa de disecciones, instrumentos quirúrgicos siempre recubiertos de sangre, un potro de tortura medieval y un gran horno crematorio. Si en la Exposición Universal se construyó un impresionante parque de atracciones, Holmes había construido El Castillo del Terror.

En 1894, la policía de Chicago tenía más de 200 desapariciones sin resolver. La mayoría, de mujeres que estaban de paso, buscando marido o trabajo. Muchas de ellas habían conocido al farmacéutico. Más tarde, la policía reconoció que, en la mayoría de los casos, las pistas se perdían tras una estancia en aquel hotel que parecía un castillo. Jóvenes taquígrafas independizadas de su familia, prometidas, mujeres que se casaron con Holmes, visitantes de paso, los novios de las desaparecidas (el asesinato de R. Phelps en su potro de tortura, estirado hasta la muerte, fue descrito por Holmes con todos los detalles)… Todos murieron a manos de aquel asesino.

En julio de 1894, la policía detuvo a Holmes por una estafa. Solo pasó unos días en la cárcel. Allí urdió otra estafa con otro recluso, M. Hedgepeth. Benjamín Pitezel era el otro compinche. Se trataba de cobrar un seguro fingiendo la muerte de Pitezel. Pero la muerte de Pitezel fue real. Holmes cobró el seguro y se olvidó de Hedgepeth. Este lo denunció a la policía y esta a su vez a la compañía de seguros. La compañía de seguros contrató a la Agencia de Detectives Pinkerton, y el detective Frank Geyer comenzó a investigar.

Fue una investigación exhaustiva, persiguiendo por varios estados a un fantasma que llevaba consigo a los hijos de Pitezel. Ocho meses de persecución a través de seis estados y de Cánada. Los cadáveres de las hijas pequeñas de Pitezel los descubrió en Toronto, y en la estufa de una cocina en Indiana encontró los huesos del pequeño Howard.

Había caso contra Holmes, pero Geyer había empezado a comprender la mente asesina de Holmes y buscaba algo más. Al final llego a Chicago y, acompañado por la policía, entró en aquel hotel abandonado. Pasillos, puertas, habitaciones secretas. Cada paso que daba le sumía más y más en el horror. En el apartamento del primer piso en el que residía Holmes debía estar la solución. Allí, bajo la alfombra del baño, había una trampilla que comunicaba con el sótano. Huesos, ropa ensangrentada, una bola de pelo realizada con decenas de cabelleras de mujeres y una habitación cubierta por paredes de metal que explotó en llamas cuando un bombero encendió una cerilla y en la que no pudo descubrirse qué ocultaba.

El castillo de Holmes se derrumbó un mes más tarde entre explosiones. Si había un cómplice de Holmes que había querido borrar sus huellas nunca se descubrió. El juicio de H. H. Holmes duró seis días. Antes de ser condenado sentenció: “Nací con el diablo en mi interior. Estaba al pie de mi cama cuando llegué al mundo y me ha acompañado hasta ahora”.

El diablo en la ciudad blanca fue una novela escrita por Erik Larson en el año 2003. En 2004 gano el Edgar a la mejor novela policial basada en hechos reales. La novela está fantásticamente documentada, pero más que una novela de detectives es una novela histórica en la que el arquitecto D. H. Burnham -director de los trabajos de la Exposición Universal de Chicago- comparte protagonismo con H. H. Holmes. Incluso aparece Búfalo Bill. Pero a la vez es una novela muy bien tejida que permite seguir la investigación de Geyer, y es una novela negra como toda buena novela detectives, como negro era un Chicago que se vistió de blanco para la Exposición Universal, un Chicago de calles oscuras que en 1892 tenía una media de 4 homicidios al día, como negros eran los pasadizos del castillo de los horrores… Como negra era el alma de H. H. Holmes.

La novela la editó Lumen, pero esta descatalogada, aunque sin duda volverá a ser reeditada con el próximo estreno de la película en la que Leonardo Di Caprio interpreta a H. H. Holmes.

H. H. Holmes fue el seudónimo utilizado por Anthony Boucher (1911-1968) para escribir sus novelas policiales. De ellas, El Siete del Calvario (1937) es una de las mejores novelas de “crimen en habitación cerrada”. Publicada con el número 136 de la mítica colección de El Séptimo Circulo, es una de las mayores recomendaciones que puedo sugerir para una tarde detectivesca en rastros o librerías de viejo para cualquier lector policial.

3 comentarios en “H. H. Holmes y el Castillo de los Horrores. “El diablo en la ciudad blanca”, de Erik Larson

  1. Espeluznante historia ! y que magnifico post ! esperaré a que estrenen la película para la presumible reedición de la novela (aunque ya sabemos con que portada) y mientras me contentaré con buscar El siete del calvario.
    Gracias por referenciarlo !

  2. Pingback: Monstruos y oscuridad. Reseñando “El hombre de la máscara de espejos”, de Nieves Abarca y Vicente Garrido, por Juan Mari Barasorda | Revista Calibre .38

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