“Solo dios perdona”, por José Luis Muñoz

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En el pódium del cine hiperviolento, en el que figuran películas como Salo, de Pier Paolo Pasolini, Irreversible, de Gaspar Noe, o la terrorífica Kinatay del filipino Brillante Mendoza, puede entrar por méritos propios Solo dios perdona.

El cine apátrida del danés Nicolas Winding Refn (Copenhague, 1970) -la trilogía Pusher 1, 2, y 3, Bronson, Valhalla Rising, Drive, entre otras- da un giro de tuerca con este inclasificable film tailandés rodado íntegramente en Bangkok, en Patpong Road, el barrio canalla de la ciudad de los mil templos.

Si en Drive, Refn, hijo de un director de cine y un fotógrafa y con una formación cinematográfica que bascula entre su Dinamarca natal y New York, confeccionaba un depuradísimo film noir con alguna que otra salida de tono -la violentísima escena en el ascensor protagonizada por Ryan Goslingen Solo dios perdona da rienda suelta a una desmedida obsesión por la violencia empaquetada con una fotografía de diseño, sencillamente espectacular y obra de Larry Smith que embellece lo sórdido, y una puesta en escena ceremoniosa muy del cine oriental al que parece homenajear, entre otros.

El hieratismo de los personajes, especialmente el protagonista Julian (Ryan Gosling) y el ángel exterminador oriental Chang, un policía retirado encarnado por el actor tailandés Vathaya Pansringarn, maestro de la catana en un guiño, quizás, al Kill Bill de Tarantino, otro film excesivo, remite al silencioso protagonista de El samurái, de Jean Pierre Melville, a ese Alain Delon que no despega los labios en todo el metraje de ese clásico del cine negro francés y parece predestinado a morir en un suicidio ritual, y eso en un director como Refn que se declara, y lo proclama, fan de La matanza de Texas y que odia a la nouvelle vague.

A Solo dios perdona le sobra esteticismo, además de sadismo -esa larguísima secuencia de tortura en tiempo real que hará que más de un espectador cierre los ojos y oídos o sencillamente abandone la sala- y le falta contenido con el que llenar tantas imágenes bellas y tanta banda sonora impactante que quedan huecas, sean un mero recurso esteticista. Una trama muy endeble que gira en torno a un asesinato y la consecuente venganza (Julian es un británico que dirige un club de muay boxing en Bangkok como tapadera de un negocio de tráfico de drogas y que se niega a vengar la muerte violenta de su hermano que ha violado y asesinado a una prostituta de Patpong Road, lo que provoca que su madre vuele a la capital de Tailandia para exigirle venganza) constituye el delgado hilo argumental que le sirve al director de Drive para acumular una serie de secuencias, a cual más violenta, que alarga hasta una cierta exasperación, probablemente por incapacidad narrativa y el deseo de añadir fotogramas al metraje. Quiere además el director danés, en un alarde de pretenciosidad, dotar a la película de una pátina freudiana -Julian (Ryan Gosling), el hijo, traumatizado por haber asesinado a su padre y dominado por su madre (una sorprendente e irreconocible Kristin Scott Thomas en las antípodas de los papeles a los que nos tiene acostumbrados) con la que le une una extraña relación sexual- lo que no hace más que añadir confusión a una película que bascula entre el film noir y el fantástico, maridaje que justificó su presencia en el último festival de Sitges.

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Solo dios perdona deja al espectador una sensación de deja vu, debe mucho al cine oriental, a los excesos de sadismo de Miike, por ejemplo, y, sobre todo, en escenografía, en subrayados musicales, en cripticismo y en recovecos oscuros, al del desaparecido, cinematográficamente hablando, David Lynch (el policía de la catana, el actor tailandés Vathaya Pansringarn, bien podría ser una translación del Dennis Hopper de Blue Velvet).

Solo dios perdona es una provocación visual en toda regla -Refn admira y es amigo de Alejandro Jorodowsky- que podría entrar de lleno en el terreno de lo surreal cinematográficamente hablando, pero que produce una sensación de vacío absoluto y artificiosidad, de película tramposa. Lo mejor, sin duda, esa extraordinaria lucha, con planos cenitales, entre el traumatizado Julian (Ryan Gosling), cuyas manos perdieron fuerza y sensibilidad desde que con ellas asesinó a su padre, y el tailandés Chang (Vathaya Pansringarn), un villano que corta con la mirada, la catana y sus magistrales golpes de lucha oriental.

No es una buena película, pero tampoco podemos decir que sea mala. Es una película que, como una pesadilla, persigue después de salir del cine. Si es eso lo que pretende Nicolas Winding Refn, incomodarnos, pues lo ha conseguido plenamente. También Buñuel consiguió que nadie pudiera ver la secuencia del ojo rasgado del Perro andaluz, aunque las comparaciones sean odiosas entre el genio de Calanda y un pretencioso que viste el gore de Dior.

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