“Cruce de caminos”, por José Luis Muñoz

crucedecaminos_poster_01José Luis Muñoz

Un estreno tardío, el de la espléndida Blue Valentine (2010), hace que la primera película de Derek Cianfrance casi se solape en las carteleras españolas con la segunda, The place beyond the pines (2013), traducida aquí con el título más comercial de Cruce de caminos, y ambos son films notables con bastantes coincidencias (la presencia inquietante de Ryan Gosling en ambas, la más evidente) aunque yo prefiera el riesgo y el ejercicio de estilo que había en su opera prima.

Lo que más desorienta en Cruce de caminos es que no es una película sino tres en una, que cuando el espectador está convencido de que ha terminado de ver una redonda película negra, a la que no le falta ni le sobra nada, y está a un paso de alzar el asiento para enfilar la salida, empieza otra diferente, de tono más bajo, y que cuando ésta parece estar dando también coletazos, aunque aquí ya no hay sorpresas, viene el tercer bloque narrativo. Y lo malo para Cianfrance y para Cruce de caminos es que la potencia de esa primera historia anula durante bastantes minutos la segunda, y que la tercera viene ya un poco forzada.

Cianfrance, en este tríptico encadenado que se mueve en un espacio de quince años, toca tres temas argumentales recurrentes dentro del género negro: el cine de atracadores con personajes outsiders: Luke y su colega Robin; el de agente íntegro y ambicioso enfrentado a policías corruptos mientras Asuntos Internos tarda en tomar cartas en el asunto; y el de adolescentes que intentan, sin conseguirlo, desembarazarse de los fantasmas de sus progenitores. Cruce de caminos se convierte en una narración encadenada sobre un atracador de bancos motorizado, el policía que le da caza y los hijos de ambos que ignoran la relación que tuvieron sus padres, pero también en una historia sobre un amor roto por la inadaptabilidad de uno de sus componentes (muy a lo Blue Valentine); un film sobre la expiación que sacude a un policía honrado; y el adiós a la inocencia por parte de dos adolescentes amigos que dejan de serlo por el peso que los adultos tienen sobre ellos. Que las tres partes estuvieran a la misma altura era tarea casi imposible.

Al pulso sincopado del primer tramo (atracos perfectamente resueltos; el encuentro de Luke y Robin haciendo trial en un bosque que preludia una relación tenebrosa entre ambos; el aplazado estallido de violencia de Luke contra la pareja de Romina interpretado por el actor negro Mahershala Ali) sigue ese canónico y mucho más moderado, a nivel visual y de ritmo, de cine de policías que es la segunda historia, con algún que otro guiño a Scorsese (Ray Liotta parece un personaje sacado de cualquier film del director italoamericano) y cierta dilación (las conversaciones del agente Avery con los psicólogos o con su padre, policía retirado, que interpreta el veterano Bruce Greenwood, son excesivas y merman la narración), para terminar con cine de teenagers inadaptados, nuevos rebeldes sin causa, que se pierden en fiestas de alcohol, drogas y sexo, matando al padre, en sentido freudiano, uno de ellos mientras el otro, sin haberlo conocido, lo busca desesperadamente para seguir sus pasos.

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Cianfrance maneja con soltura los diálogos de su película y dirige bien a sus actores. La estilizada actriz de origen cubano Eve Mendes interpreta a Romina, la esposa separada de Luke; Bradley Cooper es Avery, un agente heroico nada satisfecho de su heroicidad y que se enfrenta a sus corruptos colegas denunciándolos a Asuntos Internos; pero también funcionan muy bien los secundarios encabezados por un gran Ray Liotta, que borda otro de sus papeles oscuros, Bruce Greenwood, como agente de Asuntos Internos, los jóvenes actores Dane DeHaan y Emory Cohen, y, sobre todo, el australiano Ben Mendelsohn (Animal Kingdom) en el papel del desastrado Robin, el colega de Luke.

¿Y Ryan Gosling? Bueno, este nuevo Marlon Brando de voz susurrante y zarpazos imprevisibles es el plato fuerte de la función e imagino que, a partir de este momento, será el actor fetiche de Cianfrance. Su papel, el de Luke, es un cruce del de Drive (allí, conductor, aquí, motorista, pero haciendo gala de una violencia irracional de la que es víctima) y Blue Valentine (los desajustes emocionales del personaje, pese a los buenos sentimientos y el instinto paterno intacto, demuelen la pareja). Gosling dibuja su personaje en los segundos iniciales de Cruce de caminos, cuando se abre paso, con un balanceo de su cuerpo tatuado, hacia el escenario del teatrillo de feria en donde debe de hacer su exhibición como motorista en una espléndida toma dorsal. Todo un reto, el de interpretar de espaldas.

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