El mundo de Oz o cómo preferir la cárcel a volver con la parienta

Teresa Suárez

Teniendo, como tiene, un promedio de más de 50 tornados anuales, seguro que en Kansas no ha sorprendido el huracán mediático provocado por Lawrence John Ripple, uno de sus vecinos que, incapaz de aguantar ni un minuto más a su santa, tras una fuerte discusión matrimonial le espetó “prefiero estar preso que en casa”, y a continuación salió de su hogar, portazo incluido, decidido a cumplir esas palabras al pie de la letra.

“Ad astra per aspera”. Haciendo honor al lema del Estado, “a las estrellas a través de las dificultades”, para consumar su amenaza no se le ocurrió mejor solución que cometer un delito que le pusiera fuera de circulación y le asegurara un largo periodo a la sombra.

Dicho y hecho. Con 70 años a las costillas, y una ensayada cara de enfado, se dirigió a una sucursal del Bank of Labor en Kansas City donde, según fuentes policiales, entregó a una de las empleadas una nota en la que aseguraba tener un arma de fuego y exigía dinero. Después de entregarle casi 3.000 dólares, la cajera pasó del susto al pasmo al comprobar cómo tan temido delincuente en vez de salir por patas con el botín, se sentaba tranquilamente junto al guardia de seguridad, en amor y compaña, a esperar su arresto.

Los agentes que acudieron al 245 (asalto a mano armada) no pudieron ocultar su asombro cuando Ripple, que no opuso resistencia y cantó como un canario sin necesidad de apretarle las tuercas, confesó que una trifulca matrimonial fue lo que le empujó a delinquir.

Los preocupados familiares alegaron un posible trastorno mental por lo que el juez decidió dejarlo en libertad hasta que sea juzgado. Y ahí acabó, por ese día, la odisea criminal de Ripple que, en contra de lo esperado, esa misma noche tuvo que volver a casa.

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Lawrence Ripple en el momento de su detención (Oficina del Sheriff)

Pero Lawrence, que al igual que Dorothy soñaba con viajar hasta algún lugar más allá del Arco Iris desde su Kansas natal, no contaba con que el tornado que lo trasladaría al Mundo de Oz pudiera tener consecuencias imprevistas. A diferencia del león actuó con valor, sí, pero con su decisión también demostró no tener corazón (¡menudo disgusto para su familia!) como el hombre de hojalata, y, sobre todo, demostró tener menos cerebro que el espantapájaros: si es condenado, en vez de diversión, magia y canciones tendrá una multa de 5.000 dólares y en lugar de la Ciudad Esmeralda lo que encontrará al final del camino de baldosas amarillas será una litera en la cárcel del condado (la pena puede ser de hasta 20 años de prisión) donde la relación con sus compañeros de celda probablemente le hará añorar la convivencia junto aquella a quien no soportaba.

Aunque el setentañero Ripple en principio no correría peligro de ser incluido en la categoría de fish (“pescado”), reservada a los prisioneros más jóvenes que deben satisfacer los deseos sexuales del resto de reclusos, conviene recordar que tanto dentro de la cárcel (donde el hacinamiento es uno de los factores que más influyen a la hora de propiciar abusos) como fuera, la violación no es un acto sexual sino un acto violento y una representación de los roles de poder que, según afirma Wilbert Rideau en su libro The Sexual Jungle, en esta “perversa subcultura” convierte al violado en “una mujer (…) y debe asumir su rol como ‘propiedad’ de su conquistador o quien quiera que lo haya reclamado y llevado a cabo su emasculación. Se convierte en un esclavo en todo el sentido del término”.

¡Pobre Ripple! Seguro que nunca imaginó que tratando de huir de su esposa de esa manera tan drástica podría terminar convertido en esposa de otro.

Amigos/as, si no soportan a su pareja DIVORCIENSE. Por costoso que sea siempre les resultará más barato que optar por otras opciones más imaginativas…

¡Y si no que se lo pregunten a Ripple!

 

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