Un criminal-detective y su libro de memorias: Eugène-François Vidocq. El nacimiento de la novela policial (y II)

Juan Mari Barasorda

Jorge Luis Borges dedicó en 1942 dos envenenados artículos en las páginas del diario argentino El Sur a polemizar con Roger Caillois sobre el origen de la novela policial. Borges defendía que solo desde la perspectiva de la creación literaria se entiende el nacimiento del género policial. Poe crea el genero del relato policial con Los asesinatos de la calle Morgue (1841) y es el brillante inventor de un tipo de cuento no escrito hasta entonces: “el crimen enigmático y a primera vista insoluble y el investigador que lo descifra por medio de la imaginación y de la lógica”, en palabras de Borges, siendo La carta robada el paradigma para Borges de esta creación literaria. POE establece las reglas del genero (el enunciado del problema, la primacía del cómo sobre el quién, la maravilla de la solución…) que luego apuntalará Chesterton, para Borges el mejor heredero de Poe. A partir de POE, el cuento policial se constituye en genero y la literatura anglosajona representada por Charles Dickens con un primer esbozo (Casa desolada, 1853) y, sobre todo, Wilkie Collins (La piedra lunar, 1868) crea la novela policial. Como dice Borges : “El asesinato es una especialidad de las letras británicas” (ver “De un asesinato, tres detectives y dos escritores…).

Roger Caillois había escrito Le roman policier un año antes de que el francófobo Borges tirara a matar en defensa de Poe y de toda la literatura anglosajona policial. Caillois defendía su origen sociológico en el s. XIX en Francia. La sociedad demandó un nuevo genero literario al odiar a la policía, es decir, cuando nace en Francia la policía secreta. Para Caillois (como para André Gide) el creador de la novela policial es Emile Gaboriau con L’affaire Lerouge (1865), porque es quien primero se da cuenta de que el odio a la policía secreta podía llevar al lector a identificarse con el “investigador” aficionado/inteligente. En L’affaire Lerouge es el aficionado Tabaret quien pone en evidencia al inspector Grevol y quien instruye a un joven investigador, Lecocq, en su método, para que así los lectores puedan aceptar a un policía como futuro protagonista de sus novelas -aún deberán pasar 64 años en la literatura policial francófona para que el belga S. A. Steeman, quien mejor ha retratado la niebla de Londres en El asesino vive en el 21 convierta en protagonista a otro policía, el comisario Wenceslas Vorobeïtchik-. Lecocq, el discípulo de Tabaret y aprendiz del método deductivo que se convertirá en el inspector de policía respetado y más tarde detective privado, es el reflejo literario de un detective que Gaboriau conocía bien gracias a la lectura de sus Memorias publicadas en 1828 :Eugène-François Vidocq (1775-1857).

Pero, como pasa en una novela policial, nada es tan claro y sencillo como parece. Hay que seguir una investigación y llegar a la solución final. Una solución en la que tal vez todos sean culpables.

Fouche fue calificado por Stefan Zweig en una excelente biografía como “el genio tenebroso”. Fouche, el eterno conspirador, fue nombrado por Napoleón ministro de la policía en 1799. A Fouche se le adjudica el título de creador de la policía moderna, una policía para defender al Estado y el orden publico, una policía basada en el espionaje y en los agentes infiltrados –agents provocateurs- más que en la investigación. Es el germen del odio hacia la policía a que se refería Caillois. Pero mientras Fouche diseñaba la nueva policía, otra institución, la Gendarmería Nacional, creada en 1791, se dedicaba a detener a ladrones y criminales. En 1809, Jean Henry está al frente de la nueva División Criminal de la Gendarmerie. Monsieur Henry era endiabladamente inteligente y había alcanzado el cargo tras su éxito al resolver un caso donde los agents provocateurs de Fouche habían fracasado: el primer atentado con coche bomba de la historia. El 24 de diciembre de 1800 un coche bomba había estallado apenas un minuto antes del paso del carruaje del cónsul Bonaparte. Fouche necesita resolver el caso y pone en marcha a su horda de agentes sin obtener resultados. Mientras, el prefecto de la Gendarmerie en París tiene a su mejor hombre dedicado al caso. Monsieur Henry, el maestro de la deducción, quien investiga en el lugar del crimen, se fija en las herraduras nuevas del caballo utilizado en el atentado, interroga a los herreros de París y descubre a los integrantes del complot. Ha nacido la investigación criminal.

Eugène-François Vidocq

Es en 1811 cuando Henry, ya convertido en Jefe del departamento Criminal de la policía de París, recibe en su despacho a un ladrón tan inteligente como él, el criminal mas escurridizo de Francia: se trata de Eugène-François Vidocq. No es la primera vez que Vidocq -contrabandista, ladrón, soldado de fortuna, corsario- intenta la redención cansado de una vida aún corta pero repleta de detenciones, robos, evasiones, duelos. Una vida a la que no se aventura otro futuro que la prisión o el cadalso. En la cárcel de Lyon ofrece al prefecto de policía un trato: se evadirá de la cárcel y volverá a prisión al día siguiente con el compromiso de un salvoconducto y su conversión en informante de la policía. Vidocq cumple su promesa, pero el prefecto de Lyon cree que sus “habilidades” tendrán mejor acogida en la capital. Allí dirige Vidocq sus pasos y es a monsieur Henry al que reitera la propuesta convirtiéndose en informante dentro de la prisión. Pero Vidocq quiere otra vida y le propone a Henry crear una “brigada de seguridad” liderada por él mismo. Henry conoce las hazañas de Vidocq pero no consigue el apoyo de Fouche, aunque sí el del propio Napoleón, que ha conocido la “habilidad” de Vidocq en una misión “privada” (recuperar un collar de esmeraldas propiedad de Josefina y “extrañamente desaparecido”). En octubre de 1812, Napoleon firma el decreto creando la Brigada de la Sûreté.

En 1817 la Sûreté ya cuenta con doce hombres, la mayoría exconvictos, todos escogidos por Vidocq. Es el gang Vidocq. Sus resultados son espectaculares: solo en ese año resuelven quince asesinatos y más de trescientos robos. No hay que olvidar que París era el centro de Europa. Miles de parados, candidatos a integrar el mundo del crimen en todas sus variedades. Malhechores que sabían que los policías de distrito eran celosos perseguidores del delito pero solo hasta el limite del distrito, por lo que bastaba cruzar un puente sobre el Sena para escapar de la policía. Vidocq y sus hombres visten de paisano y no conocen de distritos.

Vidocq visita las cárceles para recordar las caras de los convictos iniciando así la fisonomía aplicada a la criminología a través del archivo de descripciones antropométricas. En los años siguientes aplica la balística para resolver nuevos crímenes, analiza las manchas de sangre, utiliza moldes de huellas de calzado en la escena del crimen e incluso pone en marcha los primeros métodos de investigación de huellas digitales. Pero a la vez recorre los bajos fondos con diferentes disfraces para infiltrarse entre los criminales. Vidocq y su gang son los auténticos amos de los bajos fondos mientras la policía de distrito aumenta su desconfianza y sus criticas hacia aquella extraña unidad de exconvictos. En 1827 ya son 28 los miembros de la División. Vidocq deja el cargo y de paso pone al mando a su mano derecha “Coco” Lacour. Vidocq publica sus memorias en 1828. Vuelve al mando de la Sûreté en 1832 y es acusado de preparar desde la sombra un robo. Dimite. En 1833 crea Le bureau des renseignments, la primera agencia privada de detectives del mundo. Vidocq es el primer detective de la historia. Con él trabaja su gang de exconvictos. Su fama y su poder aumentan a la vez que crece su enfrentamiento -otra vez- con la policía. Sus memorias son ya famosas en toda Francia y el criminal–detective se convierte en un mito.

En junio de 1845, Londres se ve revolucionada por una exposición singular: “ Vidocq: jefe de la Sûreté”. Esposas, pistolas, réplicas de los disfraces del genio… y, sobre todo, la presencia de un Vidocq exultante -“Yo soy Vidocq”- contando sus andanzas y promocionando sus memorias. La exposición es un éxito, y es entonces cuando un escritor llamado Dickens conoce a Vidocq. Desde este momento las memorias de Vidocq pasan a ser un bestseller en toda Europa.

Criminal, policia, detective y escritor -¿policial?- de libros que relatan robos, crímenes, investigaciones y deducciones infalibles. Pasa a ser un modelo para escritores. Balzac, su amigo de correrías y banquetes, crea su Vautrin (el personaje de Papa Goriot) en honor a Vidocq (apodado por cierto Vautrin -“jabalí”- por los miembros de su banda). Victor Hugo hace lo mismo con los personajes Jean Valjean y su perseguidor, el inspector Javert de Los Miserables. Y Dumas con el inspector Jackal en Los mohicanos de Paris. E. A. Poe también lee a Vidocq y su Dupin lo cita en Los asesinatos de la calle Morgue y G. K. Chesterton crea un personaje inolvidable: el inspector Flambeau, primero delincuente (que intenta engañar al padre Brown en La cruz azul) y después detective.

Puede que Caillois no estuviera en lo cierto… pero tampoco errado del todo. Vidocq -su vida, sus aventuras- influyó en la literatura anglosajona igual que en la francesa y fue referencia en la creación de la novela policial. El chevalier C. Auguste Dupin de Poe o el Lecocq de Gaboriau tienen en él su modelo e incluso la primera novela policial hispana (La huella del crimen, Argentina, 1877) tiene en Andres L’Archiduc, el comisario de la policia francesa creado por Luis V. Varela -con el seudonimo de Raul Waleis- a su primer detective, heredero también de Vidocq, paseando por el mismo Bois de Bolougne como antes lo hicieron Dupin o Lecocq. Claro que tampoco hay que olvidar que Gaboriau reconocía su pasión por la lectura de los relatos de Poe que había traducido al francés Baudelarie… Y entonces es cuando Borges gana el duelo.

Esta simbiosis entre criminal, detective y escritor es subyugante, como lo puede ser la vida de Poe y Conan Doyle (ver el nº 12 de la Revista Calibre 38 en pdf). La nueva edición de Mis memoriasde Vidocq (editorial Los libros del silencio, 2012) no debe ser leída como una novela policial. No es el Vidocq escritor el que seduce (más aún cuando fueron sucesivos negros quienes dieron forma a sus memorias), y no puede seducir porque estas Memorias son una sucesión muchas veces inconexa y atropellada de aventuras y casos resueltos, de loas al genio y de crudeza innecesaria en las descripciones. Pero estas Memorias son la historia de una de las personalidades mas fascinantes del s. XIX y a la postre un icono de referencia cuando hablamos del origen mismo de la novela policial. Es la historia de una época y de un tipo de personaje -el detective- a partir del cual surgieron muchos más, reales y de ficción, y esa será razón suficiente para que mas de un lector policial se siente en el sofá y se deje llevar -como en otras épocas lo hicieron Gaboriau , Poe , Dickens o Conan Doyle- por el torrente de aventuras de Vidocq, el primer detective.

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