Cómplices en el crimen. Reseñando “Crímenes exquisitos”, de Nieves Abarca y Vicente Garrido, por Juan Mari Barasorda

Juan Mari Barasorda

Perpetrar un crimen con uno o varios cómplices no siempre es garantía de impunidad, pero en el mundo de la literatura criminal nos ha ofrecido ratos de placer muy de agradecer a los lectores criminales. Basta recordar el Asesinato en el Orient Express donde la gran dama del crimen, Agatha Christie, compuso un esforzado tour de force con el mayor número de criminales cómplices conocidos en la literatura criminal.

Pero la reseña de hoy tiene como prólogo otra complicidad, la de los propios escritores criminales. Sin duda el ejemplo más digno de reseñar de multicomplicidad criminal literaria fue el que incluyo a la propia Christie con el resto de los miembros del London Detection Club.

El club fue fundado en 1930 (Julyan Symons nos recuerda que Anthony Berkeley Cox lo puso en marcha en 1928) bajo la presidencia de G. K. Chesterton e incluía entre sus criminales miembros a Dorothy L. Sayers, Ronald Knox, F. W. Crofts, John Rhode, la Baronesa de Orczy, R. Austin Freeman, E. C. Bentley, Henry Wade, H. C. Bailey y Anthony Berkeley Cox entre otros. Además de fijar un código ético de la literatura criminal y quedar a cenar para hablar de ella (costumbre esta última que ha evolucionado hoy día, cambiando el pudding inglés por varias rondas de gin tonics), decidieron escribir novelas policiales a varias manos, de forma que cada capítulo fuera escrito por uno de los miembros manteniendo la trama y los sospechosos ideados por quienes escribieran los anteriores capítulos. Entre todos los trabajos fue sin duda El almirante flotante (1931) el más conocido en lengua castellana gracias a su inclusión en la colección de El Séptimo Círculo por los lucidos Borges y Bioy Casares. El almirante flotante (reeditada por AKAL en 2012) es, además de una magnifica novela policial, un ejemplo de inteligencia de sus corredactores, que se esfuerzan en añadir sospechas y pistas a la herencia que reciben de quienes les preceden. Nadie conoce quién es el criminal imaginado por el redactor del capítulo precedente (propuestas que solo son conocidas al final del libro), por lo que cada capítulo es un placer para el lector que se ve envuelto en una trama cada vez más compleja, pero siempre lógica y escrita con sagacidad. La novela fue concebida como un juego para los catorce escritores que participaron y, aunque no se puede decir que tuviera mucho éxito en el momento de su publicación, ha quedado como un clásico inolvidable de la literatura criminal.

 

elleryqueen

Manfred B. Lee y Frederic Dannay

En 1929 y en Estados Unidos, dos primos decidieron unir sus plumas criminales para crear un detective con el nombre del seudónimo que utilizaron para sus novelas. El seudónimo -y a la vez el nombre de su detective- fue Ellery Queen, y los primos –Frederic Dannay y Manfred Bennigton Lee… o, mejor dicho, Daniel Nathan y Manford Emanuel Lopofsky- consiguieron fama imperecedera en la literatura criminal. Lo que empezó siendo una participación en un concurso literario acabo siendo la más prolífica colaboración criminal que va desde novelas olvidables por indigeribles a joyitas como El misterio de la mandarina.

Caso contrario a la fidelidad de los dos primos fueron las sucesivas colaboraciones de Richard Wilson Webb, primero con dos mujeres –Martha M. Kelly y Mary Louiser Aswell– y, finalmente, con su primo y posiblemente su pareja Hugh Callingham Wheeler, bajo los seudónimos Patrick Quentin / Quentin Patrick en su serie de Enigmas… (para locos, para marionetas, para actores), una serie que también conocimos -sí, lo han adivinado- gracias a El Séptimo Círculo.

Claro que la fidelidad es más razonable cuando de un matrimonio se trata. Su trabajo conjunto entre 1965 (Roseanna) y 1975 es el legado de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, y de sus manos su sempiterno detective Martin Beck. Una fructífera colaboración y un placer para los lectores. Ahora es otro matrimonio sueco el que sigue su estela: Alexander Ahndoril y Alexandra Coelho bajo el seudónimo de Lars Kepler publicaron en El hipnotista, prometedor inicio de una carrera que ya ha tenido dos continuaciones. También es pura fidelidad la que une a Mary y Carol Higgins Clark (madre e hija), que han escrito conjuntamente varias novelas. En la actualidad es la amistad criminal entre Rosa Ribas y Sabine Hoffman (Don de lenguas, El gran frío) la que nos anuncia futuros placeres para los lectores criminales.

crimenes-exquisitos-9788492929528Hay sin embargo otro tipo de colaboración que viene de los tiempos en que Dorothy L. Sayers y Ngaio Marsh invitaban a café a reputados forenses para que las asesoraran -efectos de los venenos y cositas así- en la elaboración de sus novelas. Es precisamente una colaboración de este tipo -pero convertida en una complicidad real en la creación de literatura criminal- la que une a Nieves Abarca con Vicente Garrido. Nieves es coruñesa, escritora, estudio historia del arte y periodismo y gusta del mar, del azul y de los cementerios. Vicente es valenciano, criminólogo y doctor en psicología y colaborador habitual en radio y televisión, y ha publicado numerosos libros sobre criminología forense. Su colaboración arranco con Crímenes exquisitos (Ed. Versátil 2012), una novela negra escrita en clave de thriller y no al revés.

La sinopsis de la contraportada ya hipnotiza a este lector, ferviente admirador del victoriano Thomas de Quincey, aquel que al embriagador aroma de un fumadero de opio etiquetó al asesinato como una de las bellas artes: “… el cuerpo de una joven de la alta sociedad coruñesa aparece flotando en el estanque de Eiris recreando a la Ophelia de Millais…”. Sea la Lizzie Siddal de Millais o la bellísima Muriel Foster de Waterhouse, las modelos de Ophelia siempre me han subyugado en su belleza, pero es que, además, una novela criminal con un asesino en serie que emula en sus crímenes al arte fue argumento definitivo para su lectura. Aún recordaba los esfuerzos de Patricia Cornwell por demostrar (basándose en sus intrigantes cuadros del submundo victoriano) que el pintor Walter Richard Sickert fue en realidad Jack el Destripador, y el buen regusto que me dejo la lectura de El artista de la muerte, novela criminal primigenia de Jonathan Santofler -pintor y artista enamorado, como yo, del arte del renacimiento y del barroco-, una novela en la que un psicópata -“el artista de la muerte”- recrea cuadros como La muerte de Marat de Jean Louis David o El desollamiento de Marsias de Tiziano, una oda al sadismo convertido en arte.

Con estos mimbres abordé la lectura de Crímenes exquisitos. Si El artista de la muerte era realidad un thriller de correcta factura vendido como novela negra, Crímenes exquisitos es en mi opinión una excelente novela negra que muchos han calificado como thriller. Es novela negra de la buena porque no es una descripción de torturados sueños que atormentan tanto o más al lector que al o la detective protagonista -y que luego es alabada como un thriller psicológico, etiqueta espeluznante donde las haya-. En esta novela la tortura, el morbo y el placer son reales y el lector los siente como tales. No es solo que quienes la han escrito han leído novela negra y saben escribir sobre criminales -seriales o no-, es que además escriben sobre personajes creíbles, tanto más cuando el conocimiento del perfil criminal de los psicópatas que atesora Vicente Garrido acompaña al lector guiándole en un mundo en el que no se siente extraño como en otras novelas de imposibles criminales y detectives escandinavos que casi nos hacen añorar a los entrañables miembros de ABBA en su simplicidad.

Lo que otros lectores en debate a cielo abierto califican como excesos de la novela a mí no me parecen sino fantásticos y reales retratos descarnados de caciques, matones, asesinos… gente corriente navegando en vicios y pasiones inconfesables, mujeres y hombres que además de policías, criminólogos o periodistas son ante todo personas que viven el crimen, el trabajo diario o el deseo sexual como muchos de los ciudadanos anónimos que podemos encontrar en los estratos más disolutos -o no tanto- de la sociedad actual. Da igual que la acción se sitúe en La Coruña o en Londres, los autores no retratan calles o platos de comida típica sino sangre, fluidos corporales y pasiones más o menos inconfesables que fluyen tempestuosos como los regatos en las Fragas do Eume. Pura realidad. Los crímenes se antojan posibles, la investigación está guiada con precisión y conocimiento catedrático y la trama consigue enganchar al lector desde la primera a la última página siguiendo el curso de una investigación tan perfecta que podría ser puesta como ejemplo por el instructor de un curso de investigación criminal.

 

abarca garrido

Nieves Abarca y Vicente Garrido

Si, realmente he disfrutado de la lectura de Crímenes exquisitos. Podría enumerar los diferentes personajes que componen este excelente cuadro criminal. Solo diré que todos ellos son atrayentes. No soy ni un aficionado al sado, ni mi morbo va más allá del seguimiento literario de las pistas que salpican la novela, ni mi deseo más inconfesable es más exigente que el de volver ver al Athletic ganar otra Copa. El placer de esta obra criminal a cuatro manos lo aporta la prosa bien utilizada, la trama impecable y -¿por qué no decirlo?- la atrayente figura de una investigadora, Valentina Negro, que con su impactante descripción me ha puesto en duda sobre si me decantaría por tomarme un gin tonic con ella o un té con pastas con Miss Maple. Como soy un goloso creo que optaré por las pastas de Miss Marple a la que idealizo en la imagen de una Margaret Rutheford imperecedera, aunque prometo devorar con la misma gula las nuevas colaboraciones criminales de Nieves Abarca y Vicente Garrido.

 

Crímenes exquisitos
Nieves Abarca y Vicente Garrido
Versátil

2 comentarios en “Cómplices en el crimen. Reseñando “Crímenes exquisitos”, de Nieves Abarca y Vicente Garrido, por Juan Mari Barasorda

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