“Una verdad delicada”, de John le Carré, por Ricardo Bosque

UNA-VERDAD-DELICADARicardo Bosque

Dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Dicen también que conviene ser cocinero antes que fraile. Uniendo ambas sentencias, poniéndoles nombre y apellidos, el resultado está claro: John le Carré, 82 lúcidos años y al pie del cañón, diplomático y espía antes que escritor de thrillers en los que los servicios secretos y los intríngulis del Foreign Office y la inteligencia internacional son protagonistas absolutos, 82 años que celebra entregándonos su última novela, Una verdad delicada, una joyita que hay que degustar poco a poco, con calma, sin precipitaciones.

Una verdad delicada en la que, confieso, me costó entrar, con un arranque más bien confuso en el que le Carré pone al lector de narices contra un buen número de personajes a los que no tiene el detalle de presentarnos tal y como aconsejan las normas de cortesía internacionales en general y británicas al servicio de Su Majestad en particular, dejando que los imaginemos vigilantes en las laderas de un peñón inglés incrustado en tierras españolas mientras tratan de llevar a cabo una misión de la que poco se dice, simplemente que el objetivo parece ser un terrorista islámico al que se quiere retirar discretamente de la circulación. Poco más sabremos de ellos salvo que en el equipo de los buenos hay militares británicos, mercenarios estadounidenses y un diplomático inglés, que no se llama Paul Anderson pero ese será el nombre con que le conoceremos, cuyo papel en la misión será el de servir de enlace, de teléfono rojo, para un tal Fergus Quinn, pragmático trepa del nuevo laborismo y, a la sazón, subsecretario de Estado de Asuntos Exteriores del gobierno del Reino Unido.

De nuevo sin previo aviso, salto en el tiempo -no es el único flashback que encontraremos en la novela- y en el espacio -ahora estaremos en las dependencias londinenses del Foreign Office– para conocer, de la mano de Toby Bell, secretario de Fergus Quinn, parte de los preparativos de la operación, las personas implicadas en la misma, los intereses de cada cual -y, lo quieras o no, es inevitable que acuda a la mente del lector la imagen con el trío de las Azores- y las consecuencias que para el secretario puede acarrear haber tenido conocimiento parcial de toda esa información por cauces no exactamente oficiales.

Y de nuevo salto en el tiempo -tres años más tarde- y el espacio -a un rincón perdido de Cornualles- para encontrarnos con un diplomático retirado que un buen día hubo de responder al nombre de Paul Anderson y a quien, como pago por los servicios prestados en la que le aseguraron fue una exitosa e incruenta operación, destinaron a una paradisíaca isla del Caribe durante los años previos a su jubilación.

¿Exitosa? ¿Incruenta? Bueno, si ustedes lo dicen…

Le Carré recurre en esta su última novela hasta la fecha al narrador onmisciente -la trama desarrollada así lo exige- pero no duda en otorgar la palabra en primera persona a varios de los personajes en determinados momentos y lo hace con una maestría al alcance de unos pocos privilegiados, consiguiendo, sin transición visible en el uso de tercera y primera persona, que pensamientos y acciones suenen con la voz apropiada a cada uno de los personajes y aportando un extra de dinamismo a una novela ya de por sí activa.

Por supuesto, tampoco echaremos en falta la necesaria dosis de mordacidad y crítica política cuando se hable de ese neolaborismo encarnado por un Tony Blair convertido en perrito faldero del jefe Bush o de la influencia del Tea Party en el nuevo modo de entender la defensa pública con medios privados, con el subsiguiente riesgo para lo público y beneficio inmediato para lo privado.

El resultado, una más de las sólidas novelas firmadas por el veterano escritor inglés, en la que no falta la acción que caracteriza al género pero en la que, tal vez, pese más el toque de atención a la actual política internacional desarrollada por las grandes potencias con el apoyo servil de los segundones del mapamundi y los principios morales -o su inexistencia, en muchos casos- de los actores necesarios para llevar a cabo esas políticas.

Léanla y, habida cuenta la edad de le Carré y lo bien que nos sientan sus historias, repitan conmigo: God save the King.

Y que lo guarde por muchos años.

 

Una verdad delicada
John le Carré
Trad.: Carlos Milla Soler
Plaza & Janés
 

11 comentarios en ““Una verdad delicada”, de John le Carré, por Ricardo Bosque

  1. Haces desear su lectura, pero es que Le Carré, después de la desaparición del Muro de Berlín, de la caida de Control y de Karla, ya no es lo mismo. Posiblemente ha perfeccionado su estilo, con toda seguridad, al menos así me lo parecio en “El jardinero fiel” y así lo describes en este comentario tan lúcido e irónico. Sin embargo añoro a Smiley y su lucha contra Karla y su amor por aquella mujer que perdía los trastos con unos y otros, y añoro a los topos.
    Gracias por este regalo que nos haces. La leeré y no la comentaré, primero porque no lo podría hacer mejor que tú, segundo porque se trata de una novedad y no quiero caer en ellas.

  2. Muy de acuerdo con todo lo dicho en la reseña, salvo que no creo que sea la mejor novela de Le Carre. Es casi imposible superar la saga de Smiley vs Karla y sobre todo, para mí, la mejor “El espía que surgió del frío”. Aunque como bien dice Ricardo, la calidad como escritor está por encima de la media, con los años ha perdido un poco de pie por eso de la caída de los muros pero ha ganado en profundidad literaria. La descripción de los manejos del Foreign Office y las puertas giratorias, en España sabemos de que va, es para mirarlo.
    Muy buena la reseña.

    • No he dicho que sea la mejor sino una de las más sólidas, o sea, UNA de las mejores. Y como dices, lo de las puertas giratorias lo tenemos bien cerca y además, entre otros, en el ministerio apropiado, el de Defensa

    • Estoy muy de acuerdo con lo que dice Sergio, “El espía que surgió del frío”, me parece un novelón no superado por ninguna otra. Si bien la primera que leí de él fue “Llamada para el muerto” que también me pareció muy buena.

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