“La puerta de bronce”, de Raymond Chandler, por José Luis Muñoz

la puerta de bronceJosé Luis Muñoz

A Raymond Chandler, uno de los epígonos de la novela negra norteamericana, pareja de hecho de Dasshiel Hammet, se le conoce, sobre todo, por sus novelas policiacas Adiós, muñeca y El largo adiós con las que catapultó a su personaje Philippe Marlowe, un investigador cínico, cáustico y mujeriego, pero Chandler, que quería ser escritor serio y aprendió el oficio de forma tardía, a los 45 años, en revistas pulp como Black Mask, tiene una obra narrativa corta, nada despreciable y poco conocida en España, que llega gracias a una cuidada edición que hace Cátedra.

Tres narraciones extensas, alguna casi una novela corta, integran el volumen que toma nombre de una de ellas, La puerta de bronce, que precisamente no es la mejor de las tres. En ésta, como en las dos que le siguen, El rapé del profesor Bingo, claramente paródico hasta en su título, y Un verano inglés, coquetea el escritor nacido en Chicago con el género fantástico (en las dos primeras los personajes desaparecen, uno por esa puerta de bronce que parece la entrada a una nueva dimensión, otros gracias a ese extraño rapé que hace que el que lo tome se vuelva invisible) y hace alarde de un estilo narrativo distante y frío, con gotas de humor e ironía (Las tardes de verano inglesas, como los propios ingleses, se eternizan), que resulta exquisitamente british.

El ejercicio narrativo-descriptivo del que alardea Chandler resulta impecable. Su prosa, a veces artificiosa, elegante.

La casa era un magnífico edificio de ladrillos rojos oscurecidos por el tiempo, de tradicional estilo isabelino, con balcones saledizos sumamente emplomados. Gordas armas dormían detrás de ellos como obispos, veteando con sus telas los cristales y mirando soñolientas desde los mismos sitios donde, antaño, petimetres con cara de halcón y jubón acuchillado contemplaban Inglaterra sin que el encanto claustral del lugar apaciguase su turbulencia.

Las frases que emplea Chandler en algunos de sus tres relatos, concretamente en Un verano inglés, una narración tan negra como romántica, con asesina femenina, precursora de sus femme fatal que pueblan sus novelas, parecen perfectamente destiladas: Era una tarde lúgubre, gris como un patio de cárcel. Un día para un verdugo.

Completa el volumen un riguroso estudio que hace del autor Julián Díez, que repasa la vida y la obra del creador de Marlowe, destapa sus difíciles relaciones con el cine (encontronazos con Billy Wilder, por ejemplo, a quien, sin embargo, le agradece todo lo que le enseñó acerca del séptimo arte), la fobia que profesaba a James Cain, una de cuyas novelas tuvo que convertir en guion, y su contradictorio desprecio por la literatura de género de la que formó parte con cierto complejo de culpa porque Chandler aspiraba a ser un escritor con mayúsculas, y lo fue. Una introducción muy ilustrativa acerca del nacimiento del género en EE.UU y las tensas relaciones entre sus pioneros que sin duda agradecerán todos los aficionados al género.

 

La puerta de bronce
Raymond Chandler
Cátedra

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