Cine: «Sed de mal»

touch_of_evil-458868040-largeTeresa Suárez

Sinopsis:

«Un agente mexicano de narcóticos llega a la frontera con su esposa justo en el momento en que explota una bomba. Inmediatamente se hace cargo de la investigación contando con la colaboración de Quinlan, el jefe de la policía local, muy conocido en la zona por sus métodos expeditivos y poco ortodoxos. Una lucha feroz se desata entre los dos hombres, pues cada uno de ellos tiene pruebas contra el otro».

Tras el episodio de la bomba, la colocan en México y explota en Estados Unidos, el bucólico paseo de recién casados del matrimonio Vargas (Charlton Heston y Janet Leigh), a través de la frontera, termina abruptamente. Mike Vargas envía a su mujercita a esperarlo al hotel, mientras él se enfrenta al capitán Hank Quinlan (Orson Welles) en un duelo en el que la jurisdicción no es el problema, sino el choque de egos de dos individuos acostumbrados a salirse con la suya.

Hay películas que, como los buenos vinos, mejoran con el paso de los años y cuando las vuelves a ver sorprenden por su actualidad y la vigencia de sus planteamientos. Otras, en cambio, no resisten el paso del tiempo.

Si decir Sed de mal es decir obra maestra, drama criminal oscuro, y clásico del cine negro, atreverte a decir que no te gusta equivale a llamarte a ti misma, antes de que te lo digan los integristas del género, borrica, inculta, esto de “no tienes ni puta idea”, eso de “hay que leer más” (pese a que seas una lectora añeja) o aquello de “hay que ver más películas” (aunque casi hayas echado los dientes en una sala de cine).

En fin, lo asumo. No la tengo. Ni idea me refiero. Pero, le pese a quien le pese, el Toque de maldad (Touch of Evil) de Mr. Orson Wellles me ha parecido un thriller malo, un film de cartón piedra, casi un producto de serie B.

Todo cinéfilo que vaya a enfrentarse a esta película sabe, de antemano, que no debe perderse la escena inicial, ese famoso, publicitado e idolatradado plano secuencia, catalogado por los expertos como «un prodigio de dominio de la técnica y puesta en escena», «uno de los mejores comienzos de la historia del cine».

Seguro que lo será, no lo dudo, pero una unidad narrativa sin cortes de cámara, por mucho que pretenda, y logre, que no apartes la vista de la pantalla, que no pestañees, no basta para mantener la atención del espectador durante todo el metraje. Por compleja y brillante que sea, una cuestión meramente técnica nunca es cimiento suficiente para proporcionar solidez a lo narrado.

Si el minucioso guion técnico y la excelente fotografía, hacen de Sed de mal un prodigio visual incuestionable, entonces ¿dónde está el fallo?

En mi opinión en el guion. Un guion escrito en primera instancia por otro, adaptando Badge of Evil, novela policiaca de Whit Masterson, y que Welles reescribió en tres semanas y media. Ni se molestó en leer antes la obra en la que estaba basado. No lo creyó necesario (por cierto, si les interesa la faceta como escritor de Welles, no se pierdan la genial Mank de David Fincher, que trata del proceso de creación del guion de Ciudadano Kane).

Sed de mal es tan excesiva en algunos aspectos que parece un folletín donde el enfrentamiento entre el bien (Heston) y el mal (Welles), en vez de a la reflexión invita a la carcajada.

El maquillaje, por ejemplo.

En oscurecer la tez de Heston, para hacerlo pasar por mexicano, y la de Marlene Dietrich, para transformarla en gitana, agotaron, seguro, las reservas de Max Factor, el maquillaje de los profesionales, en Venice (California), lugar donde fue rodada la película.

Que el bueno de Charlton, republicano acérrimo, de propietario de una gran plantación en la jungla sudamericana, blanco por supuesto, acostumbrado a vérselas con hormigas voraces (Cuando ruge la marabunta), pasara a meterse en las sandalias de Moisés (uno de sus papeles más famosos a las órdenes de Cecil B. DeMille) y, dos años después, se mostrará más que dispuesto a dejarse tostar la piel, y esconder el azul de sus angelicales ojos, con tal de rodar con Welles, es una prueba fehaciente de la admiración que el chico de oro de Hollywood (por baches que atravesara) seguía despertando entre sus compañeros de profesión.

En otros momentos de la cinta, es el comportamiento absurdo de los personajes lo que contribuye, generosamente, a la hilaridad general.

Como muestra tenemos a Susie Vargas (Janet Leigh), la esposa de un policía más tonta que se ha visto en la gran pantalla. En medio de una situación de riesgo, como es la detonación de un artefacto explosivo, no solo no hace caso a su marido y se va rápidamente al hotel, sino que, cuando la aborda un extraño, lejos de apartarse o pedir ayuda, lo acompaña sin protestar donde él le indica, se deja fotografiar a la entrada de un garito sin sospechar nada y, en vez de gritar o tratar de huir, entra donde le indican para escuchar el mensaje que esos desconocidos tienen para su cónyuge.

El marido tampoco se queda atrás. Cuando se entera del extraño episodio protagonizado por su mujer, toma cartas en el asunto y decide que debe sacarla de Los Robles, ciudad fronteriza mexicana donde han sucedido los hechos, y trasladarla a un lugar más seguro en la parte americana.

Así el preocupado Mike, conduce a su mujer a un alojamiento perdido en mitad de ninguna parte, completamente vacío y, para más inri, pertenece al mafioso cuyo hermano el detective Vargas acaba de enchironar. Lo más sorprendente es que el policía que acompaña a los Vargas, pese a saber quién es el propietario, no haya encontrado un momento para contárselo al matrimonio feliz.

SUSIE

Eso sí, en ese motel del infierno, antecedente, tanto por el lugar como por el encargado del mismo, de ese otro que tanta fama proporcionará años después a la protagonista, Janet Leigh, en ropa interior y tumbada lánguidamente sobre la cama mientras habla por teléfono, regala una de las escenas que, por lo sensual, permanecen grabadas en la retina del espectador.

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