Civilización y barbarie. Sobre “Seis formas de morir en Texas”, de Marina Perezagua

Manu López Marañón

Autora de dos libros de cuentos («Leche» y «Criaturas Abisales», publicados en 2013 y 2015) y dos novelas, «Yoro» (2015) y «Don Quijote en Manhattan» (2016), editadas, como sus relatos, por Los libros del lince, Marina Perezagua (Sevilla, 1978) está traducida ya a nueve idiomas. Vive en Nueva York y cuando regresa a su patria chica aprovecha para cruzar a nado el estrecho de Gibraltar en 4 horas, que no está nada mal. Con «Seis formas de morir en Texas» desembarca en Anagrama con lo que tiene el aspecto de ser una larga y fructífera estancia.

El horror en la República Popular China. A las atrocidades descritas por la literatura del Holocausto (citar a Primo Levi, Imre Kertész o Annete Cabelli resulta obligado para quienes aún creen en el género humano porque si tras la lectura de «Si esto es un hombre», «Sin destino», o «Auschwitz en primera persona» no abandonan toda esperanza son merecedores de premio); tras la complicada digestión, digo, de semejantes bestialidades, concluir que la Shoah no fue un asunto interno entre judíos y alemanes sino el punto final en Occidente de una gran crisis moral y espiritual, suele ser lo habitual. Los valores que habían sustentado a la civilización europea durante siglos se hunden en un abismo y, partiendo de él, hubo que comenzar la reconstrucción de aquel espíritu, masacrado por el exterminio nazi y también por el gulag soviético. Millones de almas sumaron, en conjunto, sus megalómanas acciones destructivas.

Recuperados apenas del espanto, la posguerra española, las dictaduras comunistas del Este de Europa y las militares de Latinoamérica, actualizan la inagotable capacidad del hombre para idear torturas y eliminar adversarios. Leer «Nunca más», el Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas –por ser el escritor argentino su presidente es conocido como «Informe Sábato»–, debería ser obligatorio para quienes indagan en las patologías de la mente. Los militares responsables de esta nueva hecatombe que produjo 30.000 desaparecidos fueron juzgados y encarcelados a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad… hasta que Carlos Menem, pocos años después, los indultó.

Gracias a «Seis formas de morir en Texas» nos ponemos al día de otro Holocausto, este en vigor, fomentado y favorecido por China, segunda potencia mundial. No estamos aquí ante un Estado que organiza un grupo armado para intentar acabar con otro; no hablamos de crímenes de Estado, sino de algo todavía muchísimo peor: de un Estado directamente asesino cómo fueron la Alemania nazi y la Unión Soviética.

Lo cierto es que en pleno siglo XXI cuesta dar crédito a lo que cuenta Marina Perezagua…

Los miembros de una escuela budista llamada Falum Gong buscan la verdad y la benevolencia a través de ejercicios de relajación, técnicas meditativas y control de la respiración. Las prácticas de crecimiento espiritual nunca son bien vistas por los regímenes dictatoriales, que hostigan cualquier actividad marcadamente individual. En China, el no sometimiento al Partido Comunista Chino (PCC) de esos budistas no gusta, y en poco tiempo cientos de miles de miembros del Falum Gong son arrestados y asesinados. ¡Pero cómo! La saña del PCC hacia ellos renueva la de los nazis con los judíos. Estos pacíficos practicantes se convierten en las principales víctimas del más horrendo crimen contra la Humanidad habido en la milenaria historia china.

El PCC no se limita a eliminar adversarios. Antes extrae sus órganos para así abastecer el floreciente negocio nacional de trasplantes. Con esos órganos el PCC ha organizado una base estatal de datos. Estamos, pues, ante una cantidad masiva y planificada de extirpaciones (cuyo excedente atrae a receptores necesitados –ricos de todo el mundo dispuestos a pagar lo que sea–) en un país de 1.400 millones de habitantes. En la China de hoy, con dinero, no hay que esperar años para un trasplante de hígado o riñón. Un gigantesco almacén humano atiende, ¡en horas!, cualquier urgencia…

«La principal fuente de ingresos para el sistema de salud en China procede de las donaciones de órganos, con la paradoja de tratarse del país con menos donantes voluntarios».

Desde 1999, cuando el secretario general del PCC –Jiang Zemin– lanzó su persecución contra Falum Gong, sus miembros abastecen sin cesar la despensa. Los propios receptores exigen órganos de los budistas porque saben que ni fuman ni beben. El colmo de esta barbarie es descubrir cómo los cirujanos extraen sus órganos desde la consciencia de la víctima, a pelo y sin anestesia, porque así los órganos no se infectan y pueden ser recepcionados en un óptimo estado. Las contorsiones de los cuerpos durante las operaciones son inimaginables, «parece que están desmembrados», nos informa Marina Perezagua sin perder la imperturbabilidad.

Y no se extirpa un órgano concreto, no; el cuerpo del budista se vacía de una sola vez de todo aquello aprovechable (que es mucho. Como en el caso del cerdo, del cuerpo humano una altísima proporción de órganos tiene salida: ojos, riñones, hígado, corazón…). Los cuerpos huecos, despojados, se arrojan después a la caldera de las calefacciones del hospital. Estos inclementes chinos han conseguido vencer de mano a tanto reputado genocida del Cono Sur, hay que reconocérselo. Parecía imposible que un cerebro barrocamente nacido para la tortura como el de Alfredo Astiz –«El ángel de la muerte»– pudiera ser superado. Pero sí, el progreso lleva implícito estas evoluciones.

En varios momentos dudo de si Marina Perezagua no exagera, de que haya distorsiones legítimamente literarias producto de una trabajada y dúctil investigación. Pero pronto compruebo que el tema resulta ya demasiado escalofriante como para no ceñirse milimétricamente a su espeluznante escenario. Además, la autora, con un acompañamiento de notas que resulta ser el imprescindible, va apuntalando el espanto (a modo de ejemplo principal cito la obra «Bloody Harvest. The Killing of Falum Gong for their Organs», Ontario, Seraphin Editions, 2009, de David Matas y David Kilgour).

En «Nunca me abandones» Kazuo Ishiguro describe unos internados especialmente concebidos para criar a futuros donantes. Pero en ellos estos «chicos-ganado» reciben una esmerada educación, se les permite relacionarse y hasta crear arte. Llegada la hora de las extirpaciones estas se hacen de forma individualizada permitiendo que el donante se recupere hasta la siguiente. En China, los campos de trabajo en los que están recluidos los budistas mientras les llega su macabro turno superan en crueldad a Auschwitz.

El horror en Estados Unidos. La protagonista de «Seis formas de morir en Texas» es una mujer ciega –Robyn– que lleva en la Unidad Mountain View desde los 16 años acusada de asesinar de 11 puñaladas a su madre y extraerle el corazón. A través de lo que ella cuenta resaltamos ahora las condiciones que padecen los reos condenados a la pena capital, y más, como es el caso, cuando llevan años en el corredor de la muerte.

En Texas el método de ejecución por defecto es la inyección letal, si bien al reo se le ofrecen, hasta un mes antes de la ejecución, alternativas entre las que figuran la horca, la silla eléctrica y el pelotón de fusilamiento, maneras de llegar al otro barrio francamente seductoras sin excepción.

«La inyección de cloruro de potasio es como ser quemado vivo pero desde dentro».

Robyn detalla así el día a día en el corredor de la muerte:

«El adulto que entra en el corredor no tiene futuro, pero sí tiene algo que no podrán quitarle: pasado. Cuando se da cuenta de esto, hace de ese pasado una suerte de gruta en la que poder hibernar, una anestesia del frío y largo presente».

Las mentes de los presos parecen criopreservadas y las celdas (de 3×2 m) semejan cementerios. Soñar es el acto más subversivo, y leer los libros que facilita la prisión, la única forma de engañar a la omnipresente vigilancia de los guardias, una vigilancia que penetra hasta en las mentes. Las visitas se dificultan lo más posible y las palizas de los guardias pueden llegar a convertirse en el único contacto físico que tienen las presas, de ahí que muchas las provoquen. El sólido bloque de vidrio transparente que separa e insonoriza la celda de visitas acelera el proceso de desraizamiento de amigos y familiares, que no suelen volver. Que por televisión interna se dé a las presas cursos que nunca serán puestos en práctica resulta sarcástico.

El trato inhumano de los guardias no conoce descanso: ruido constante, desayunos a las 2 de la madrugada, luz permanentemente encendida, desórdenes en las celdas para crear confusión en las presas… Todo ello se junta para que caminen con la cabeza gacha porque «les han roto el espíritu».

El proceso de muerte en la Unidad Mountain View es exhaustivo, ordenado, preciso, y el equipo compuesto por guardias, alguacil, capellán y personal sanitario se esfuerza por cumplir la apretada agenda de esas últimas horas. Estamos ante una tortura institucionalizada por el Estado; describirla sin apelar al horror resulta imposible.

Las seis formas de morir en Texas son: –Muerte natural; –Accidente; –Suicidio; –Homicidio; –Desconocida (no se puede determinar); y –Pendiente de investigación.

Con los ejecutados el funcionario marca la casilla «Homicidio», lo que supone un explícito reconocimiento de cómo el Estado comete homicidio, aunque, como bien aclara la autora sevillana, lo que realmente debería poner es «Asesinato» con los agravantes de alevosía, ensañamiento y precio o recompensa –los verdugos cobran por esa labor–.

En las páginas 207-210 se detalla con lenguaje clínico el protocolo final, la culminación de cada asesinato. No pueden leerse sin un nudo en la garganta. Robyn acaba diciendo:

«La vida ya no me importa, y esta es otra de las razones por las que nunca tuve demasiadas esperanzas de salir de aquí, pues si la muerte de miles de inocentes forma parte de un flujo habitual, ¿qué pobre diablo sería capaz de interesarse genuinamente por una parricida?»

La película «Pena de muerte» (Tim Robbins, 1996) refería los últimos días en el corredor de la muerte de un preso al que los espectadores pronto han identificado como culpable. Asistido hasta el instante final por una monja que no desconoce que reconforta a un asesino y violador confeso, al reo acaban inyectándole las sustancias letales. «Dead man walking» refleja una realidad de principios de los 80 y aunque la celda es igual de pequeña que la de Robyn, por lo que vemos, el trato de los guardias es correcto y no se producen atropellos como los de «Seis formas de morir en Texas». En la primera potencia mundial el progreso conlleva una mayor y sofisticada brutalidad penitenciaria.

Robyn y su padre. Zhao y Xianzàng. Desde Mountain View Robyn, que en 2017 tiene ya 32 años, se comunica con su padre –Trevor– y con un oriental –Zhao– mediante cartas. Las 44 que redacta la condenada vertebran «Seis formas de morir en Texas». Cubren una vida, ya que abarcan desde recuerdos de su infancia (así, el accidente que le provocó su ceguera a los 6 años) y adolescencia, hasta la narración de las aciagas circunstancias que la llevan al corredor de la muerte y su vida cotidiana en él.

El tono de las cartas dirigidas a su padre es distante, el propio de una hija que apenas ha conocido a su progenitor, algo que ya se percibe en el primer encuentro (carta [7]). Frente a frente en la celda de visitas, con el hombre al otro lado, la sensación es de mutuo desconcierto. El padre no puede olvidar que su hija es una asesina a pesar de que ella lo niegue. Pero debido a la miocardiopatía dilatada que padece y a la urgencia de un trasplante, Trevor pide a Robyn su corazón (carta [10]): «morir sobre la mesa de un quirófano para salvar otra vida, la mía». Robyn acepta y su padre, muy egoístamente, declara haberle hecho un obsequio dichoso: «la oportunidad de abandonar este mundo reintegrando en él una vida, tan merecedora de ser vivida como la que arrebataste a tu madre, que también Dios guarde en su gloria».

A cambio de su corazón Robyn exige las corneas de su padre. En los años que le queden de vida antes de su «ejecución-donación» quiere ver, sobre todo a su amigo Zhao. Con los ojos de Trevor, que ha aceptado el intercambio porque no le queda otra, Robyn no encuentra en los objetos de su celda el brillo de la vida. Ese brillo sólo empieza a aparecer cuando Zhao, de quien se ha enamorado, le manda fotos: sus primeras imágenes retenibles desde los 7 años. Las cartas que Robyn envía a Zhao tienen tono amoroso. De explicaciones sobre cómo es su vida pronto se pasa al erotismo:

«el detalle de un pene que se eleva es el símbolo que con más frecuencia me lleva a ti: el deseo de tu sexo, pero también tu sexo como un viaducto que me tiendes cuando las palabras que te envío o las expectativas de volver a verme te excitan» (carta [5]).

Durante la lectura de «Seis formas de morir en Texas» me pregunto si esa apasionada correspondencia que llena de endorfinas la celda de Robyn tendrá destinatario real, si a quien escribe no será producto del fantaseo de sus necesidades biológicas que conciben un comprensible amante (carta [18]). Pero no. A medida que la presa se explaya descubrimos que Zhao es de carne y hueso, que la apoya con constancia leyendo los tratos inhumanos que recibe y haciendo suyas las quejas por tanta mala suerte. Para él Robyn recuerda el día que murió su madre en una estremecedora carta (la [22]).

Zhao, por supuesto, se presta a asistir a la ejecución de su amiga:

«su mirada tendrá la fuerza y la compasión de cerrarme los ojos de manera plácida».

Siguiendo una tradición budista que prescribe que para que la muerte sea definitiva el corazón debe dejar de latir (en ese órgano radica para los chinos el espíritu –shen–) Xianzàng, último eslabón de una cadena familiar a la desesperada búsqueda del corazón de su abuelo –extraído y donado, lo que impide ese descanso final– sabe que en la actualidad aquel órgano late a 14.000 kilómetros de distancia. En Estados Unidos. Y allá que va el temerario nieto…

«En Estados Unidos una media de 22 personas muere cada día esperando el órgano que necesita. Cada 10 minutos un nuevo paciente entra en la lista de espera».

A sus 41 años Marina Perezagua entra en la escueta categoría de los novelistas geniales en España. Los de Anagrama todavía deben estar frotándose los ojos con ella. El final de su tercera novela es el más sorprendente y turbador que he leído en mucho tiempo. Sus resonancias me persiguen, no me las saco de encima. Si entre sus amistades les queda algún lector con criterio, por favor, no duden en regalarle estas Navidades «Seis formas de morir en Texas». Pronto notarán cómo ese amigo les aprecia más.

Seis formas de morir en Texas
Marina Perezagua
Anagrama

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