Novela: “Vienen mal dadas”, de Laura Gomara

Manu López Marañón

Es Laura Gomara una barcelonesa licenciada en filología clásica que trabaja en el mundo editorial, además de traducir y ser profesora de escritura. Su debut como autora se ha producido a finales de 2017 con Vienen mal dadas. Con él los lectores adictos al noir se darán un merecido descanso de tantos investigadores que tratan de descubrir variados asesinatos a partir de primeros capítulos poblados por escenas del crimen y llegadas de la policía científica… Y es que esta autora no elige un detective sagaz e intrépido más o menos logrado; esta autora no pertenece a esa estirpe poco ambiciosa de escritores –con las excepciones conocidas y algunas aún minoritarias– que crean un detective como quien prepara una oposición: buscando el éxito y el acomodo que dan las consiguientes sagas. Laura Gomara ha preferido un camino más esforzado y, por supuesto, menos trillado. Sólo por ello ya se ha ganado la simpatía de este reseñista aficionado.

El ansia de venganza mueve al protagonista de esta novela, Hugo Correa –alias El Gallego–, hombretón fibroso de 85 kg y «oscuro como un pirata». A diferencia de Prótesis (Andreu Martín, 1980), obra seminal que más escritores deberían tener en mente a la hora de crear las suyas, en Vienen mal dadas los verdaderos móviles de este Gallego no se conocen desde el inicio sino que terminan de desvelarse con la narración bien avanzada. En Prótesis sin embargo El Dientes iba a por el policía que lo torturó desde que abandonaba la cárcel y a ningún lector quedaban dudas de cómo la venganza constituía, de entrada, el núcleo ficcional de aquella novela atrozmente inolvidable.

En Vienen mal dadas, son dos los personajes que alternan, de la mano de su omnisciente autora, sus puntos de vista de la historia.

Más páginas que Hugo Correa tiene Ruth Santana, joven de 28 años a la que la vida no sonríe precisamente: abandonada por su pareja, desahuciada de la casa por no poder hacer frente a la hipoteca, sus dos precarios trabajos (en una imprenta y en una agencia de transportes) apenas dan para pagar los 100 euros del cuartucho de la pensión que la aloja, teniendo que recoger la comida desechada por los supermercados. Es «un animal salvaje que parece no creer en nada». En esas anda cuando se cruza con Hugo Correa, el Gallego, quien, apiadado de la chica, le «regala» 600 euros que ella acepta a regañadientes prometiendo devolvérselos. De mano de Correa Ruth ingresa en una variopinta banda –muy arltiana– de reventadores de cajeros automáticos. Con una metodología propia y efectiva, consiguen sustanciosos botines que suelen alcanzar los 40.000 euros. Al jefe, Hugo Correa, secundan Arteaga, ex militar; Bosco, ex taxista; Canales, el tesorero; Charro, cocinero; Muñoz, el mecánico; y Eusebio, un porteño de 70 años. Hay en esta banda asumidas influencias de Los siete locos (Roberto Arlt, 1923), novela fundacional para retratar cualquier hampa urbana.

La banda y Ruth, a la que pronto ponen el adecuado mote de La Flaca, conviven en lo que se denomina «La guarida pirata», amplio piso de 100 metros cuadrados donde cada miembro dispone de habitación propia y cocina en común, aunque, a la hora de dormir, Ruth prefiera hacerlo, precavidamente, en su pensión. En los repartos de los botines a ella, por sus labores de vigilancia y seguimiento, sólo corresponde una treintava parte, otra prueba del inequívoco machismo que impera siempre entre gánsteres.

Es en el capítulo 7 (página 148) cuando se articulan tanto la venganza de Correa como las personas contra quienes va dirigida: Veiga y el italiano Conte. El Gallego, en realidad Antonio Carballo Balboa, traficó drogas en O Grove durante ocho años para Veiga, poderoso narco gallego: pretendía dejar así el duro trabajo de pescador y atender mejor a su familia. Pero su mujer, harta de esa vida, lo abandona y, para colmo, su hermana Rosadelia se enamora del «abogado» Conte y, desoyendo a su hermano, se fuga con el italiano… para acabar siendo asesinada en un barco. De todo ello provienen las ansias de venganza del Gallego. Un chalé perteneciente a la mafia en el que Conte esconde, a modo de almacén, millones de euros procedentes de la droga resulta perfecto para los fines de Hugo Correa, además de ser «el gran golpe» con el que lleva soñando toda su vida. Tras deshacerse de un sicario que los perseguía torpemente, la banda de La Guarida tiene vía libre para vaciar el chalé…

Aunque aparecen calles y locales muy reconocibles de Barcelona, no es esta una novela de ciudad. Muchísima más importancia aportan los interiores. Así, la pensión de Ruth, la guarida o el chalé de la mafia. Disfrutando Vienen mal dadas, uno se imagina esta opera prima mejor adaptada al teatro que al cine.

 

Vienen mal dadas
Laura Gomara
Roca Editorial

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