“Lumpen”, de Paco Gómez Escribano y Luis Gutiérrez Maluenda, por Ricardo Bosque

lumpenRicardo Bosque

Hace unos meses, la editorial Pan de Letras abría fuego con una antología titulada Todos son sospechosos, coordinada por Xavier Borrell y con prólogo de Laura Gallego, que reunía a un buen número de las más actuales voces del género. No citaré a todos los autores presentes pero sí a dos de ellos por venir a cuento: Paco Gómez Escribano y Luis Gutiérrez Maluenda.

Poco después, uno de mis confites me daba el soplo: ambos escritores iban a perpetrar una nueva novela, a cuatro manos, que se publicaría en la misma editorial, en la colección Pan Negro para ser exactos.

Y no me preguntes cómo lo he conseguido -añadió el chivato-, pero adjunto con el soplo te remito el pdf de la novela en cuestión. Su título, Lumpen.

De Gutiérrez Maluenda creo haberlo leído todo y, como me pasa con el cerdo, de este tipo me gusta la manera de caminar. De Gómez Escribano, aparte de tenerle presente en todas mis redes sociales y en parte de mis oraciones, sólo había leído una novela hasta la fecha, Yonqui (que comenté aquí), más que suficiente para esperar y desear una nueva muestra de su buen hacer en el género negro más callejero.

Me pongo de inmediato, por tanto, con el pdf de marras y compruebo, casi dando un salto de alegría, que el protagonista de esta segunda novela de lo que ahora sé forma parte de una trilogía -Escribano dixit– es el mismo que en la anterior.

Porque cambian los personajes y ya no serán el Botas y sus colegas quienes lleven la voz cantante sino el expolicía y ahora detective Lucky -por el Luciano-, su antiguo colega Antonio -todavía en el Cuerpo- y la tercera pata del banco, Javi el del Cúter, si bien este último bajo un metro de tierra desde la primera página pero siempre presente en el recuerdo de los dos vivos.

Cambian, digo, los personajes, pero no el protagonista absoluto, que no es otro sino Canillejas, municipio independiente en principio anexionado por el Madrid que todo lo devora en 1949 y una de las víctimas propiciatorias del desarrollismo desaforado de mediados del siglo XX y el caballo de los años setenta y ochenta, formando parte actualmente del distrito San Blas-Canillejas.

¿La excusa para contar la historia del barrio? Los trabajos de poca monta que, de vez en cuando, le encargan al citado Lucky, el último de ellos el de localizar a un profesor de colegio de curas que ha desaparecido junto con alguna obra de arte menor y unos cuantos billetes sustraidos de la caja para gastos corrientes de su centro de trabajo.

Entre truja y litrona, entre peta y raya de perico, entre bares de tapas poco recomendables y tigres infectos, de la mano de Lucky y algunos de sus improvisados e improbables colaboradores, iremos recorriendo las calles del barrio, mezclándonos con gitanos que controlan el bisnes, chuloputas rumanos, borrachos y pendencieros varios, todo ello plasmado con un ritmo desenfrenado, algunas nostálgicas reflexiones cuando procede, un lenguaje exento de toda floritura -los autores lo advierten al prinipio de la novela: “los personajes de esta novela no hablan como sus señorías en sus escaños”- y un oido exquisito para reflejar ese lenguaje, con unas líneas de diálogo afiladas y realistas como la vida misma.

Lumpen es, en resumen, una muy buena trama negra, descarnada y patibularia concebida -imagino- por un autor que conoce bien el escenario que la protagoniza y desarrollada por cuatro hábiles manos que no sé cómo se han repartido el trabajo pero que funcionan a la perfección, ofreciendo una narración uniforme en la que resulta difícil discernir qué parte corresponde a papá y qué otra a mamá. Servidor, eso sí, no ha podido resistir la tentación de buscar esos detalles que identifican a uno u otro y sí cree haber encontrado algunos, pero eso también forma parte del juego, claro.

Nota bene: lo de las lentejas, Paco y Luis, no os lo perdonaré en mucho tiempo.

 
Lumpen
Paco Gómez Escribano y Luis Gutiérrez Maluenda
Alrevés
 

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Un comentario en ““Lumpen”, de Paco Gómez Escribano y Luis Gutiérrez Maluenda, por Ricardo Bosque

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