“Por mal camino”, de Chris Womersley, por Francisco J. Ortiz

por_mal_caminoFrancisco J. Ortiz

Por mal camino:

La inquietante familiaridad de la poética del perdedor

Es inevitable: para navegar por las procelosas aguas de la literatura de género, el lector (y sobre todo el crítico, ya sea sustantivo de profesión o adjetivo de vocación) anda siempre en busca de referentes en su tradición, haciendo gala de una actitud que también tiene un poco de irreverencia frente a los nombres canónicos y un mucho de necrofilia subyacente a lo Vértigo en tanto que intento de revivir lo que ya está muerto… reencarnación mediante. De tal manera, solemos formular interrogantes como: ¿Es el joven Michael Koryta el nuevo Dashiell Hammett? ¿Podría valer el ya no tan joven Craig Russell como sucesor de Raymond Chandler? ¿Será la recién llegada Gillian Flynn la heredera del legado de Patricia Highsmith? ¿Y qué me dicen de Jim Thompson? No son pocos los escritores que aspiran a destronar al que hizo de la pulp fiction toda una oda a la figura del perdedor, pero sí pueden contarse con los dedos de una mano los que de verdad merecen considerarse como dignos aspirantes al título. Y uno de esos cinco dedos hay que reservárselo, desde ya, a Chris Womersley.

A finales del año pasado, Es Pop Ediciones publicaba en el seno de su colección especializada Pulpo Negro, y tras Diablos de polvo de Roger Smith y Luna de casino de Peter Blauner (que ya comentamos anteriormente en esta misma web), la primera novela del escritor Chris Womersley: The Low Road, galardonada con el Premio Ned Kelly al mejor debut y vertida a nuestro idioma por el editor y traductor Óscar Palmer como Por mal camino; un título este que, desde luego, le habría venido como anillo al dedo al grueso de la producción de Thompson. Y es que, al igual que el responsable de clásicos como 1280 almas o El asesino dentro de mí (véase artículo publicado en esta misma revista), este autor australiano nos ofrece un retrato de la podredumbre humana a partir del dibujo preciso de algunos ejemplos preclaros de nuestra especie, cuyas miserias son tantas que resulta infructuoso el intentar ocultarlas bajo una pátina de buen comportamiento y actitudes de convención social.

El primer capítulo de esta novela arranca en la habitación de un motel como tantas veces hemos visto reflejados en historias del género, y que quizá no sea muy distinto del hotel donde el mismo Thompson trabajó siendo un adolescente (una experiencia que reflejaría después, disfrazada de ficción, en su primera novela: Aquí y ahora). Sobre la cama de dicho dormitorio yace un joven, que despierta de su desmayo para descubrir que tiene una bala alojada en el costado y una herida por la que sangra profusamente. Pronto descubriremos que el muchacho responde al nombre de Lee y que es un criminal de poca monta que acaba de salir de prisión.

 

motel

En el capítulo siguiente, un nuevo huésped llega al motel: se trata de Wild, un médico al que le han retirado la licencia para ejercer como tal, y que acaba de abandonar la residencia familiar que compartió junto a su esposa y su hija durante muchos años. La dueña del negocio, una mujer de avanzada edad que no quiere bajo ningún concepto que Lee muera en una de sus habitaciones, pedirá ayuda a Wild para que asista al joven malherido.

A partir del momento en que ambos se conozcan, Lee y Wild ya no se separarán hasta el final del libro; y aunque no sepan a ciencia cierta si valdrá la pena alcanzar su destino, la suya será una huida desesperada hacia delante y sin mirar atrás porque volver sobre sus pasos resulta del todo imposible. Y no solo porque Josef, un pistolero veterano que trata de recuperar el dinero robado que está en manos del delincuente herido, les persiga; sino porque el pasado de ambos fugitivos está repleto de esqueletos, literales o figurados, en el armario: los padres de Lee, la familia de Wild… y algún que otro cuerpo más. Por lo tanto, su relación de amistad estará basada en la necesidad mutua, pero no por ello será menos sincera: el joven, que ha tomado en su vida las suficientes decisiones equivocadas como para convertirse en una versión adolescente de criminal a lo Clyde Barrow, y que puede recordar al temprano Martin Sheen del film de Terrence Malick Malas tierras, necesita que un viejo colega y antiguo maestro de Wild, el doctor Sherman, le extraiga el proyectil del cuerpo; por su parte, el médico adicto a la morfina y de cultura digna de mención (recurre a Shakespeare, Rembrandt o Chet Baker cuando procede), que parece haberse escapado de un relato de William S. Burroughs (como veremos después, otro referente a tener en cuenta, tanto o más que el de Thompson), aspira a disfrutar de su parte del botín sin necesidad de recurrir a la violencia ni de buscarse un nuevo enemigo, y -si se me permite adivinar- siente la necesidad de rescatar de su interior algo de aquello que le llevó a pronunciar en cierta ocasión el juramento hipocrático.

 

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El protagonismo de perdedores como Lee y Wild no es el único rasgo en común que Womersley comparte con Thompson: también su renuncia, como el autor de Hijo de la ira practicó en alguna ocasión, de ceder un espacio físico y moral a las fuerzas de la ley, que en Por mal camino brillan por su ausencia. Entre las muchas cuestiones que suelen plantearse a la hora de definir el género negro -esa problemática que, a estas alturas de la película, parece seguro afirmar nunca nos quitaremos de encima-, una de las más recurrentes es la de “¿Puede existir la novela policíaca sin policías?”. La obra de Womersley, como antes hiciera la de Thompson, nos proporciona una respuesta positiva de forma inequívoca.

Dicho lo cual, cabe plantearse: ¿hay alguna diferencia fundamental entre Thompson y Womersley, más allá de cuestiones que quizá no sean tan superficiales como parecen, como es la ambientación geográfica de sus relatos, Estados Unidos en aquel y Australia en el que nos ocupa? En efecto, hay al menos una, y dado que me he declarado en varias ocasiones admirador irredento de Thompson lo que sigue no podrá entenderse como un intento de enmendarle la plana al autor de La huida: el estilo literario de ambos se plasma de forma bien diferente en uno y otro caso, y muy probablemente responde a propósitos diametralmente opuestos. Así, si en el caso del escritor nacido en Anadarko, Oklahoma, el suyo era fruto de un talento innato que superaba con creces las intenciones crematísticas de su autor (que, en la mayoría de ocasiones, no era consciente ni mucho menos de estar construyendo un discurso merecedor de ser considerado literatura de calidad), en la narrativa de Womersley el estilo se convierte en la plasmación plenamente consciente e inevitablemente postmoderna de una propia voz poética explícita en cuanto tal. Porque la (anti)odisea de su pareja protagonista entronca mucho más, en lo que al continente se refiere, con la tradición de autores como William Faulkner o Cormac McCarthy (tan cercanos al género, por otra parte, en libros como Santuario o No es país para viejos, respectivamente), que con el corpus del noir en el que Thompson se ubica en un lugar de excepción.

De hecho, la referencia a McCarthy es constante por parte de la crítica al hablar de la prosa de Womersley: para empezar, en Por mal camino su autor practica la misma opción formal que el firmante de Meridiano de sangre a la hora de puntuar los diálogos. Esto es: no se recurre aquí a las habituales comillas del libro de estilo de tradición anglosajona ni a los guiones largos más familiares para el lector español. Todo, reflexión y palabra, y también el presente y el pasado que se materializa en el recuerdo, forma parte de un mismo discurso, en el que lejos de perderse cualquier lector podrá seguir mientras experimenta una inquietante familiaridad. La misma familiaridad, a fin de cuentas y aunque allí se presentara de forma más directa y depurada, que en las novelas de quiosco de Thompson.

 

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Chris Womersley

Por si esto fuera poco, como en el caso de McCarthy y antes de Faulkner, Womersley se revela como un esteta de la palabra de altos vuelos; más aún, y en un rasgo que recuerda particularmente al universo literario e ideológico del ya citado Burroughs, la suya es una novela que reflexiona de forma constante sobre el poder del lenguaje, a un nivel a cuya altura parecen no poder (o, más probablemente, no querer) llegar ninguno de sus coetáneos. Para muestra, un botón: “Como siempre, Lee se sintió acosado por la insignificancia de las meras palabras. Nunca podrían transmitir el peso específico de la cosa en sí: aquel era el gran fracaso del lenguaje. Muertos. Años. Sonidos tan pequeños y huecos. Accidente. ¿Cómo podía aquella misma palabra significar por igual que a alguien se le había derramado el té y lo que les sucedió a sus padres aquella noche? El brusco viraje y los árboles súbitamente de frente. Tenían que existir sonidos mejores que aquellos”. Es esta una reflexión que salpica todo el relato hasta alcanzar su conclusión, aparentemente esperanzadora pero cuya apuesta por la salvación, precisamente debido a este requiebro metalingüístico, se desvanece de forma cruel como palabras que se lleva el aire.

A modo de conclusión, la pregunta inevitable: ¿es Chris Womersley el nuevo Jim Thompson? Francamente, ni lo sé ni me importa. Porque con ser Chris Womersley tiene más que suficiente, y su carta de presentación, esta Por mal camino, es buena prueba de ello.

 

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