“De óxido y hueso”, por José Luis Muñoz

de_oxido_y_hueso_15550José Luis Muñoz

Un segurata de discoteca llamado Alí (el debutante Mathias Schoenaerts, toda una sorpresa por su naturalidad), boxeador a tiempo parcial en combates ilegales sin reglas que mueven apuestas, y con un hijo a cuestas de cinco años que le sobrepasa y al que apenas conoce, se cruza con Stephanie (Marion Cotillard, como siempre, sublime), una adiestradora de orcas en un parque acuático que pierde sus piernas durante una exhibición. La necesidad, afectiva y física (a ella le viene bien que, en su estado, un bruto fuerte la lleve en brazos y la deje flotando en el mar, o que le arregle el cuerpo a base de buenos polvos), une a esos dos seres tan dispares y hasta antagónicos en una peculiar historia de amor y dolor.

Con estos dos personajes principales, un perdedor de nacimiento y una perdedora por accidente, juguetes rotos ambos, más algunos secundarios (la hermana del boxeador que se siente traicionada por éste que, entre otras muchas actividades, instala cámaras ilegales en el supermercado para controlar a los empleados y eso es causa de su despido), Jacques Audiard, un director francés duro (recordemos su película anterior, Un profeta, modelo de cine negro carcelario) construye esta peculiar historia de amor desesperado entre dos seres golpeados por las circunstancias que se complementan y se apunta a ese subgénero que tan buenos resultados da que es la película protagonizada por discapacitados.

De óxido y hueso es una versión gore (los combates clandestinos de boxeo están visualizados con toda crudeza y suciedad: los golpes, sin épica, duelen, y los dientes ensangrentados caen a la arena) de La Bella y La Bestia, de cómo una Bella sin piernas tiene que echarse, por necesidad, en brazos de esa Bestia fuerte y elemental que la lleve en brazos por la vida y supla su discapacidad y la complemente.

Tiene la película de Audiard momentos intensos (la angustia de Stephanie cuando es consciente de su mutilación en la cama del hospital; la reconciliación de la cuidadora con la orca causante de su accidente en su visita al acuario; el primer encuentro sexual entre los protagonistas, huyendo del morbo de los muñones de sus piernas seccionadas) pero falla, desde mi punto de vista, la química entre los personajes, no entre los actores, que están muy creíbles en sus papeles. Parte el film de Audiard, cuyo guion escribe con Thomas Videgain adaptando una novela de Craig Davidson, de una premisa poco creíble, de que una sensible adiestradora de bestias marinas recurra a un tipo zafio, casi de encefalograma plano (muy drástica la clave sms que utiliza con ella para avisarle de que está disponible sexualmente hablando: operativo), un trozo de carne bien musculado pero de escasos recursos intelectuales y sensibilidad bajo mínimos, por muy desesperada que ella esté por su tragedia física, porque no doma a esa bestia humana sino que la alienta. El difícil encaje de esos dos personajes (Alí apenas se comunica y es difícil arrancarle más allá de un monosílabo), y el que Stephanie, por ejemplo, asuma con naturalidad el rol de contratista de los feroces combates, es lo menos creíble de un film bronco, intenso y original que, en su último tercio (a partir del previsible accidente del niño en el lago y la explosión emocional del padre), se desliza peligrosamente hacia un happy end muy americano que resulta impostado y nos remite a la insufrible El campeón de Franco Zeffirelli con Jon Voight. Pero este tipo de desenlaces es una marca de la casa de Audiard, porque también Un profeta, a pesar de la dureza de la historia y de que su protagonista tenía todos los números para terminar con el cuello abierto, termina bien.

Siempre hay alguna esperanza para los perdedores, parece ser el leit motiv de Audiard.

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