Cine: “The Neon Demon”

neon-demonJosé Luis Muñoz

Si en literatura, como en cine, es un plus no dejar al lector, o al espectador, indiferente, el último delirio visual perpetrado por el director danés Nicolas Winding Refn, la antítesis, o quizás no tanto, de su compatriota Lars Von Trier, otro provocador, logra con creces su objetivo, y también el vapuleo casi unánime de la crítica.

Vayamos por partes. Nicolas Winding Refn (Copenhague, 1970) adquirió un prestigio desmesurado con la hiperviolenta Drive con su sofisticada puesta en escena y sus fotogramas pasados de colorido metálico. La película, ejemplo del neo-noir (Matrix), rindió a sus pies al jurado del festival de Cannes que lo premió como mejor director. El personaje inmutable de Ryan Gosling bien podría haberlo interpretado Alain Delon en sus buenos tiempos. ¿Hablamos de Jean Pierre Melville? El danés prefiera hablar de Alejandro Jorodowsky. El director de Drive no es nuevo en la dirección; en Dinamarca ya había rodado una serie de películas, algunas para televisión, y Bronson, la anterior a Drive, con Tom Hardy de protagonista ya era con elenco internacional. Repite con Ryan Gosling en su siguiente película, Solo Dios perdona, en Tailandia, con una irreconocible Kristin Scott Thomas y recreación estética en la violencia y la sangre. Y llegamos a su último alarido cinematográfico.

Jesse (Elle Faning) tiene 16 años cuando llega a los Ángeles a comerse el mundo ignorando que ella va a ser la comida. Duerme en un motel siniestro regentado por Hank (Keanu Reeves), que se introduce en sus pesadillas surrealistas (el cuchillo en la boca como el ojo rasgado por una navaja en El perro andaluz) al mismo tiempo que una pantera en su habitación (El beso de la pantera de Paul Schrader). Jesse, de belleza inocente sin sofisticación, aspecto teenager de instituto, supera el casting de Jan (Christina Hendriks) y enloquece a un fotógrafo. Ruby (Jena Malone), una maquilladora de vivos y muertos, se cruza en su camino, intenta seducirla y se convierte en su sombra para guiarla hacia el estrellato de las pasarelas. Pero por el camino hay muchos bellos lobos, sus compañeras de profesión, que la acechan.

The Neon Demon, El Demonio de Neón, la ha paseado el director danés por Cannes y Sitges, festival en donde ha estado más cómoda, y Gijón la ha repescado en su última edición. El director de Drive construye aquí una fábula sobre el canibalismo, literal, existente en el mundo de la moda y la alta costura, y lo hace apoyándose en una puesta en escena ultra sofisticada; estética de videoclip; música chillout de Cliff Martínez; fotografía de diseño de Natasha Braier; influencias, entre otros, de David Cronemberg (el de Mapa de las estrellas de Hollywood), David Lynch (Mulholland Drive) y Darío Argento, más el Tony Scott de El ansia, más algún guiño al surrealismo buñuoeliano (ese ojo humano que devoran las modelos caníbales); mezclando géneros (fantástico, erótico y terror); ganas de epatar (la maquilladora de modelos es, a su vez, maquilladora de cadáveres y se lo monta con uno de ellos en una larga y pormenorizada escena en una morgue); espacios reales y oníricos entremezclados; referencias vampíricas a Elizabeth Barthory (los baños de sangre); y con actrices anoréxicas de belleza fría (se agradece la presencia fugaz de la lozana Christina Hendricks y hasta la de Keanu Reeves en su logrado papel de Hank, el portero del siniestro motel) capaces de destripar a sus semejantes si las ven como rivales. De todo ese caótico coctel visual queda únicamente un batido de narcisismo onanista a mayor gloria del director danés que escribe el guion (¿qué guion?).

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El director de Drive confiesa haber salido de una familia cinéfila que adoraba la nouvelle vague. Está más cerca de las excentricidades de Leo Carax, de Holly Motors en concreto, que de Jean Luc Godard. A Nicolas Winding Refn, al que nadie le niega su condición cinéfila (cada secuencia me recuerda alguna película vista), le fascina Los Ángeles como a Wim Wenders el paisaje desolado de Texas en París-Texas; dos centroeuropeos vampirizados por el territorio yanqui que lo interiorizan con un filtro europeo. Así que cada fotograma de The Neon Demon es una excelente fotografía digna de figurar en una exposición fotográfica; así es que el aplauso para Natasha Braier por esos tonos y brillos tan irreales, por esa paleta de colores básicos (rojos, blancos, azules, todos metalizados), por esa iluminación de luz de neón persistente y esos rojos de Vittorio Storaro de los atardeceres que recuerdan a Corazonada de Francis Ford Coppola.

Algún personaje de la película, un director de casting, habla de la supremacía de la belleza, que la belleza lo es todo mientras las mujeres florero sentadas a su alrededor asienten. Las modelos cainitas comentan que en la dura profesión que han elegido se es vieja cuando llegas a los 21 años. Tres modelos se citan para comer en un restaurante y comparten unas hojas de lechuga; las tres bulímicas van al váter a vomitar porque se encuentran gordas. En este universo de locura estética y pesadilla alimentaria, Nicolas Winding Refn introduce habilidoso secuencias terror en el último tramo, en donde la influencia de La matanza de Texas de Tobe Hopper, una de sus películas icónicas, se hace patente pero con una pátina de lujo y toque Darío Argento.

Con estética Vogue premeditada Nicolas Winding Refn habla durante casi dos horas del vacuo mundo de la moda, pero lo hace con una película más vacía y hueca que la moda de la alta costura que supuestamente denuncia. Bucle de levedad absoluta. La alta costura devora la película y el director da tres pasos en el delirio en la última sesión fotográfica al borde de una piscina con las dos modelos caníbales y el hermoso marco de fondo de la costa californiana en una mansión de diseño.

The Neon Demon es la insoportable levedad de Nicolas Winding Refn, una gigantesca pompa de jabón que no lleva dentro nada cuando estalla. NWR firma el narcisista director del videoclip. ¿Una película o un desfile de modas carísimo y largo?

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