“Drive”, por José Luis Muñoz

José Luis Muñoz

La adaptación que el danés Nicolas Winding Reen, un director muy atípico cuya filmografía (Pusher: un paseo por el abismo, Bleeder, Fear X, Pusher 2, Pusher 3, Bronson, Valhalla Rising, títulos tan secos como contundentes) se caracteriza porque gira en torno a la violencia, hace de la cortísima novela negra homónima de James Sallis, es un potente ejercicio de estilo que, en la forma, recuerda en algunos momentos a Taxi driver de Scorsese pasado por un cuadro de Hopper. El protagonista, el driver (Ryan Gosling) es un conductor que trabaja como especialista en películas de acción y, ocasionalmente, para un grupo de delincuentes. Un atraco fallido y el encuentro con su vecina de rellano Irene (Carey Mulligan), una hispana con problemas en su matrimonio de la que se enamora, provocan un drástico cambio de rumbo a su vida. En una espiral de violencia creciente, el conductor se convierte en implacable verdugo de la gente del hampa para la que trabajaba.

El director parece estar más pendiente de su apuesta estética, muy remarcable, que recuerda a algunos films noirs de los 80 y a filmes muy anteriores con influencias de la nouvelle vague (pienso en la cosecha 1967 con A quemarropa de John Boorman, por ejemplo, y El samurái (El silencio de un hombre) de Jean Pierre Melville, con cuyo solitario asesino profesional, Alain Delon, este conductor comparte laconismo, hieratismo y soledad) que del argumento, y descuida, y ahí comete un grave error Nicolas Winding Reen, el dibujo de los personajes, sobre todo el protagonista del que nada se sabe. La conversión de ese conductor, tan parco en palabras como exquisitamente educado, que susurra cuando habla como hacía Mickey Rourke en Rumble Fish de Coppola, en un asesino implacable y brutal no está suficientemente explicada, y las sangrientas secuencias de violencia explícita, claramente hiperbólicas (Ryan Gosling besa tiernamente a Carey Mulligan en un ascensor para, a continuación, reventar a patadas, literalmente, a un hampón delante de su chica) chirrían en el conjunto. Esa descompensación entre forma y fondo termina siendo un fuerte hándicap para la credibilidad de este film negro ultraviolento y sofisticado que, en su parte última, va dejando cadáveres en cada secuencia, y el espectador, por la truculencia de algunas de esas defecciones (el driver, transformado en killer, maneja toda clase de armas insospechadas), termina no tomándose en serio la función.

Entre las muchas víctimas de la película, la explosiva secretaria de Mad Men, Christina Hendricks, y Ron Perlman, ese clónico de Tom Watts del que espera uno que cante hasta que se da cuenta de que no, de que no es el músico de la voz de aguardiente sino el homínido de En busca del fuego.

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