“Entre trago y trago”, de Julián Ibáñez, por Sergio Torrijos Martínez

Sergio Torrijos Martínez

Lo primero que hay que decir es que es una buena novela, una de las que más me han gustado de este escritor. Dura, aguerrida y bestia.

Julián Ibáñez utiliza una técnica depurada, se asemeja a guardar un fardo en una caja pequeña: al principio no entra, empujas, estrujas y pasas por fin a dar patadas. Patada tras patada el fardo entra en su sitio. No existen concesiones, ni una mirada cristalina, limpia, a la realidad que nos rodea. El mundo que describe es bizarro, cruel, poderoso y un tanto cutre, pero el escritor se desenvuelve en él como pez en el agua.

La acción la traslada a territorio conocido, Talavera de la Reina, un lugar especial en todos los sentidos y que nos sitúa en una de esas ciudades que lo son por poco y que algunos considerarían pueblo grande, pero tiene sus polígonos, sus bares, sus bares de copas y sus clubes de alterne. En uno de ellos trabaja el protagonista, Maza, un tipo peculiar, conocedor de su entorno y que vive en la fina línea que marca la legalidad de varios años a la sombra.

Es un club de carretera, pero no de los caros. Es lugar cutre, de carretera regional o de lugar venido a menos, muy a menos. Recuerda algunas otras novelas del mismo autor situadas en la Mancha, aunque se respira el mismo aire cálido, el calor abrasador del verano, el polvo de los caminos, la sombra del abandono y del deterioro y ese tufillo a humanidad tan propio de los polígonos industriales.

El lenguaje empleado casa perfectamente con los personajes que circulan por la novela, duros, curtidos e incluso cortantes. Los retratos que realiza Ibáñez, en tres pinceladas, nos muestran un rostro o una cara que podría exportarse con el sello made in Spain. Los hombres de la porra, guardias civiles, son antológicos, tan peligrosos o más que los delincuentes o incluso ellos aún más delincuentes. Sumémosle timbas ilegales, donde se juega al giley o a juegos similares y que nos demuestra que no es necesario jugar al poker en una partida para ser moderno, el viejo giley o la siete y media pueden dar tanto juego o más que el Texas holdem.

El recorrido o el paisaje parece limitado, pero Ibáñez lo amplía, no precisa solo de una ciudad de tamaño medio como Talavera, usa la comarca e incluso la amplía, le da igual desarrollar una acción en un pueblo a sesenta kilómetros que a quince. Los personajes se trasladan sin cesar, se mueven tanto como en una gran ciudad con la salvedad de que se hace en un entorno, digamos, más rural. Esa es una de las mejores facetas de la novela, el traslado de una acción negra a un lugar diferente, más inhóspito y despiadado, y que lo hace mucho más inconfundible.

Una novela sumamente recomendable, entretenida, se lee casi de un tirón. Quien se acerque a ella que se olvide de blanduras, de policías que dialogan o tratan con cortesía a sus investigados, que se desentienda de labores negras como las que ahora llegan a nuestras librerías, que no haga caso a cantos de sirena que le dirán que la novela negra no es eso porque no es así. La novela negra, nacional, comenzó con esto y a veces olvidamos con demasiada facilidad esos comienzos. Es una novela fuerte, poderosa, no hace amigos y por lo que parece muchos enemigos, asustará, espantará e incluso nos hará mostrar un gesto contrariado, pero es tan real como la vida misma, como esos clubes de carretera o como las mujeres que trabajan tras sus barras.

 
 
Entre trago y trago
Julián Ibáñez
Alrevès

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