“Cerdos y gallinas”, de Carlos Quílez, por Alexis Ravelo

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Carlos Quílez retoma a Patricia Bucana, su aguerrida periodista de investigación, chica lista y eficaz, más amiga de consultar a sus fuentes que de ruedas de prensa –sobre todo si en estas no se admiten preguntas–, implacable, pero amiga de sus amigos e incluso sentimental, si la ocasión lo permite. Bucana ya le dio buenos resultados en La soledad de Patricia, que obtuvo el Premio Crims de Tinta 2009. En Cerdos y gallinas, se mete hasta la cintura en un tremendo trifostio de intrigas y corruptelas entre narcos, bandas organizadas de atracadores, polis corruptos y polis honestos, jueces trepas y políticos que intentan salvar los muebles antes de que todo acabe llegando a los papeles.

Cerdos y gallinas arranca con unas escuchas comprometedoras: una banda conchabada con un guardia civil, roba en el Puerto de Barcelona un contenedor preñao, esto es, un gancho perdido –un contenedor legal en el que se ha introducido un alijo de drogas–, el cual, torpes de ellos, está vigilado por la DEA norteamericana. Esto, mezclado con el inmediato asalto a un furgón blindado, va a poner muy nerviosos a algunos, retorciendo las ya tensas relaciones entre Policía Nacional, Mossos d’Esquadra y Guardia Civil y, giro tras giro, la cosa se va a complicar aún más, hasta que Patricia, que tiene amigos (y enemigos) en los tres cuerpos, acabe directamente salpicada por las cosas que va descubriendo y, sobre todo, por las que va publicando, ya que acabará siendo imputada por revelación de datos.

En Cerdos y gallinas hay de todo de lo que se despacha en un buen thriller policial: asaltos, homicidios, narcotráfico, escuchas, contravigilancia, corruptelas, falsos culpables, falsos inocentes y, sobre todo, que las cosas no sean como parecen al principio, sino muchísimo peores, situando a sus personajes en una difusa zona gris de la moralidad, esa en la que acaban habitando quienes intentan infructuosamente poner un poco de orden en un mundo que es, esencialmente, caos.

Así, la de esta novela es una trama vertiginosa y complicada, aunque Quílez consigue que no nos perdamos en ningún momento, llevándonos de la mano hasta el centro del fango, ese que está ahí, oculto tras los artículos de sucesos que vemos cada día en la prensa, contado todo ello con un estilo brutalmente rápido, casi cercano al cómic, sin perderse en florituras y centrándose en lo importante: la cantidad de basura, tanto marginal como institucional, que revuelve este relato ambientado en un país que no es otro que el nuestro, donde la corrupción es ya más una costumbre que una anomalía y donde los periodistas corren el riesgo de servir de diana si pisan los callos de ciertos pies importantes.

En resumidas cuentas, una novela de esas que agradecemos porque no son burguesas y no consisten en el mero ejercicio intelectual de averiguar quién es el asesino, sino que nos hablan del mundo profesional del crimen, trasladándonos a los submundos opacos donde conviven el crimen organizado, la corrupción policial, la ineptitud judicial y los intereses políticos. Según su autor, pura ficción; según este lector, real como la vida misma.

@AlexisRavelo1

Cerdos y gallinas
Carlos Quílez
Alrevés

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