“El asesino dentro de mí”, de Jim Thompson, por Teresa Suárez

Teresa Suárez

He llegado a esta historia a través de una especie de tormenta de ideas. La cosa empezó con mi aversión hacia Ben Affleck como actor y a mi reconocimiento como director por “The town”. Entonces, una compañera de trabajo me recomendó otra de sus películas, “Gone Baby Gone”, en la que el papel principal lo interpretaba su hermano, Casey Affleck, a quien me resultaba difícil poner cara. Cuando comenté a mi compañera que “Adiós, pequeña, adiós” me había gustado bastante me habló de “El demonio bajo la piel”, dirigida por Michael Winterbottom y protagonizada por Casey, no sin antes advertirme de su violencia.

El demonio bajo la piel

Cuando me entero de que está basada en la novela de Jim Thompson “The Killer Inside Me” me hago una ligera idea de lo que me espera ya que, no hace mucho, tuve el placer de leer “1280 almas”.

Si buceas un poco en las cenagosas aguas de la vida de Jim entiendes porque escribía lo que escribía y, sobre todo, la manera en que lo escribía. La inspiración para esos sheriffs en apariencia simples y bobalicones, verdaderos psicópatas, la tenía cerca pues su padre, James Sherman Thompson, fue un adinerado sheriff corrupto del condado de Caddo en Oklahoma, jugador empedernido y alcohólico sin remedio, que se suicidó en un sanatorio.

Jim, mujeriego, empujado por los vaivenes a los que le sometió su propia adicción etílica, vagabundeo por varios estados del Oeste de EE.UU., trabajó como botones bracero, vendió alcohol durante la Ley Seca (por lo que fue perseguido tanto por la policía como por las mafias locales) y, por pertenecer al Partido Comunista Americano, fue denunciado en 1951 durante la Caza de brujas del senador McCarthy. Todo eso aderezado con las estreches económicas que lo cercaron toda su vida.

Por fin nos adentramos en Central City, localidad petrolera al oeste de Texas. Caminos polvorientos, hombres que mordisquean palillos, parcos en palabras, y mujeres castigadas por éstos y por la vida.

La existencia transcurre lenta, sin sobresaltos, hasta que Lou Ford, sheriff adjunto, un paleto de pocas luces, educado, correcto, siempre dispuesto a ayudar a quien se lo pide, empieza a dejarse arrastrar por pensamientos de sangre y muerte, fruto de “la enfermedad” que ya le hizo cometer un crimen en su adolescencia.

el-asesino-dento-de-mi

Así Lou, narrándolo en primera persona como le gusta a Thompson, nos va haciendo participes de sus truculentas meditaciones, en un devenir sereno y reposado, casi al mismo tiempo que las lleva a la práctica de una manera brutal y salvaje, sin despeinarse ni pestañear, y sin darnos tiempos a los lectores para reflexionar sobre lo que ha sucedido. El asesinato de la prostituta Joyce Lakeland, una cruenta escena, excesiva, a base de brutales golpes, patadas y puñetazos, casi te hace vomitar. A partir de ahí se encadenan las muertes, de un modo más o menos afable, hasta que le toca el turno a la otra fémina de la historia, Amy Stanton, en este caso una chica de buena familia.

Casey Affleck, con su rostro cordial, su ánimo templado y su encantadora sonrisa, nos horroriza al demostrar, con su magnífica interpretación, algo sobre lo que Jim Thompson no se cansa de insistir en sus novelas: nada es lo que parece y el mal que más debemos temer es aquel del que son capaces las personas “normales”:

“El mal no es nunca radical, sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un desafío al pensamiento, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la banalidad. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical.” Hannah Arendt

El asesino dentro de mí
Jim Thompson
RBA Serie Negra

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