“La trampa”, de Melanie Raabe, por Noemí Pastor

la-trampaNoemí Pastor

Parecía una buena idea

Una exitosa escritora de novelas presencia el apuñalamiento de su hermana y ve fugazmente la cara del asesino. Tras el shock, permanece durante una década encerrada en su mansión de los bosques, hasta que un día reconoce en la televisión aquel rostro entrevisto en la escena del crimen. Entonces decide escribir una novela sobre su historia y la de su hermana, a fin de atraer al monstruo a su casa, donde le aguarda al acecho, para atraparlo en una elaborada trampa.

El high concept es atractivo, ¿verdad? Tiene su punto retorcido y original. Se me ocurren unos cuantos nombres de novelistas que con esta materia prima habrían construido un relato genial. No es el caso. Tampoco voy a dedicarle a esta novela adjetivos despectivos, pero “genial” le queda grande.

Tenía que haberme dado cuenta

La trampa es la primera novela de una escritora europea treintañera que ha cosechado un gran éxito en su país, Alemania, por lo que rápidamente se ha publicado y lanzado a lo grande en otros doce países.

Esto que acabo de escribir y que pude leer en las solapas del libro en cuanto lo tuve en las manos, me tenía que haber hecho pensar, pues son demasiadas las novelas de estas características que recientemente se han lanzado al mercado; veamos: autora joven, primera novela, protagonista femenina, uno o varios crímenes (no necesariamente asesinato; puede ser secuestro o desaparición), introspección convencional, salpicaduras de amor o sexo…

Está visto que la fórmula funciona, porque se repite y se repite. Y se repetirá hasta que se agote comercialmente o se vea sustituida por otra “mejor”; las cuestiones estrictamente literarias poco tienen que ver con esto.

Bueno, no, me retracto de lo dicho: las cuestiones literarias se resienten, salen perdiendo cuando se ponen al servicio de lo puramente industrial. Ambos objetivos, el industrial y el literario, no tienen por qué anularse mutuamente, pero lo hacen y hacen también, por ejemplo, que haya prisas por sacar las novelas al mercado en época preestival y que las traductoras y traductores no cuenten con tiempo suficiente para hacer bien su trabajo.

Así, en La trampa, lo que en un primer párrafo es una cerveza en el segundo es un whisky; lo que al principio es una niña luego es un niño y más tarde es una niña otra vez. Como he escrito mil veces antes y volveré a escribir otras diez mil, no hay malos profesionales de la traducción, sino pésimas condiciones de trabajo.

También el título me decía algo

También el título tenía que haberme dado una pista, un avance de lo que vendría después, porque encabeza un texto verdaderamente repleto de trampas: la trampa que prepara la protagonista se transforma en otra trampa que se vuelve contra ella; alguien más planea más trampas; hay más cazadores y más presas.

Además, como la protagonista es escritora y el arranque de la acción lo precipita una novela, he aquí una ficción dentro de la ficción, con hechos y protagonistas paralelos y entrecruzados, con dos hilos narrativos que tiran el uno del otro, se empujan y se obligan a avanzar mutuamente.

Pero hay un tercer tipo de trampa en esta novela: son las trampas discursivas, los viejos trucos y fuegos de artificio para captar y retener la atención; o para distraerla, según interese. No hace falta que los enumere: cualquiera que, como yo, se haya tragado varias toneladas de novelas de intriga los reconoce hasta por el olfato.

Sí, pero funciona

Vale, puede que todos estos gastados efectos narrativos cansen, que no interesen desde el punto de vista literario, que no aporten nada a la construcción del relato ni creen ningún nuevo concepto en novelística, pero funcionan. Vaya que si funcionan.

Cortar los capítulos en lo más alto, dejar inacabada la última frase, romper el clímax, imponer la calma cuando la tensión se hace insoportable… (bueno, al final he acabado enumerando truquitos) todo eso crea intriga, nos pica las ganas de saber cómo demonios saldremos de este lío, qué diablos ocurrirá. Y aunque acabe ocurriendo lo previsto, lo de casi siempre, para cuando lo descubrimos, ya nos hemos devorado el libro, así que ¡prueba superada! Ya hemos caído en la trampa.

Una buena muestra de todo esto que cuento soy yo misma: mi vista no es lo que era, ya no puedo pasarme horas y horas, tardes y tardes, con los ojos recorriendo líneas; nunca he sido especialmente rápida leyendo, pero ahora lo soy todavía menos. Así y todo, he cogido las 343 páginas de La trampa, que no son pocas, y en nada de tiempo, en escasas horas, su ligereza me ha llevado, de burdo empujón en burdo empujón, hasta el final. Todo el rato refunfuñando “jo, qué engañifa, qué artimaña barata”, sí, pero sin soltar el libro de las manos.

Otra vez he picado. ¿Espabilaré algún día? ¿Me volverá a pasar?

 

La trampa
Melanie Raabe
Trad.: Claudia Aguiriano Aizpurua y Paula Toda Castán
Grijalbo
 

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